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José Saramago

Saramago, el escritor portugués que acaba de morir en España a los 87 años, fue en su vida y en su oficio un explorador de la ética, de la conducta social, de los efectos opresivos que ejerce el poder sobre el hombre. Alumno mediocre y niño melancólico de origen campesino, podía haber desarrollado su vida entre vacas y sementeras. Sin embargo, se topó con la literatura gracias a la biblioteca pública de su pueblo (no había libros en su casa) y acabó escribiendo una de las obras más poderosas, densas y atractivas del último medio siglo.

Saramago era un escritor atípico. Nunca sintió que lo traspasaba la llamarada de la palabra, ni abrazó la pasión de escribir, ni consideró que este oficio fuera más importante, ni más inspirado, ni más útil que fabricar muebles o criar gallinas. Allí radicaba su escala de valores: no en las elevadas esferas del creador literario, sino en los llanos deberes cotidianos del trabajador. Era un hombre que aceptaba su destino y procuraba cumplirlo lo mejor posible. Se definía como un obrero en la tarea de atar palabras, pero simplemente porque la vida le había dado habilidades para ello y no porque lo ungiera un halo especial. De hecho, entre 1944 y 1966 no publicó una sola línea. Tampoco creía en la literatura como compromiso, ni en el poder transformador que ella puede tener en la sociedad. Por el contrario, afirmaba que son los procesos sociales los que influyen en el arte.

Muchas de estas ideas, que aparecen desarrolladas en sus 17 novelas y cinco obras de teatro, corresponden al perfil de quien fue miembro del Partido Comunista y no dejó de serlo cuando, al caer la dictadura de Oliveira Salazar, tal militancia perdió en parte su razón de ser. Ni cuando el desplome del socialismo real desnudó un sistema de injusticia que chocaba con su ética. Fue un demócrata convencido y dijo siempre lo que sintió que debía decir. Su libro Ensayo sobre la lucidez, donde un pueblo vota mayoritariamente en blanco, alaba el poder revolucionario de la verdadera democracia.

El primero en pedir el Nobel para el portugués fue García Márquez, cuya obra es la antítesis de la de Saramago. El premio se le concedió en 1998 a modo de exaltación del pensamiento crítico contra los ciegos de la razón y del hombre libre contra los sistemas que lo aplastan. Ahora, al cabo de una vida larga y lúcida, Saramago recibe la visita de aquel espectro que describió en Ensayo sobre la ceguera: "Un fantasma con la mano tendida para llevarlo al mundo terrible de los muertos". Pero solo podrá hacerlo con sus restos mortales. Sus bienes literarios seguirán siempre entre nosotros.
editorial@eltiempo.com.co 

Publicación
eltiempo.com
Sección
Editorial - opinión
Fecha de publicación
18 de junio de 2010
Autor

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