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Arquitectura. "Hay que deshacerse de la arquitectura del miedo":Giancarlo Mazzanti.

Según este barranquillero, creador de atrevidas obras públicas, para responder a las necesidades sociales hay que asumir riesgos.

Para Giancarlo Mazzanti, reciente ganador del Premio Mundial de Arquitectura Sostenible del Instituto Francés de Arquitectura, lo que impide progresar y construir país es que buena parte de la arquitectura en Colombia está basada en el miedo.

Haber logrado que el antiguo fortín inexpugnable de los sicarios de Pablo Escobar en los 80 se convirtiera en atracción turística y orgullo para los habitantes de Santo Domingo Savio, barrio de la Comuna Uno de Medellín, más que una hazaña fue un hito: el Parque Biblioteca España, gracias al cual Mazzanti logró el galardón de Mejor Obra de Arquitectura en la VI Bienal Iberoamericana de Arquitectura y Urbanismo.

Pero no es el único proyecto con un potente significado cultural para una comunidad vulnerable y en conflicto. La Biblioteca La Ladera, en Medellín; el jardín infantil El Porvenir, en Bosa; el colegio Gerardo Molina, en Suba; el Museo del Caribe, en Barranquilla; el Parque Tercer Milenio en San Victorino y los coliseos para los IX Juegos Suramericanos, en Medellín, entre muchos otros, van por el mismo camino: hacerles reverencias a los que menos tienen, demostrarles que una sociedad puede superarse a través de la educación.  

"Está fascinado con el tema escolar y lo ha hecho muy bien. Es una persona que ha abierto una nueva dimensión en la arquitectura y ha logrado posicionarla en un nivel nunca soñado", señala el arquitecto e historiador Alberto Escovar, gracias a "su capacidad innata para componer y sorprender".

Mazzanti descolló desde el principio. Recién egresado de la Javeriana, ganó un concurso del MAMBO para conmemorar los 100 años del natalicio de Le Corbusier. "Él pertenece a una generación en la cual todos esos paradigmas arquitectónicos -como el funcionalismo- entraron en crisis, y eso ha hecho que, gracias a los concursos, los arquitectos se expresen de una manera diferente", explica Escovar, para quien la arquitectura colombiana atraviesa su momento dorado con el boom de la construcción pública en los últimos 20 años.

Este barranquillero se sintió atraído desde niño por las murallas cartageneras, las fortificaciones y el Lego. No es para nada dogmático, respeta profundamente las posiciones de los demás y a ello contribuye su carácter costeño. Inteligente, teórico, apasionado por la geografía y la historia -cursó un posgrado de Historia y Teoría de la Arquitectura y del Diseño Industrial de la Universidad de Florencia- y filosóficamente estructurado, cita a Hegel para decir que no cree en la conexión entre la estética y la ética, y a Octavio Paz para definir la ruptura como la razón critica, sin la cual no existiría progreso.

Es un fenómeno mediático, pero hay quienes dudan de la funcionalidad de sus propuestas: "Veo en sus obras intenciones subjetivas muy imaginativas que a veces ponen en peligro el verdadero cometido de la arquitectura: generar espacios adecuados para ser utilizados", argumenta el arquitecto Daniel Bermúdez, artífice del recién inaugurado Centro Cultural Julio Mario Santo Domingo. "Sus soluciones carecen del rigor técnico que deberían tener para que la arquitectura sea perdurable", sentencia antes de reconocerle su valentía, pero complementa: "No hay que ir poniendo maravillas en todas partes; hay que aprender a ser discreto".

Pese a los dardos, Mazzanti, de 47 años, mantiene incólume su intención de seguir con sus irreverencias. Desde su cabina de cristal, en un taller-estudio contiguo al Museo Nacional, filosofa y describe, diseña y sueña. 

¿Por qué prefiere la arquitectura exterior al interiorismo?
-En Italia trabajé en arquitectura de interiores, pero lo que me interesa es la arquitectura pública porque es la forma de construir bienestar social y generar actos culturales. Además, trabajo por lo general en zonas deterioradas, periféricas, de bajos recursos y de conflicto.

¿Qué le da la obra pública que no le da la obra privada?
-El sentido de la obra pública es actuar en términos sociales, edificar bienestar, desarrollar relaciones urbanas y arquitectónicas. Está mediada por la política, mientras que la obra privada está mediada por el gusto y la especulación en aras del beneficio económico; su fin es construir confort. Si uno construye una casa se rige por el gusto o la voluntad de quien la quiere, y en ese proceso la casa desaparece para volverse un problema de estética.

Pero sin duda la arquitectura está determinada por la estética de quien la forja...
-Sí, y no. Cuando la arquitectura es una cuestión de buen gusto se vuelve un problema subjetivo. No juzgo a la una ni a la otra, simplemente son distintas y a mí la que me interesa es la arquitectura como construcción de sociedad, como instrumento de acción política. El sentido nuestro -el mío y el de mi equipo- es transmitir, transformar y generar condiciones políticas en una sociedad necesitada de transformaciones reales.

¿Cómo han transformado sus obras el entorno social?
-Cada obra actúa de manera diferente. En Medellín, lo que queríamos con la Biblioteca España era construir un salvavidas para una comunidad estigmatizada. Le apostamos a configurar un elemento de referencia, un ícono del paisaje muy fuerte. En el preescolar El Porvenir, en Bosa, la gente tiene acceso directo a la zona verde y al espacio alrededor sin interferir en el uso del jardín infantil, lo cual hace que haya más pertenencia de la comunidad; lo mismo pasa con el colegio Gerardo Molina, en Suba. Todos los proyectos apuntan a generar tres condiciones: multiplicidad de usos, reconocimiento dentro de la estructura urbana como un elemento de referencia y que la gente de más bajos recursos pueda tener una obra de primer nivel para generar pertenencia y apropiación.

Para usted buena parte de la arquitectura del país está basada en el miedo. ¿Por qué?
-Muchas veces me dicen: "Cuidado, no proponga esto", "no haga eso porque se van a robar los materiales; eso no le va a durar un mes". Siempre hay mucho miedo y resistencia al cambio. Pero el motor de una ciudad se llama razón crítica, un concepto de Octavio Paz. Si no hay razón crítica no hay transformación y sin ella no hay progreso. Si la educación gira alrededor del miedo lo que construimos es gente temerosa que no es capaz de proponer, hacer rupturas y asumir riesgos.

¿Ha habido cuestionamientos de la gente vecina a sus obras sobre por qué esos recursos públicos no se invierten en mejorar sus casas, sus calles o sus servicios públicos?
-Eso es como el esquema: les doy pescado o les enseño a pescar. Una biblioteca genera educación, y la de Santo Domingo Savio no sólo funciona como biblioteca sino como un gran centro comunal donde se dictan talleres de oficios para crear microempresas y se estimula a los jóvenes para que no entren a las pandillas. Eso es transformar una sociedad. La arquitectura no sólo es un desafío físico, también mental.

¿Cómo ve el papel del Estado en los proyectos de vivienda de interés social?
-Hoy en día está cumpliendo muy poco su función porque le ha dejado al privado la solución de la vivienda, y el Estado debe intervenir mucho más en el proceso. Debe haber más políticas y proyectos urbanos generados por el Estado, como lo que se hizo con Metrovivienda -que fue un buen ejercicio de urbanismo-. Los megaproyectos están en manos privadas y el Estado no está teniendo control sobre su calidad final.

¿Las ciudades deben crecer hacia lo alto o hacia lo ancho?
-Deben densificarse un poco más -especialmente las nuestras- y hay que controlar el crecimiento de la periferia porque si no se vuelve inoperante.

Cuando en las ciudades hay tal grado de informalidad en la vivienda, ¿qué políticas deberían implementarse?
-Pregunta difícil. No somos capaces de controlar la construcción de una ciudad cuando el 60 o 70 por ciento es informal. Deberíamos generar mecanismos de ayuda para que las viviendas tengan la mejor calidad posible, y eso tiene que ver con educación, con talleres que permitan mejorar los sistemas de construcción y hacer más eficientes los espacios.

¿Contra qué preceptos de los constructores ha tenido que luchar?
-Contra el constructor que sólo le interesa recoger dinero cuando hace su obra. En general, la contratación pública premia al más barato, no al que produce de mejor calidad.

¿Y arquitectónicamente hablando?
-No me toca luchar mucho por una razón: los proyectos se escogen por concurso y los que resultan ganadores no están en discusión. El constructor tiene que hacer lo que está en los planos. Colombia es un ejemplo latinoamericano en el tema de construcción por concurso, que lleva casi 40 años. El concurso es la única opción en la arquitectura para producir rupturas.

¿De dónde provienen las críticas a su trabajo y por qué?
-De aquellos a quienes les cuesta trabajo ver cosas que ellos no harían porque no son capaces o no les gusta. Esos miedos se basan en el dogma, en una sola forma de entender la arquitectura. Miro con dolor que el país sea tan fundamentalista en muchas cosas.

Hay quienes aseguran que usted copia modelos foráneos...
-Yo creo que la construcción de ideas y de arquitecturas no pertenece a un lugar. Somos occidentales y lo que hacemos es construir modelos como los que se producen en Europa o Estados Unidos. Pero no le tengo miedo a esa especie de 'contaminación' que tiene que ver con traer ideas y aplicarlas. No creo en las identidades ni en que tengamos una forma única de arquitectura colombiana.

¿Cómo hacer que la arquitectura sea más condescendiente con el Planeta?
-La mayoría de nosotros trabajamos con arquitectura bioclimática, y el gremio cree que eso es suficiente para quitarse de encima la presión social.
 
¿Qué es la arquitectura bioclimática?
-Recoger el agua lluvia, utilizar las condiciones ambientales exteriores para generar corrientes de aire y ventilación en vez de usar aire acondicionado. Pero creo que el tema debe ir mucho más allá, y eso implica una forma diferente de entender la sociedad y el medio ambiente. La sostenibilidad no consiste sólo en mejorar las condiciones energéticas, en no tumbar árboles o en ponerle pasto al techo de un edificio. Eso es bastante ingenuo.

¿Qué tanta acogida tienen los biomateriales?
-Hay materiales que se pueden degradar con el tiempo, que pueden ser absorbidos por el medio ambiente. Los he usado en algunos sitios, pero en nuestro contexto no es fácil. Hemos trabajado con cierto tipo de coberturas vegetales que permiten controlar las temperaturas exteriores, con materiales que producen aislamientos térmicos importantes y ahora con un caucho de colores (parecido al corcho) hecho de llanta reciclada.

¿Qué está desarrollando?
-Los planos del parque lineal de la calle 26, en Bogotá, y la construcción de un jardín infantil en Soledad, Atlántico, y de otro en Santa Marta. Estoy desarrollando un proyecto de vivienda social en España -que ya es un hecho- y estoy proyectando otro con el grupo Elemental de Chile. También estoy presentando, por invitación, un proyecto en Taiwán y otro en Bahréin.
 

Por Amira Abultaif Kadamani

Publicación
eltiempo.com
Sección
Entretenimiento
Fecha de publicación
28 de mayo de 2010
Autor

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