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De visita por el complejo volcánico de Doña Juana y Cascabel

Nariño tiene los más bellos paisajes campestres del país. En la región del municipio de La Cruz se encuentra este lugar de especial atractivo para quienes aman las montañas y la aventura.

Se trata de los volcanes Doña Juana (4.200 m.), Ánimas (4.300 m.) y Petacas (4.500 m). En compañía de Ricardo Orbes y Andrés Morales salí de Pasto y pasando por Buesaco, San Bernardo y Tablón de Gómez llegamos a La Cruz. Esta región es muy quebrada, hay cerros y cañones por todas partes, incluyendo los ríos Juanambú y Mayo. Todos son pliegues de los volcanes que queremos visitar.

Con el nombre de Complejo volcánico de Doña Juana y Cascabel, la zona ha sido convertida en Parque Nacional Natural. La riqueza en biodiversidad es impresionante: 471 especies de aves, incluyendo el cóndor, en sólo 66.000 hectáreas. Y en mamíferos hay osos de anteojos, venados, dantas de páramo y pumas. Un verdadero paraíso de flora, fauna, ríos, páramos, picos filudos, bosques y cañones, amén de los volcanes.

Este fue el solar nativo de los indios chinchas. Una de las leyendas sobre el origen de los volcanes dice que Mamá Juana, una hermosa quiteña, se enamoró de Pedro, un plebeyo. Ante la negativa de los padres al matrimonio, huyeron y, víctimas de la maldición materna, se convirtieron en volcanes. Mamá Juana dejó olvidada una maleta con oro que se convirtió en el volcán Petacas y ella y sus mulas fueron asustadas por unos espíritus, que se transformaron en el volcán Ánimas.

Extasiados ante la belleza del paisaje compuesto por potreros y bosques, entre los cuales surgen las casitas de los campesinos como si fueran de pesebre, nos fue acercando Harold Chamorro a la base occidental del volcán Doña Juana. Allí emprendimos el ascenso. Yo había subido a este volcán hace 30 años. Aquella vez soporté un diluvio durante cinco horas y en la cumbre sólo hice una foto, a unas piedras a tres metros de distancia, porque la neblina y el agua no permitieron más. Ahora quería desquitarme con un día que amaneció despejado.

El ascenso a este volcán es el más bello que he hecho a cualquier volcán de Colombia, por la existencia del que por aquí llaman Valle de las Orquídeas, un plano inclinado de unos dos o tres kilómetros de longitud en el que abundan estas flores.

Son millones en tupidos matorrales. Fotografié diez diferentes que estaban florecidas. La última erupción del Doña Juana fue en 1936 y dejó cien muertos en la base del cerro. Al crecer la vegetación entre las grandes piedras que dejó la lava, quedaron ocultos en la falda miles de huecos que hacen muy difícil, dura y peligrosa la subida. Fueron tres horas muy lentas que quedaron marcadas en las piernas con raspones y heridas.

Encontramos huellas recientes de tigre y de puma, materializadas en sus heces fecales. Leonardo y José Luis, que han subido innumerables veces al volcán y conocen de memoria todos sus huecos y recovecos, nos acompañaron.

Gracias al trabajo de los funcionarios del parque, los campesinos y agricultores de la zona han tomado conciencia de la importancia de cuidar los bosques y los nacimientos de agua. Las dantas de páramo, tan abundantes en otras épocas, habían ido desapareciendo paulatinamente, pero ahora ya las poblaciones se están recuperando.

La cumbre del Doña Juana es atípica; no existe el cráter convencional. Una serie de picos, filudos, en desorden, de color gris, coronan el ascenso. Del otro lado, hacia el oriente, en la base y hasta donde se pierde la vista, el universo son bosques y más bosques del piedemonte amazónico de la Bota Caucana.

Mi imaginación se solazaba sabiendo que allí hay tigres, o sea nuestros jaguares. Este parque es de excepcional importancia por su biodiversidad, ya que pertenece al andén del Pacífico, a los Andes y a la Amazonia.

Desde la cumbre admiramos la Laguna del Silencio, una de las 42 del parque. El descenso fue lento para evitar la trampa de los huecos ocultos. Levantamos la carpa a orillas de la laguna, que está rodeada por un lado de bosques densos y por el otro, de la base el volcán.

Hacia el sur el Doña Juana se prolonga en una serie de picos afilados de impresionante belleza. Uno lleva el nombre obvio de El Machete y los otros, el Cocodrilo. Nos faltaban los otros volcanes. Se levantan sobre bosques y potreros y su ascenso es todavía muy desconocido.

No teníamos tiempo para intentarlo. Se habla de lagunas misteriosas que se enfurecen al paso de los caminantes. Pasamos una noche en la cabaña del parque, ubicada frente a los dos colosos. El Ánimas soporta una cumbre redondeada y su ascenso se ve complicado, pero algún día lo intentaremos.

Al final nos premiamos con un descanso, bajamos a La Cruz y fuimos a la cascada de La Tajumbina, una de las más bellas del país, que ofrece además el atractivo de aguas frías y aguas termales. A estas hay que dedicar largo tiempo para soportarlas, pues la temperatura es muy alta.

Una excursión a Nariño debe terminar degustando el cuy. Ricardo Orbe, nuestro anfitrión, nos llevó a saborearlo en Pinzón, cerca de Túquerres. El otro hito de Nariño es la Virgen de las Lajas. Allá fuimos a rezarle en su santuario, "milagro de Dios en el abismo". Nariño es tierra de volcanes, de fe y de gente amable y trabajadora. 

TEXTO Y FOTOS
ANDRÉS HURTADO GARCÍA

Publicación
eltiempo.com
Sección
Otros
Fecha de publicación
26 de mayo de 2010
Autor

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