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Almas que renacen de sus cenizas; vistazo a la obra de las rusas Anna Ajmátova y Marina Tsvietáieva
Dos novedades de la próxima Feria del Libro rescatan importantes voces poéticas.
Las dos podrían ser las más grandes poetisas del siglo XX y, de seguro, son las mejores que ha conocido la lengua rusa.
Durante la época zarista conocieron la gloria y el éxito, pero, con golpes de mazo, la vida les fue mostrando que todo paraíso lleva incubado su propio infierno, y en éste vivieron desde la Revolución Bolchevique hasta el final de sus días. Este infierno, en el caso de Anna Ajmátova, se materializó en el fusilamiento de su primer marido, el perpetuo encarcelamiento de su hijo, en la tortura y ejecución de sus compañeros y sus más íntimos amigos, en la permanente prohibición de sus obras, en persecución y degradación constante; en el hacinamiento, la miseria y el hambre.
La sostuvieron la caridad de algunos pocos amigos y compañeros del círculo literario acmeísta (una de las manifestaciones del modernismo durante la era plateada de las letras rusas) y la limosna que gente tan diezmada como ella le deslizaba por debajo de su puerta.
Stalin la declaró la ramera mística de Rusia y enemiga del pueblo y se propuso, no sólo borrarla de la tradición literaria, sino enloquecerla. Apenas vino a tener un respiro los 13 últimos años de su vida, cuando murió impune en su cama el gran asesino en serie de la Rusia comunista, y sus obras Réquiem y El poema sin héroe, aunque tarde, pudieron salir a la luz, gracias a que mucha gente los había memorizado y conservado pasándolos de voz a voz por toda la nación. En ellos están expresados, con inusitada elegancia y belleza, el dolor y la desesperanza de todo un país azotado por la hambruna y el terror: "¿En qué es peor este siglo que los precedentes? Tal vez/ en esto, que en la terquedad del dolor y la angustia, / alcanzó, sin poder curarla,/ la llaga más profunda./ Al poniente el Sol de la Tierra aún resplandece, y los tejados brillan en las casas con sus rayos,/ pero aquí marca la muerte las casas con cruces/ y llaman los cuervos, que se acercan".
El infierno de M. Tsvietáieva
¿Y cómo fue el infierno para Marina Tsvietáieva? Fue como el de la otrora aristocrática, altiva, elegante y glamorosa Anna; fue como el de millones de rusos condenados a hambre, frío y miedo: a su hermana y a una de sus hijas se las llevaron a un campo de concentración. No las volvió a ver jamás. Su otra hija murió en un orfanato... ¡por inanición!, a su marido lo encarcelaron y el Estado bolchevique la despojó de la herencia que le había dejado su madre loca.
Marina, cuyo desaforado amor por el poeta Rainer María Rilke nunca fue correspondido, pasó más de la mitad de su vida en el exilio; regresó a Rusia cuando menos debía hacerlo, a tener que alimentarse de papas congeladas y podridas que conseguía a cambio de los vestidos y zapatos que le quedaban de su estancia en Praga y París; su Poema del fin, celebrado y recitado en toda Rusia, es la mayor expresión estética de una desgracia: "Poco me importa entre qué gente/ he de sentirme prisionera, /quién me tendrá a su merced, /quién me ahuyentará, extranjera, /hacia mis afectos maltratados. /Como un oso sin guarida, /dónde sobrevivir, sin arraigo, /dónde humillarme, me da igual".
Cuando en agosto de 1941 no pudo conseguir un empleo como lavadora de platos, que era su última esperanza para no morir de hambre, sintió que ya no aguantaba más, y en una fría madrugada se ahorcó. Anna la sobrevivió 25 años, hasta que el insomnio y la angustia debilitaron su corazón. Ahora, la obra de las dos geniales poetisas por fin se publica; por fin hay justicia poética para estas dos almas gemelas, que vuelven desde las cenizas.
JORGE IVÁN PARRA
CRÍTICO LITERARIO Y PROFESOR DE LITERATURA DEL GIMNASIO MODERNO
ESPECIAL PARA EL TIEMPO
- Publicación
- eltiempo.com
- Sección
- Cultura y entretenimiento
- Fecha de publicación
- 30 de julio de 2010
- Autor
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