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La artista de las arañas gigantes: Louise Bourgeois

Influyente como pocos y fallecida el pasado lunes 31 de mayo a los 98 años, Bourgeois fue la última modernista y la más veterana de las artistas contemporáneas.

"A Louise siempre le gustó el refrán de que las personas felices no tienen historias", cuenta Philip Larratt-Smith, desde Nueva York, cuyo trabajo conocieron algunos colombianos el año pasado en la exposición Andy Warhol Mr. America. Este literato y curador conoció de cerca a la artista franco-americana Louise Bourgeois, reconocida en el mundo entero por sus temerarias arañas gigantes, paradójicamente bautizadas Maman (Mamá) y que murió esta semana en Nueva York. Actualmente en Bogotá hay dos obras suyas, en la exposición Hábeas corpus del Museo de Arte del Banco de la República.

Larratt-Smith fue su archivista literario desde 2001 y así pudo adentrarse en el complejo mundo de esta mujer a través de su prolífica faceta como escritora, de diarios desde 1923 hasta el final de su vida; de cartas a su familia en Francia durante la Segunda Guerra y textos en francés e inglés -listas, conjugaciones de verbos, sinónimos y ensayos sobre Gaston Lachaise y Sigmund Freud-.

Por ello, para marzo del año entrante tiene programada la exposición 'Louise Bourgeois: el regreso de lo reprimido' en la Fundación Proa de Buenos Aires, que girará en torno del inconsciente y del psicoanálisis en su obra. La muestra seguirá a Sao Paulo y a Río de Janeiro.

"Los miedos primarios están articulados en sus esculturas, abstractas o figurativas: el temor al abandono, los celos, el deseo de venganza o la necesidad de retiro. En su trabajo, oscilaba entre rabia asesina e impulsos suicidas", explica el curador.

Basta adentrarse en el trabajo de Bourgeois para entender la fascinación de los psiquiatras por su universo. Una de las primeras obras que fijaron la atención de muchos en ella fue Destrucción del padre (1974), que recreaba la imagen que le produjo saber que su padre engañaba a su madre con su institutriz: una serie de bultos que semejan senos y falos, cual glándulas fragmentadas. El cuerpo roto sería desde entonces su sello.

Nunca se despojaría de su propia historia. Sus últimas décadas las consagró a sanar sus memorias al recrear la figura de su madre, Joséphine, en enormes arañas, "porque son colaboradoras y protectoras, tal como mi madre", dijo en una entrevista.

También la atormentó la maternidad. Dudaba de su fertilidad; por eso adoptó a Michel en 1938. Pero poco después tuvo a Jean Louis en 1940 y a Alain al año siguiente. Para Larratt-Smith, los dibujos en gouache rojo de sus últimos años, cargados de imágenes de embarazo, parto y dar pecho revelan que el tema nunca desapareció. "Estos trabajos señalan su vulnerabilidad y dependencia en los otros, así como su temor a quedar sola".

La manera como trabajaba revelaba el estado de su alma. "Era muy intuitiva y el proceso así como la resistencia del material debían corresponder a cómo se sentía en un momento preciso -asegura el curador-. Si estaba agresiva, cortaba o esculpía. En otros momentos, prefería dibujar o coser, unir más que separar. Esta última etapa se hizo visible en sus años finales, cuando trabajó con sus propios viejos vestidos y telas", lo que tampoco es fortuito. Sus padres restauraban tapices medievales en Francia y uno de los primeros trabajos manuales de Bourgeois consistió en completar algunas imágenes que se habían borrado con los años: primero dibujaba y luego cosía.

La escritura y el diván

'Louise Bourgeois: El regreso de lo reprimido' surgió de una serie de escritos que el asistente de Bourgeois, el investigador Jerry Gorovoy, se había encontrado por accidente en su apartamento de Nueva York en 2008. Los textos datan en su mayoría de la década de los 50 e inicios de los 60 cuando estaba haciendo psicoanálisis con el psiquiatra alemán expatriado Henry Lowenfeld, un clásico freudiano.

Consisten en registros de sueños, sentimientos, ideas sobre ser una artista y la naturaleza de la creatividad, así como sus reacciones a la literatura psicoanalítica y de figuras como Melanie Klein y Carl Jung. "Louise luego dijo que finalmente el psicoanálisis no le había servido y que hacer arte era para ella su forma de terapia y su garantía de sanidad", asegura Larratt-Smith. Tal vez por eso, porque a pesar de todo era una pragmática, rechazó las ideas de Jacques Lacan: "Sentía que eran inútiles por fuera del mundo de la teoría".

Más que muchos artistas, para él, Bourgeois estaba conectada con sus propias intenciones y significados. "Ella creía que el verdadero artista disfruta del regalo de la sublimación, y en su caso, tenía un enlace inusual y directo entre el inconsciente y la conciencia. En sus escritos, es claro que era consciente de sus propios procesos, neurosis, actuaciones y los orígenes en su infancia y juventud de los traumas que expresó en su arte. Su estilo no le salía forzado. Sin embargo, tenía un halo de dramatismo".

"El tema del sufrimiento es lo mío", escribió Louise Bourgeois. Es cierto. Su obra duele. A pesar de ello, nunca pretendió evadir la pena: "Hay que darle sentido y esculpir hasta la frustración y el sufrimiento. La existencia del dolor no puede negarse. Propongo que no haya remedios, ni excusas". Es todo. Y nos queda a todos.

DOMINIQUE RODRÍGUEZ DALVARD
Redacción EL TIEMPO

Publicación
eltiempo.com
Sección
Otros
Fecha de publicación
5 de junio de 2010
Autor

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