Virajes históricos

Virajes históricos

Revisión a la historiografía nacional en la presentación de 'Historia de la Independencia de Colombia'.

22 de junio de 2010, 05:00 am

Gran parte del avance de los estudios históricos en Colombia se debe a las celebraciones que periódicamente se realizan para conmemorar la independencia de España. Nuestra historiografía republicana se inauguró con la 'Historia de la Revolución de la República de Colombia en La América Meridional', de José Manuel Restrepo, cuya primera edición, en 1827, se realizó cuando aún estaban actuando gran parte de los protagonistas de la independencia. Este importante trabajo cuyo documentado registro ha servido de base a posteriores generaciones de historiadores inició lo que podríamos llamar la Escuela Republicana. La historia era contada por un actor comprometido con un proyecto nacional, que relataba los sucesos bajo el prisma del culto a los héroes.

En 1910, con motivo del primer centenario de la independencia, la Academia de Historia convocó a un concurso para premiar el mejor trabajo sobre historia de Colombia. Los ganadores fueron José María Henao y Gerardo Arrubla, que siguieron la senda de Restrepo. Su libro, que fue adoptado por el gobierno como texto oficial para la enseñanza de la historia, tiene una importante y confiable documentación, y se convirtió por más de medio siglo en fuente de consulta y referencia para estudiantes y lectores. En 1960, cuando se conmemoró el sesquicentenario, la óptica para analizar los acontecimientos históricos se había enriquecido y modificado con lo que se denominó en Latinoamérica, la Escuela Revisionista, cuya interpretación no se basaba en el culto de los héroes y estaba destinada, en gran parte, a demoler la antigua concepción sobre el papel de los detentadores del poder. En Colombia, el más connotado exponente de esta tendencia fue Indalecio Liévano Aguirre, cuyo trabajo 'Los grandes conflictos sociales y económicos de nuestra historia', comenzó a ser publicado por entregas en las revistas Semana y La Nueva Prensa, en 1961, con una enorme acogida y una amplia difusión.

En el último medio siglo, los estudios históricos en Colombia han tenido un gran avance cuantitativo y cualitativo. El oficio de historiador se ha profesionalizado. En muchas universidades del país se han creado carreras y programas de historia, y la visión de los historiadores se ha enriquecido al incorporar a su saber las técnicas de investigación y las corrientes historiográficas modernas en el mundo, desde la Escuela francesa de Los Anales, pasando por la historiografía anglosajona, la historia cuantitativa, la historia de las mentalidades, la micro historia, etc. y, al incorporar en su temática muchos aspectos que la historia tradicional no contemplaba o desdeñaba.

Precisamente, este libro es una buena muestra de cómo los historiadores actuales abordan un fenómeno tan importante y determinante como la independencia de las colonias americanas. Se trata de una visión más serena y más amplia. Lo primero, en la medida en la que no se acude a la exaltación. Se valora el papel  de los personajes que actuaron pero se los ubica en sus circunstancias sociales e históricas.

Lo segundo, porque el relato no gira ya alrededor de las batallas, las leyes y las fechas sino que, reconociendo su importancia, agranda el panorama para ampliar la comprensión y a estos elementos se agregan, entre otros, los factores étnicos o de género, la participación popular, la vida cultural, la significación de las vestimentas, los espacios urbanos y rurales, los mobiliarios y las viviendas, las fiestas conmemorativas laicas o religiosas y su significación, la familia, el efecto de 'los miedos' en un período de revolución, la religiosidad, la educación, la difusión de las ideas, la creación de la opinión pública, los retos para construir una nación, etc.

La Europa de finales del siglo XVIII vivió una transformación de las ideas con el movimiento de la Ilustración, y una tremenda agitación en el ámbito político y social. En Rusia, en 1773, se produce la famosa insurrección de los cosacos, dirigidos por Pugachev. Poco después, en el Imperio austrohúngaro, se dan las rebeliones campesinas de Bohemia y Transilvania; en 1780, la revolución de las Provincias Unidas, sobre todo en Holanda. Y con motivo de los acontecimientos franceses, a partir de 1789 hay agitación y levantamientos en los actuales territorios de Bélgica, Suiza, Holanda, Polonia, España, Austria, Hungría e Irlanda y hasta se producen motines en la marina de guerra británica. Pero el sacudimiento más profundo y global se manifiesta en las que se conocen como las Revoluciones del Mundo Atlántico, que se inicia con la Revolución de los colonos de Norteamérica contra Inglaterra, se enlaza con la Revolución francesa, se conecta con la revolución en Haití, la primera revolución de esclavos victoriosa en el mundo y que, en 1804, se plasma en la primera República de lo que vendría a ser América Latina, y luego, a partir de 1810, la revolución de independencia en Hispanoamérica.

Quienes participaron en la gesta emancipadora se enfrentaron a un mundo desconocido en muchos aspectos. El primero fue el de la independencia misma, a cuya concepción y realización no se llegó inmediatamente. Como muy bien se plantea en algunos artículos del primer tomo, las primeras preocupaciones de las juntas que se formaron en América estuvieron referidas hacia a quién manifestar fidelidad: ¿A las autoridades coloniales actuantes? ¿Al invasor de la Madre Patria que al mismo tiempo llevaba las ideas del iluminismo? ¿A la Junta Central de España, que trataba de encarnar la legalidad para llenar el vacío dejado por los miembros de la Casa Real, que en un todo fueron inferiores a las circunstancias? Y ¿con qué basamento  teórico? La respuesta se dio con una amalgama creativa que incorporaba las ideas de la Ilustración, el ejemplo de soberanía popular producto de las recientes revoluciones norteamericana y francesa, y las 'doctrinas pactistas', profusamente difundidas en los centros educativos de la colonia, que tenían su sustento en el derecho natural y en las concepciones de autores como Samuel Puffendorf, Hugo Grocio, Francisco Suárez, Francisco Vitoria, Juan de Mariana, etc. La incógnita sobre si se trataba de independencia absoluta o independencia con fidelidad al monarca, se fue resolviendo paulatinamente en el primer sentido. Pero, en el entretanto, y esto marcó el período, lo que se vislumbró fue que por rivalidades de campanario las villas, las ciudades o las regiones reivindicaron su autonomía frente al vecino, tal como queda ejemplificado en el pronunciamiento de la Junta de Gobierno de Mompox el 5 de agosto de 1810, por medio del cual la ciudad se declaraba independiente frente a España o a cualquiera otra potencia extranjera pero también frente a su rival y vecina Cartagena.

Entre nosotros, en una forma ligera e inadecuada, se denominó a este período como la Patria Boba, sin tener en cuenta los desarrollos políticos, ideológicos y constitucionales que colocaron la primera piedra para la difícil tarea de inventarse una nación. Los particularismos, con su secuela de desunión, se hicieron valer en toda América, incluyendo las 13 colonias de Norteamérica que necesitaron más de 2 lustros  para  superar las fuerzas centrífugas que conspiraban contra la unidad y poner en práctica su Constitución Federalista en 1788.

En el orden político, la independencia americana aportó como resultado novedoso la República moderna para todo un conjunto de países independientes, que por primera vez en la historia ponían en práctica esa figura a través de todo un continente. El término república, que para Don Quijote era sinónimo de país, cobró el sentido de forma de gobierno, gracias a los acontecimientos americanos, como también, gracias a ellos nacieron nuevos conceptos políticos o se modificaron otros.

Para empezar, solo a partir de allí el término independencia adquirió connotación política pues antes su alcance se limitaba al campo sicológico o al de la moral. Así era tratado el término en la Enciclopedia dirigida por Diderot, en la que la misma independencia moral se consideraba inaceptable. "Independencia. La piedra filosofal del orgullo humano; la quimera tras la cual corre ciego el amor propio. El término que los hombres se proponen alcanzar siempre sin lograrlo jamás...", según cita de Germán Arciniegas quien anota, además, que en 'El Tesoro de la Lengua Castellana' de Covarrubias, se ignora la palabra y que el 'Diccionario de la Academia Francesa', cuando registra el término por primera vez, la explica como guerra de independencia de EE.UU. Los términos de guerrilla y liberal, reconocidos hoy en el lenguaje político universal, tomaron entidad con motivo de los acontecimientos españoles en el período. Y también se transformó el sentido de los términos ciudadano, soberano y nación.

Por Álvaro Tirado Mejía
Profesor Emérito, Universidad Nacional.


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21 historiadores colaboran en 'Historia de la Independencia', volumen de investigación y consulta publicado por la Alta Consejería Presidencial, la Fundación Bicentenario y la editorial MNR Comunicaciones & Ediciones, en dos tomos: 'Revolución, Independencias y Guerras Civiles' y 'Vida Cotidiana y Cultura Material en la Independencia', a cargo de los Armando Martínez y Pablo Rodríguez e investigación iconográfica de Ricardo Rivadeneira. La obra se entrega en julio a bibliotecas, Academias, entidades educativas públicas y privadas, instituciones culturales y embajadas. La edición es de María Lía Neira, la coordinación editorial de Melisa Restrepo y diseño de Rosita Fajardo.