Columnistas remozados

Columnistas remozados

Su juventud impone una nueva y distinta agenda de reflexión y de opinión. Son los columnistas más jóvenes que están apareciendo en las páginas editoriales de los principales medios escritos del país.

9 de abril de 2010, 05:00 am

Unos son muy jóvenes y otros no tanto, pero todos revelan menos edad. Se han ganado un espacio en los principales periódicos y revistas, son iconoclastas e irreverentes. Se pelean con las palabras aunque se reconcilian rápido con ellas y las acomodan en frases que dejan boquiabiertos a 'parceros' y a extraños.

Fidel Cano, director de El Espectador, dice al respecto: "Uno no escoge los columnistas por su edad. Los jóvenes aportan una mirada fresca y diferente a los temas de siempre y, quizás más importante, una cantidad de temas novedosos que los tradicionales no abordan o lo hacen de manera aburrida... Atraen nuevos lectores, jóvenes en especial, que encuentran cercanía temática o de posición que les permite perder el miedo a entrar en relación con un dinosaurio como el periódico".

Son columnistas que han levando más de una roncha, no se autocensuran ni se limitan, no buscan pleitos y cuando se trata de defender principios o convicciones se enemistan con quien sea, sin importar posición o apellido.

 Ricardo Silva (34). Casi un año en El Tiempo
"Comencé en Soho en 2000. La columna se llamaba Lugares comunes, estaba en la última página y duró ocho años. Las primeras hablaban de bobadas, fue girando hacia cosas más personales, se volvió confesional y cuando llegó Uribe fue política. Era absurdo no utilizar ese espacio para expresar la indignación por lo que pasaba.  Había escrito ya un libro de cuentos y una novela.

"Como escritor arranqué con lo mío, los libros, y luego entré a los medios. He tenido claro que estoy en los dos mundos, pero el que más me interesa es el literario. Ninguno le está sirviendo al otro. Ricardo Ávila, editor de Opinión, me propuso ser columnista de El Tiempo y acepté, con un poco de temor porque era enfrentarme a un público distinto. Soho y las viejas empelotas me protegían, no me sentía tan expuesto.

"No me había percatado de la importancia de El Tiempo, del respeto hacia sus páginas editoriales, sobre todo de la generación de mis padres. Me volví importante a sus ojos, mucho más que como escritor de siete novelas, publicadas con editoriales buenas; Mi trabajo en Semana y Soho había pasado desapercibido; era como si me hubieran "nombrado en el puesto". Mi contratación la veo como una señal de que El Tiempo es menos arbitrario de lo que la gente piensa, me han dado carta blanca y nunca, ni para bien ni para mal, se han metido conmigo.

Carolina Sanín (36). Columnista de El Espectador hace un año. Doctora en Literatura de Yale University
"Sigo contratada en la Universidad de Nueva York, regresé porque llevaba mucho tiempo afuera. Escribí una novela Todo en otra parte, publicada por Seix Barral en 2005. Comencé en Semana.com con una columna ocasional. A El Espectador me invitaron el Director y Sara Araújo, para una semanal de libros y una quincenal de cualquier tema, pero sentí que era demasiado. Me retiré de la de libros. Salía los sábados y me ascendieron a los domingos. Me gusta poner referencias autobiográficas en la columna. Me hizo mucha ilusión llegar al diario, aun cuando en Semana estaba muy bien, con una ventaja: los textos no tienen extensión. Las columnas que más me han gustado son El Salado y el Reinado de belleza. Varias me dejan como desabrida. Hago una pequeña investigación si no estoy muy segura. Para la que escribí de José Obdulio Gaviria me leía todas sus columnas (200). Mis temas son más de reflexión que de investigación. Leo los comentarios, me da curiosidad ver las reacciones de las personas ante lo que opino. Estoy en los medios, pero lo que más me interesa es la literatura".

Nicolás Morales (40) Tres años en Arcadia
Columna polémica, en negativo, fuerte, maneja la ironía, siempre en clave cultural. La que más heridas causó: el Rómulo Gallegos a William Ospina. Sostenía que no era un premio interesante. "Me calificaron de amargado, que no hablaba bien de nadie, que atacar a Ospina era el colmo. No profundicé en su escritura sino en el significado del premio, complicado por las circunstancias en que se dio: primaron condiciones distintas a las literarias. Llegaron muchas cartas a Arcadia y me generó rechazo social. En los cócteles me increpaban por criticar al maestro. Un grupo reducido me dijo que chévere, porque nadie le había dicho a Ospina lo mucho que nos aburrimos con sus columnas. No me arrepiento, pero si la volviera a escribir, utilizaría un tono menos hiriente con la persona y haría un análisis más profundo de la obra. Me gusta la acidez de Mauricio Pombo, admiro a Alejandro Gaviria y a Óscar Collazos y, en general, a quienes escriben desde el desencanto".

Felipe Restrepo (31). Un año en El Espectador
"Comencé en Cambio como redactor de espectáculos y después me encargaron culturales de Semana. Fui editor, junto a Eduardo Arias y Luis Fernando Afanador, del suplemento Semana Libros. En 2005 publiqué mi primer libro: Retrato de una pesadilla, biografía del pintor inglés Francis Bacon. Los editores de El Espectador leyeron algunos de mis trabajos y me contactaron. Mandé ideas, me propusieron una columna esporádica. Cada vez que veo mis columnas impresas me sorprendo por estar en las páginas de opinión de un diario prestigioso y al lado de los columnistas más experimentados del país. No tengo columnas favoritas, pero me han comentado la primera que publiqué, sobre el futuro de los medios impresos. También una de la violencia en las redes sociales y otra sobre Andrés Felipe Arias, que me desagradó mucho escribir, pero sentí que era un deber.

"Disfruto los temas que pasan desapercibidos en medio de la agenda política y de seguridad. Sin embargo, estamos en un momento en el que es necesario opinar sobre las cosas siniestras que ocurren en política.
"Leo los comentarios que me hacen. Me asombra la violencia de los lectores. Muy pocos discuten las ideas: la mayoría sólo ataca no insultan desde la comodidad del anonimato".

Catalina Ruiz Navarro(26). Año y medio en El Espectador.com
Fui directora del periódico El Universitario. Me enamoré de la profesión porque podía juntar mis dos carreras. En un concurso patrocinado por la Alcaldía de Bogotá, Un libro abierto, presentamos con Daniel Pacheco el proyecto de Hoja Blanca y fue uno de los 30 premios. Ahora estoy empeñada en sacar adelante un blog de columnas, Publicar sin palanca. A la gente que quiera escribir y que no conozca a nadie nosotros le damos orientación. Así comencé, abrí un blog y me dediqué a escribir una columna semanal. La mandaba primero al periódico y me publicaron en cartas al lector, luego pasé a la edición impresa y por el recorte me pasaron a la edición on line. La columna que más me ha gustado es Carta abierta a las hijas del Procurador. Escribí un artículo sobre condones en Soho y lo menos que me dijeron era puta; y eso que sólo buscaba promocionar el sexo seguro y monógamo. Si un tipo lo hubiera hecho a lo mejor le dicen que era irreverente y nada más".

Daniel Pacheco (28).  Dos años en El Espectador
"Comencé enviando algunas propuestas y mi publicación Hoja en Blanco; me probaron y, después, me firmaron. Las columnas antiuribistas son las que más gustan. Una de las que más alboroto causó, entre irónica y mamagallista, sostenía que los uribistas son brutos. Otra tenía utilidad práctica: movilizar gente para manifestarse en pro de la despenalización de la dosis mínima, la titulé Porte su dosis de personalidad. Tuvo repercusiones, no sé si por la doble moral con que se trata el tema, porque hasta los columnistas más liberales lo abordan sin involucrarse, como si se tratara de otra gente la que consume, lo que no vale porque ellos meten también. Fue muy grato recibir el apoyo de Héctor Abad, Alfredo Molano y Antonio Caballero en sus columnas, refiriéndose a mi reflexión, militancia y confesión.

"En El Espectador tengo libertad total. Uno se puede meter en problemas, el periódico le deja tomar riesgos. Me doy la licencia de usar lenguaje desabrochado y experimento tanto en la forma como en el fondo. Un error de los columnistas jóvenes es creerse que son grandes y saben de todo, perdiendo su frescura e inocencia. Escribir bien es un reto grande y decir cosas interesantes en 500 palabras no es fácil. Entiendo mi columna como un pantallazo para hacer otras cosas, como manejar el activismo por las causas en las que creo".

Juan Esteban Constaín (30). Cuatro meses en El Tiempo
"Comencé con una columna de historia en El Espectador, después de haber escrito un libro de relatos y una novela, editados por Planeta. Roberto Pombo me propuso ser columnista quincenal. Cuando uno se dedica a la historia y sobre todo a la literatura, es clarísimo que las columnas le permiten tener el músculo de la escritura caliente, una manera de mantenerse en forma. Es un honor ocupar el espacio de magníficos escritores que han sido grandes columnistas de El Tiempo.

"Soy espontáneo y me había hecho el propósito de escribir los textos con tiempo e investigando bien, pero me encontré con lo de siempre: en la víspera estaba sin tema y al llegar el límite del plazo tenía que improvisar. Aunque mis columnas no son piezas investigativas ni informativas sino literarias, siempre pienso que faltó algo, se trata de problemas insubsanables de la escritura. La columna que más me ha gustado es Un bel morir, sobre el síndrome de los papas de hijos pequeños, que nos volvemos en extremo sensibles a la posibilidad de perder la vida y pensamos dos veces cualquier riesgo. La escritura de un texto es un esfuerzo incompleto o, en el peor de los casos fallido. Por eso siempre tengo la sensación de que hubiera podido ser mejor, pero como el papel periódico es lo más efímero que hay, esas nostalgias y remordimientos duran máximo 20 horas porque existe la posibilidad de reivindicarse en el repechaje, en la próxima columna. No me parece de gran valor el diálogo con los lectores, sobre todo en estos tiempos de ensañamiento y polarización y en ese escenario se ventilan pasiones muy bajas que no me interesan en absoluto, que no quiero saber ni conocer".


Por Myriam Bautista