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EspÃas modelo 2010
Al enterarse de una noticia que gira en torno a cierto grupo de 11 personas, dos de ellas de apellido Peláez y Lázaro, cualquiera pensarÃa que se trata de alguno de los cuatro equipos de habla hispana que han llegado a las últimas rondas de la Copa Mundo en Sudáfrica. Ni siquiera John Le Carré, el más talentoso novelista de intrigas internacional, habrÃa imaginado que Vicky Peláez y Juan José Lázaro, columnista de un diario latino ella y profesor universitario él, son parte de una célula de espÃas rusos en Estados Unidos.
Entre los nueve restantes hay hombres de negocios, hay graduados de la prestigiosa Escuela de Gobierno de la Universidad de Harvard y hay asesores financieros, muchos de ellos marido y mujer. ParecÃan parejas normalitas. Pero, según la justicia estadounidense, se trata de espÃas postsoviéticos de los nuevos tiempos, que trabajan sin protección diplomática y pasan a Moscú toda suerte de información, parte de la cual se consigue sin mayor dificultad en internet y en Facebook.
De modo que, como en los viejos tiempos, el FBI arrestó esta semana a los 11 infiltrados y los ha puesto en manos de un juez. PodrÃan recibir penas de hasta cinco años de prisión. La detención de los "espÃas suburbanos", asà motejados porque vivÃan en cómodos barrios de clase media, parece un anacronismo. Antes de que cayera el socialismo real, hace dos décadas, el espionaje era una actividad preñada de misterio, peligro, ingenio y aventura.
Cosmonautas, ajedrecistas y espÃas sin abrigo diplomático eran los héroes populares de los soviéticos. Los espÃas legendarios, en particular, recibÃan en la URSS el cariño y la admiración que otros paÃses reservan a cantantes y futbolistas. La fama de nombres de carne y hueso, como Rudolf Abel y Konon Molody, competÃa con la de agentes ficticios occidentales al estilo de Bond, James Bond.
En 1994, cuando el muro de BerlÃn llevaba ya cinco años caÃdo y la Guerra FrÃa estaba en liquidación, Estados Unidos descubrió a un célebre espÃa infiltrado en el gobierno, Aldrich Ames, casado con una académica colombiana. Desde entonces han pillado a unos cuantos estadounidenses más que espiaban para Rusia.
Pero los 11 habitantes suburbanos que ahora son inquilinos de prisiones federales constituyen una de las pescas de espÃas más prolÃficas de la nueva etapa de amistad entre las dos potencias. A muchos les produce nostalgia recordar aquellos años en que procuraron vigilarse y engañarse mutuamente... para dicha de los aficionados a un género literario que aún escribe capÃtulos inesperados en la realidad.
editorial@eltiempo.com.co
- Publicación
- eltiempo.com
- Sección
- Editorial - opinión
- Fecha de publicación
- 30 de junio de 2010
- Autor
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