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Desde el foso. El arte de ver fútbol por TV
A propósito de la Copa Mundo, he aquà los consejos y recomendaciones de un espectador experto.
Ver fútbol en el estadio es una gozada. Verlo en televisión es un arte. Efectivamente, cuando uno acude a un coliseo deportivo a presenciar un partido no hay muchas opciones para escoger, salvo las que ofrece la taquilla. Luego pasa a formar parte de la masa que se instala dichosa en las graderÃas.
Cosa muy distinta es mirarlo por televisión. Aunque la experiencia de la pantalla no será nunca tan viva, emocionante e impresionante como la del estadio, ofrece posibilidades variadas a su distinguida clientela. Con el Mundial de Fútbol ya en el área chica y la terca realidad de que trasladarse a Suráfrica es caro, lejano y ajeno, miles de millones de aficionados seguirán el mayor torneo deportivo del Planeta por la tele. Y es mejor que sepan escoger cómo, dónde y con quién.
Calculo que a lo largo de mi vida he jugado (mal) cientos de partidos, presenciado en diversos estadios unos 1.200 o 1.300 más y visto por televisión no menos de 3.500 o 4.000. Es decir, que, sumando minutos y segundos, he empleado en ver fútbol un año entero. Me parece poco. Ha sido, sin duda, el año mejor invertido de mi vida.
A partir de esa experiencia, me propongo escribir aquà un breve tratado sobre el arte de ver fútbol por televisión.
Espectáculo para solitarios
Lo primero que el telefutbolvidente tiene que decidir es si quiere asistir al partido solo o acompañado. PodrÃa pensarse que el fútbol en pantalla es un espectáculo que invita a congregar gente en una sala para disfrutarlo en forma colectiva y que el fútbol para individuos solitarios es un ejercicio melancólico de abandonados.
Pero no es asÃ. Mi seguimiento de medio siglo revela que los mejores teleaficionados buscan cada vez más alejarse del grueso público y encerrarse a ver los partidos importantes con unos pocos amigos que dominen la ciencia o incluso abstenerse de toda compañÃa. El Negro Fontanarrosa, por ejemplo, en sus últimos años únicamente aceptaba en la sala de su casa, cuando pasaban el partido del Rosario Central, a gente sumamente versada, nunca más de dos, y matriculados, de todos modos, en el hinchismo de su equipo. Nada de tolerancias con rivales, ni buena educación forzada.
El fútbol de alto voltaje exige concentración, conocimientos y militancia. Allà no cabe gente que comente idioteces ("Si no hubiera pegado en el palo habrÃa sido gol"), que pregunte pendejadas ("¿En qué equipo juega ahora Pelé?") o que ignore lo que es el fuera de lugar. Los comentarios han de ser pocos e inteligentes. Y la expresión de emociones, desbordada y hasta brutal, porque estamos entre amigos. Yo he visto a un médico famoso que, al ver cómo fallaba el rival un penalti, se bajó los pantalones a lo Mockus y, apuntando hacia el televisor, le mostró al delantero contrario cómo se cobra un tiro libre.
Todas estas manifestaciones caben cuando uno ve el fútbol solo o con un par de amigos selectos. Pero son inaceptables en público.
El chivódromo
En público, en cambio, hay más recocha y diversión. Recuerdo que en otros tiempos habÃa puertas abiertas para seguir los partidos de fútbol de la Copa Mundo al medio dÃa en la gran oficina que tenÃa la Chiva Cortés. Cada parroquiano llegaba con comida, bebida o postres y al final nos reunÃamos multitudes de más de veinte telefutbolvidentes a atisbar los televisores por donde se transmitÃan juegos diferentes pero simultáneos.
Allà habÃa de todo. Gente de fútbol, gente ignorante, gente de fútbol ignorante, gente que iba de paso, señoras que llegaban atraÃdas por el ambiente, famélicos que solo pensaban en las viandas, cobradores que se quedaban a disfrutar del espectáculo...
Apostábamos pollas para cada partido y superpolla para las posiciones finales, gritaban los hinchas de los diversos equipos, se decÃan muchÃsimas tonterÃas, no faltaba algún provocador que insultaba a Brasil y le hacÃa barra a extraños paÃses centroeuropeos, las señoras comentaban 'desmayadas' el fÃsico de los italianos, la Chiva pedÃa tinto a los berridos, y cuando terminaba un juego empezábamos a prepararnos para el próximo.
En torneos donde Colombia se desempeñó con éxito, las citas en el Chivódromo llegaron a ser legendarias. HabÃa banqueros que se quitaban camisa y corbata para lucir una camiseta nacional. Alguna vez, incluso, se apareció en el noble escenario el mismÃsimo Belisario Betancur cuando ocupaba la Presidencia de la República. Llegó tarde a un partido y por poco le toca sentarse en el suelo. Han transcurrido casi treinta años y creo que ya puedo contar una anécdota que ocurrió aquel dÃa, al calor y la liviandad que inspira el fútbol entre amigos. Betancur opinó que Colombia tenÃa que sacar un delantero y meter un defensa para garantizar un resultado favorable, y la Chiva, que preferÃa seguir atacando, protestó con su habitual vehemencia.
- ¡No seas huevón!
Todos nos quedamos frÃos. Es verdad que el ambiente era distendido y de camaraderÃa, pero resultaba evidente que Cortés se habÃa pasado de la raya. Y lo peor es que Betancur también lo sintió asÃ, pues puso cara seria, miró al autor del improperio en forma cortante y dijo en medio del silencio de los demás.
- Guillermo: quiero recordarle que yo soy el Presidente de la República y en ciertos casos se me debe, incluso, el tÃtulo de Su Excelencia.
La Chiva no sabÃa dónde meterse. Los demás tampoco. Y lo peor es que el regaño no habÃa terminado.
- De modo que cuando se dirija a mà no le permitiré esos términos -prosiguió el Presidente-. Tendrá que decirme "Su Excelencia, no sea huevona".
La carcajada fue general y hasta los más fieros opositores al Gobierno que allà se encontraban sufrieron inmediata conversión al belisarismo.
En esa oficina y con ese público abigarrado tuvieron lugar otras escenas que tampoco olvidaré. Por ejemplo, Rubén Flotta, antiguo mediocampista argentino de Santa Fe, que odiaba a uno de los defensas de la Selección Argentina del 82, cuando le llegaba un balón al zaguero, gritaba desde atrás "¡Sos un espÃa!... ¡Sos un espÃa!". A su turno, Jaime Cortés, el Mosco, hermano de la Chiva, que hablaba francés perfectamente, cada vez que el locutor colombiano citaba a un jugador de Francia como "Bértrand", se ponÃa de pie, se acercaba al televisor y repetÃa, indignado, "¡Bertránd, Bertránd!". Luego volvÃa a su asiento: quince, veinte, treinta veces por partido.
Estupendo sitio, pues, para divertirse. Pero malo para concentrarse en un enfrentamiento importante y difÃcil.
Hijo de su padre
No todas las circunstancias de la telefutbolvideaudiencia son tan gratas y tolerantes como las que se daban en la oficina de la Chiva. Yo, por ver partidos del Santa Fe en un estadio de Colombia o del exterior, he llegado, literalmente a exponer la vida. Y por ver partidos del Barcelona en televisión he visitado salas de aeropuertos, casas de personas que a duras penas conozco, moteles de carretera y bares infectos.
A uno de ellos, sito en un lugar de la isla de Menorca, acudà escoltando a Joan Manuel Serrat. Era el único lugar cercano donde podÃa verse el partido, que transmitÃa una cadena de cable, asà que compartimos mesa con otros aficionados culés -apodo de los barcelonistas- y con unos pocos del Hércules, un equipo de Alicante flojÃsimo que ascendió de chiripa a la primera división. Se supone que el partido estaba ganado de antemano y acudimos más a corroborar lo obvio que a despejar dudas. Pero como el fútbol no es una ciencia exacta, el Barça jugo mal, el Hércules lo venció por 1-0 y los tres o cuatro hinchas alicantinos presentes en el bar celebraron el milagro ruidosamente. Entre otras ocurrencias, dieron en gritar cánticos en que, con ánimo provocador, compadecÃan a los hinchas del Barça.
A Serrat, que está acostumbrado a ganar siempre, como todos los que seguimos con admiración al Barcelona, se le llenó el tanque de la paciencia y de pronto se paró frente a los del Hércules.
- Compasión me da a mà tu padre -le dijo al más escandaloso de ellos.
Fue una sorpresa mayúscula: el más célebre cantautor español se materializaba en semejante chicherÃa y se encaraba con él para mentarle el taita. Con más curiosidad que otra cosa, el hincha preguntó:
- ¿Y por qué te da compasión mi padre?
- Pues por tener un hijo tonto, como tú -le dijo Serrat muy digno y muy serio.
Y ante el estupor del hijo tonto y de los demás testigos, abandonamos la sancocherÃa menorquina con la cabeza muy en alto.
Sudar la camiseta
Este es el tipo de cosas que pueden ocurrir cuando uno ve un partido por televisión en sitio abierto al público. Pero también ocurre que uno hace buenos amigos entre la gente de la misma divisa que ocupa otras mesas, que a veces alguno reparte vino para celebrar un gol y que la derrota compartida es menos dura.
Se han puesto de moda en los últimos tiempos las grandes pantallas para ver partidos en plazas donde caben diez, quince, veinte mil personas. Hubo una primera aproximación a este experimento en los años setenta, cuando en paÃses poco futboleros algunas salas de cine vendÃan boletas para ver los partidos en el telón. Recuerdo que el 9 de marzo de 1977 acudimos con un grupo de compatriotas a un teatro de Nueva York que olÃa a creolina dispuestos a ver un juego de eliminatorias de la Copa Mundo entre Brasil y Colombia. Era como ir a cine. El recinto imponÃa respeto. Nada de gritos ni consignas. Solo educados aplausos después de cada gol. Perdimos seis a cero en RÃo de Janeiro y los colombianos abandonamos la sala antes de que terminara el partido embozados en la oscuridad.
Ahora esa clase de espectáculos se ofrecen en recintos abiertos, ante multitudes transpirantes, febricitantes, chisponas, gritonas y saltarinas. Las imágenes brillan en pantallas enormes engalanadas con marcas comerciales. Muchos de los espectadores no saben bien quiénes juegan, pero acuden felices con su parche de amigos. Otros no llegan a saber quién ganó, porque terminan fundidos debajo de un árbol antes del pitazo final. Es una manera de sudar el fútbol sin pisar la cancha. No la recomiendo a ancianos, inválidos ni personas que quieran analizar el partido de manera tranquila y sapiente.
Por Daniel Samper Pizano
- Publicación
- eltiempo.com
- Sección
- Cultura y entretenimiento
- Fecha de publicación
- 26 de mayo de 2010
- Autor
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