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¿Diplomacia babosa?
Aquella expresión que afirma que toda situación, por mala que sea, es susceptible de empeorar fue refrendada la semana pasada a consecuencia de las nuevas tensiones entre Bogotá y Caracas. En esta ocasión, las denuncias hechas por el Gobierno colombiano sobre la presencia en territorio del país vecino de varios comandantes de las Farc y el Eln, así como de varios cientos de guerrilleros, llevaron al llamado a consultas del embajador de Venezuela, Gustavo Márquez, y a la conocida andanada de insultos por parte de Hugo Chávez y de su canciller, Nicolás Maduro.
No es la primera vez que el tema sale a colación. Desde hace años han existido pruebas sobre la presencia de la guerrilla colombiana al otro lado de la frontera, sin que el Ejército Bolivariano o la Guardia Nacional hagan nada para impedirlo. De tiempo en tiempo, la prensa venezolana y la internacional publican reportajes en los que dan cuenta de los sitios precisos en los que integrantes de los grupos mencionados se pasean como Pedro por su casa, tal como lo harían algunos miembros de la banda terrorista Eta o de organizaciones islámicas de corte fundamentalista. Pruebas documentales, como las encontradas en el computador de 'Raúl Reyes', revelan que hay un peligroso entramado que les da no solo refugio, sino apoyo logístico, a criminales de la peor calaña.
Ante esa situación, Colombia ha venido engrosando un dossier que incluye, además, fotos satelitales, videos y testimonios que no dejan duda sobre su contenido. En algunas ocasiones, cuando las tensiones se han exacerbado, la administración Uribe ha compartido apartes de ese extenso fólder con gobiernos amigos o con los medios de comunicación, con el compromiso de que las pruebas no se publiquen. El argumento esgrimido es que la divulgación de los materiales podría afectar las labores de inteligencia o la vida de quienes se han infiltrado en las organizaciones ilegales.
Dicha postura tuvo un cambio sorprendente en días pasados. Que la tormenta venía en formación fue algo que dejó en claro el propio Álvaro Uribe cuando afirmó que la política exterior colombiana no podía ser meliflua -palabra que la Real Academia define como "dulce, suave, delicado y tierno en el trato o en la manera de hablar"-, como tampoco babosa, un término que no requiere explicación. Sin precisarlo, el mandatario hizo alusiones a los gestos conciliatorios de su sucesor, Juan Manuel Santos, quien ha manifestado la voluntad de mejorar las relaciones con los gobiernos vecinos. No hay que olvidar que, aparte de las tensiones con Venezuela, en el caso de Ecuador está pendiente el nombramiento de embajadores en Bogotá y Quito, lo cual culminaría un proceso de normalización iniciado hace pocos meses.
Fuera de que resulta inusual que a escasas tres semanas de dejar la Casa de Nariño el inquilino de la misma le ponga palos en la rueda al presidente electo, no deja de llamar la atención que el episodio ocurra entre Uribe y quien se supone es su legítimo heredero. Es cierto que el poder se ejerce hasta el 7 de agosto, pero en temas tan sensibles no es lo más aconsejable condicionar a la administración que viene a que se encasille en una postura determinada, por más antipáticas que a la que entrega el mando le resulten otras opciones.
Por otra parte, vale la pena analizar el planteamiento de mejorar las relaciones, que tiene origen en la creencia de que solo mediante el diálogo podrá ser posible superar las diferencias, tal como lo establecen los cánones de la diplomacia. Esa actitud puede sonar ingenua en el caso de Venezuela, pero, en este tema, pocos colombianos tienen una visión tan completa como el nuevo mandatario, quien desde el Ministerio de Defensa se enteró de primera mano de lo que pasa en el país vecino. Debido a ello, Santos podrá, con pleno conocimiento de causa, darle garantías al Palacio de Miraflores, que ha pedido respeto para la revolución bolivariana, pero dejando en claro que este es de doble vía y que el apoyo tácito o explícito a las Farc o el Eln es inaceptable.
En cambio, mantener el estado actual de cosas es peligroso e inconveniente. De un lado, el riesgo de una confrontación armada es elevado, ante la presencia de fuerzas extremas que quieren pescar en río revuelto. Del otro, la solidaridad continental que Colombia ha buscado con las denuncias hechas no ha tenido lugar y el país se arriesga a un mayor aislamiento regional, así tenga la razón.
Además, hay que restablecer los lazos comerciales. A pesar de comprobarse que la economía colombiana puede resistir sin mayores problemas una caída superior a los 4.000 millones de dólares anuales en ventas al que tradicionalmente había sido su segundo mercado de exportación, o que los consumidores venezolanos han superado la pérdida de su principal proveedor de alimentos y bienes esenciales -más allá de tener que soportar una de las tasas de inflación más altas del mundo-, el bloqueo ha dejado cientos de miles de damnificados directos a ambos lados de la frontera. Es la suerte de esos ciudadanos y la necesidad de mejorar las condiciones de seguridad en la zona las que obligan a pensar con la cabeza y no con el hígado, ensayando de nuevo -y a pesar de todo- la vía del diálogo con Venezuela.
- Publicación
- eltiempo.com
- Sección
- Editorial - opinión
- Fecha de publicación
- 17 de julio de 2010
- Autor
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