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El olor nos mantiene juntos o separados
El olfato, aunque no lo parezca, tiene un papel protagonista a la hora de elegir pareja sexual. El genetista Emilio Yunis hace un recorrido por la importancia de este sentido y su vÃnculo con el sexo.
No hay genes de la fidelidad o de la infidelidad. Hay que decir que la primera, con toda la importancia social que se le da, no es más que una construcción cultural, no de la biologÃa o de la evolución.
La reproducción humana está esencialmente ligada a la producción hormonal y a la capacidad de las personas para detectar los olores que ésta descarga e interpretarlos como estÃmulos sexuales. Esta capacidad se pierde con la vejez, cuando poco a poco el organismo deja de ser apto para reproducirse.
Olvidamos o ignoramos que el olfato es uno de los principales órganos de reproducción de las especies. Juancho (un indÃgena colombiano), por ejemplo, no lo sabÃa, pero siempre echaba mano de él: lograba que sus 16 mujeres menstruaran al mismo tiempo, en los mismos dÃas, ayudado por los olores que desprendÃa su cuerpo.
Eran muchos, incluida la sobaquina que lo embalsamaba, porque asà como se levantaba se iba a dormir, después de todo un dÃa de trabajo, intenso, continuo, con el sudor por el clima y el trabajo en los corrales y en los cultivos. Ellas no lo rechazaban, sus olores acababan por gustarles.
Si se desarreglaban Juancho las sacaba de su vida, el desamor se apoderaba de ellas; para él eso era sinónimo de que lo dejaban de querer y las sustituÃa por otras. Los sentimientos, el amor y el acto sexual eran para Juancho una sola cosa, estaban atados, no se podÃan separar y el goce y el placer se daban por añadidura.
Esta historia, que es real, también hace recordar que el olfato existe, que está ahà siempre, enmascarado en una insignificante nariz, jugando un papel de primera en la evolución humana. Aun asà los seres humanos lo echaron a un lado cuando presuntuosamente empezaron a andar en dos patas y a darle más importancia a la vista. El olfato nunca perdió su función y, mucho menos, su valor en eso de ayudar a mantener la especie.
Miles de años después a Juancho, valga decirlo, tampoco le importaba mucho que esto del oler, elevado a la condición de sentido, constituyera una de las culminaciones de la evolución del cerebro, una que le permite mostrar a plenitud su capacidad de anticipación. Como una antena esta caracterÃstica favoreció el desarrollo del movimiento, desde que este apareció en el universo, en seres de singular simpleza.
Siempre estuvo allÃ, mejorando los receptores para que en la actividad sexual lo que huele mal para unos sea ambrosÃa para otros y, lo mejor de todo, actuando sin ayuda de nadie o bajo el comando del cerebro mismo.
Por eso la higiene corporal, en su intento por desterrar los olores propios que consideraba feos, los sustituyó por las esencias, los perfumes y los jabones.
Lo único que logró fue que la noble nariz se adaptara a los nuevos aromas corporales que resurgieron reforzando el efecto y el estÃmulo del deseo, indispensable para la reproducción, sin que esta se disociara del placer del sexo.
Por supuesto que para que esto funcione es vital que el órgano vomeronasal esté intacto: está situado detrás de la nariz, donde se domicilian los receptores para todas las moléculas olorosas y para las controvertidas 'feromonas', inodoras, que despiertan todas las ganas necesarias para la vida erótica.
Lógico que si este órgano se lesiona, con el daño se apagan esas pretensiones. En este proceso, insisto, nada tienen que ver los inexistentes genes de la fidelidad o de la infidelidad.
Es curioso que todo esto ya parecÃan saberlo los encargados de impartir justicia desde el siglo VIII. En esa época los imputados de un delito que hoy conocemos como acoso sexual, eran castigados con la mutilación de la nariz. Esa era una marca con la que debÃan cargar los abusadores de por vida, no importaba si se trataba del emperador o del usurpador. La carga simbólica era inmensa: al retirarse la nariz se desvestÃa, de paso, el poder de ese abusador, que no era otro que su potencia sexual y proyección social.
Huelo, entonces me reproduzco
El libro El malestar en la cultura, de Sigmund Freud, en el que se liga el origen de la higiene al de la cultura, recuerda a los perros, a los que llama animales osmáticos: olfatean todo y, lo primero, los genitales de las hembras, igual que siguen a una perra en celo.
En la obra se destaca la ambivalencia del hombre con relación al perro: es su mejor amigo, pero también el objeto de su rechazo. Todo lo malo es hecho por los perros, de ahà la expresión "quite perro" o "no sea perro" o el "perro cochino" o la expresión más gráfica -exacta, como todas las de su clase- de "echar los perros", para describir la conquista y la invitación al acto sexual. Claro que ahora dicen, con dudosa expresión musical, "perréame" o "perréalo".
Para la continuidad de las especies la reproducción es la clave. Por eso, una de las sentencias preferidas de la TeorÃa de la evolución, y de la Selección natural, es "reprodúcete", a la que se le han agregado en otras obras un "cuanto antes lo hagas, mejor", y ahora otra, "no importa si huele bien o huele mal".
Lo cierto es que después de cumplir con el objetivo de reproducirse, a la naturaleza no le importa lo que ocurra con el individuo; si es vÃctima de un predador o de una falla renal o si sufre de Alzheimer o de cáncer, eso es algo que la tiene sin cuidado.
Esos puntos son de la cultura, que no es una extensión de la evolución, es su producto porque la construye el cerebro, pero no de una manera directa. Para el autor existe una contradicción entre evolución y cultura, que no se resuelve aún. Por eso es imperativo conocer los lÃmites de la una y de la otra, incomprensión que lleva a todos los males que hoy vemos como un futuro desolador.
Todos los aspectos del olfato son la esencia de los diálogos de los tres personajes centrales de la obra, el profesor Olaf Munsen, el padre Antonio Moratinos y JoaquÃn, los mismos de la novela Desde el púlpito nos acechan, nos oyen y nos hablan.
El lector encontrará narraciones diferentes con el correr de las páginas, todas estimulantes, como aquella del mirlo en la corte de Harum al Rashid, o la historia de Orfeo y "no mirar atrás" o ensayos de interpretación de la obra que tanto gustó, El perfume, o análisis de pelÃculas como Perfume de mujer, con el baile espectacular del ciego representado por Al Pacino, y el recuerdo de la que le precedió, Profumo di donna, con Vittorio Gassmann.
El olfato, que parece haber sido relegado a un segundo plano con la primacÃa de la visión, guarda la importancia que nunca perdió en la reproducción, junto con el órgano que tienen los receptores para las moléculas que lo estimulan. Por eso lo que huele mal para unos es ambrosÃa para otros. No hay forma de doblegar socialmente esa verdad, como no hay manera de obligarlo a actuar según los dictados de una construida fidelidad.
Por Emilio Yunis Turbay*
*Este reconocido cientÃfico -nacido en Sincelejo (Sucre)- es pionero en el estudio de la genética en nuestro paÃs y es considerado una de las autoridades mundiales en el tema, al punto en que -dentro de sus muchos logros- en el 2005 fue elegido como cientÃfico hispano del año en Estados Unidos.
Este año lanzó su último libro llamado 'Las dieciséis mujeres de Juancho: el sexo por el olfato', obra de la que parte este artÃculo.
- Publicación
- eltiempo.com
- Sección
- Otros
- Fecha de publicación
- 26 de abril de 2010
- Autor
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