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El gran enemigo
En Caracas se registran, en promedio, 15 asesinatos diarios; en Brasil, más de 100; en México ha habido 28.000 muertes en la guerra contra el narcotráfico de los últimos cuatro años; en Jamaica, el intento de extraditar al capo Christopher Coke a Estados Unidos desató una guerra que dejó 47 muertos y pánico general entre la población; St. Kitts, otra isla del Caribe, es el tercer país del mundo con las tasas más altas de violencia; Surinam acaba de posesionar por tercera vez como presidente a un político convicto de narcotráfico y acusado de asesinato...
Este es apenas parte del sombrío panorama que ha convertido a América Latina y el Caribe en la región más insegura del mundo. Homicidios, atracos, secuestros y robos se extienden por el continente. Buenos Aires se especializa en el 'secuestro exprés', que cobra jugosos rescates en pocas horas. En El Salvador y Guatemala, las 'maras', o pandillas, se han adueñado de barrios completos. Algunas ciudades que parecían enmendar las malas costumbres de otras épocas, como Bogotá, han vuelto a echar reversa. El miércoles se reveló que los asesinatos aumentaron en la capital 3,6 por ciento en lo que va del año, respecto al mismo período del 2009.
Pobreza, desempleo y precaria asistencia en salud figuran desde hace años entre los problemas que más preocupan a los latinoamericanos. Pero ahora la inseguridad los desborda a todos. Según la OEA, entre el 60 y el 70 por ciento de los habitantes urbanos de la región han sido víctimas de crímenes. Pocos son los que no tienen para contar historias relacionadas con este clima. En el 2007, el Latinbarómetro reveló que tres de cada cuatro latinoamericanos temían constantemente ser atacados por delincuentes. El secretario de la OEA, José Miguel Insulza, señaló alarmado hace dos años que "la inseguridad en Latinoamérica destroza más hogares que cualquier crisis económica regional".
Aunque en México, Colombia y Jamaica la droga genera muchos de los crímenes, la violencia que arrincona a los ciudadanos no proviene del narcotráfico ni de conflictos políticos. Es típicamente urbana y juvenil, a veces vandálica o mafiosa, y sus raíces son una suma de causas: pobreza, familias destruidas, educación precaria, desdén general por la ley, desempleo, impunidad, facilidad de acceso a las armas y el negativo ejemplo de la eficacia de la violencia, envenenada herencia del narcotráfico... Una de sus consecuencias es el empobrecimiento. El Banco Interamericano de Desarrollo calcula que el fenómeno cuesta 14,2 por ciento del PIB al continente.
Para este creciente mal hay soluciones buenas, regulares y malas. La peor es la que ha intentado Venezuela. Con 200 homicidios por cada 100.000 habitantes en Caracas (Europa tiene 8,9, Latinoamérica, 25,6 y Bogotá, 21,8), el Gobierno decidió no suministrar cifras sobre criminalidad. En los últimos días, además, so pretexto de defender a los lectores infantiles, ha censurado noticias sobre las atrocidades del hampa. Por su parte, Guayana y Trinidad y Tobago optaron por importar técnicas modernas y jefes de policía canadienses. La OEA ha propuesto reiteradamente crear una agencia dedicada a unir esfuerzos contra el gran enemigo común.
En Colombia, donde las bandas criminales aumentan su influencia y amenazan a los jueces, el gobierno de Álvaro Uribe creó hace unos meses una comisión interinstitucional para combatirlas. Parte clave será un cuerpo de 35 jueces especiales. Pero quedó pendiente un proyecto de reforma constitucional que creará una jurisdicción para el crimen organizado. No basta con la represión y la justicia. Hay que ofrecer soluciones sociales. Solo una inteligente combinación de muchos factores podrá devolver a los ciudadanos la tranquilidad perdida.
- Publicación
- eltiempo.com
- Sección
- Editorial - opinión
- Fecha de publicación
- 19 de agosto de 2010
- Autor
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