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De 'Pepe' para Antanas

"Cuando me preguntan por qué quiero ser Presidente, respondo: 'Para que haya menos sufrimiento y más alegría'", dijo Antanas Mockus en el debate del domingo pasado. Y levantó su lápiz para identificarlo como el símbolo de su campaña.

Como relámpago, estas palabras me remitieron a José 'Pepe' Mujica. En marzo, Uruguay, mi país de nacimiento, estrenó presidente. Lejos desde hace 30 años, poco sigo los acontecimientos políticos del sur. Pero, cuando los medios reportaron una curiosa simpatía entre Mujica y Uribe, me volqué a leer los discursos del nuevo mandatario.

Quizás la relación con la tierra permita una comunicación fluida entre estas dos figuras tan dispares. Mujica todavía visita su chacra los fines de semana y expresa tanto cariño por sus frutas y verduras como el presidente Uribe por sus caballos. Pero hasta ahí llegan las similitudes. La verdadera semblanza se encuentra entre Mockus y Mujica.

¿Qué puede tener en común uno de los fundadores del movimiento guerrillero Tupamaros con un acérrimo defensor de la vida? ¿Cómo se puede vincular a quien se define a sí mismo como un "chacarero (pequeño agricultor) chabacano", sin formación académica, con un filósofo y matemático que fue rector de la universidad más importante del país? Permítanme sostener que Mockus y Mujica comparten una misma visión.

Como Mockus, Mujica considera a la educación un motor de desarrollo. En su discurso de posesión, aseguró: "Los gobernantes deberíamos ser obligados todas las mañanas a llenar planas, como en la escuela, escribiendo 100 veces: 'Debo ocuparme de la educación'."

Mujica quiere un país de gente educada. Ante los intelectuales uruguayos aseveró: "La inteligencia que le rinde a un país es la que está distribuida. Es la que no está sólo guardada en los laboratorios o las universidades, sino la que anda por la calle. La inteligencia que se usa para sembrar, para tornear, para programar una computadora o para cocinar. Unos subirán más escalones que otros, pero es la misma escalera. Y los peldaños de abajo son los mismos para la física nuclear que para el manejo de un campo."

Para Mujica, el gusto por el conocimiento se contagia y, por eso, les definió a los intelectuales la función de "desparramar la semilla" para que la cultura deje de ser para los privilegiados. "Necesitamos que se propague en el aire, entre en los hogares, se cuele en las cocinas y esté hasta en el cuarto de baño", es decir, una marea de educación.

Mujica se permite soñar. Su fantasía es la de "un país en el cual los padres les muestren el pasto a los hijos y les digan: '¿Sabes qué es eso? Una planta procesadora de la energía del sol y los minerales de la tierra'. O que les muestren el cielo estrellado y, en ese espectáculo, los hagan pensar en los cuerpos celestes, en la velocidad de la luz y en la transmisión de las ondas". Y, para mostrar su gusto por la vida, aclaró: "No se preocupen, que esos chicos igual van a seguir jugando al fútbol. Sólo que, en una de esas, mientras ven picar la pelota, quizás puedan pensar a la vez en la elasticidad de los materiales que la hacen rebotar".

Es que este hombre, que encarna la reconciliación con R mayúscula, es un enamorado de la vida. Desea no sólo un país de ciudadanos educados, sino también de gente feliz. Una apuesta por la educación se justifica para producir más, pero también para disfrutar más. Mujica considera que los productos intelectuales se pueden gozar con tanta intensidad "como un plato de tallarines".
Yo aspiro para el país que hice mío un presidente con la visión de Mujica. Uno que, como él, pueda afirmar con convicción: "La buena fe es nuestra única intransigencia; casi todo lo demás es negociable". Y que insista en que podemos ser diferentes. Como Mujica, uno que diga: "Nada cambia si no cambias vos".
 

Publicación
eltiempo.com
Sección
Editorial - opinión
Fecha de publicación
22 de abril de 2010
Autor
Laura Gil

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