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El Papa y la pederastia

La ola de pederastia dentro de la Iglesia Católica, que se destapó hace algunos años, no cesa de crecer, hasta el punto de que el sábado pasado el Papa tuvo que enfrentarla con una carta a los irlandeses que pretende apaciguar al menos los casos más recientes. En ella, Benedicto XVI no atribuye responsabilidad al Vaticano por su silencio ni impone sanciones, pero expresa "vergüenza y arrepentimiento" en nombre de la institución que encabeza y reconoce a los feligreses que "su confianza ha sido traicionada y violada su dignidad".

Las noticias sobre casos de pederastia se asemejan a las muñecas rusas que están unas dentro de otras, pero al revés: a cada escándalo lo sucede uno mayor. Poco después de conocerse la detención de un religioso español en Chile por cometer y grabar abusos sexuales con alumnos suyos, Alemania se estremeció por las revelaciones sobre tratamiento violento y abusos en los que incurrieron hace varios años más de 150 sacerdotes. Y no bien el Vaticano se pronunció sobre esta información -que en el capítulo de maltratos incluye a un hermano del Papa-, estalló en la poderosa comunidad católica de Irlanda la bomba de un cardenal que fue incapaz de controlar a los clérigos pederastas. Aunque este es el más vivo escándalo que salpica ahora a la Iglesia, no es el último en el tortuoso mundo del abuso de menores: en España acaba de descubrirse una secta erótico-deportiva que abusaba de los pequeños alumnos de una academia de karate.

El episodio de Alemania se refiere a algo más que sexo. Uno de los denunciantes tardíos (muchos de estos casos sólo salen a la luz cuando la víctima se convierte en un adulto consciente de sus derechos) señala que en ciertos colegios católicos imperaba un reino del terror. Entre las instituciones que padecieron violencia contra los niños figura el coro de la catedral de Regensburg, que dirigió durante largo tiempo el padre George Ratzinger, hermano del Santo Padre. Avergonzado, Ratzinger reconoce haber abofeteado a algunos de los párvulos, pero niega haber sabido de los abusos sexuales cuyas denuncias se multiplican ahora.

La situación de su beatísimo hermano es distinta. Se lo acusa de que, siendo arzobispo de Múnich entre 1977 y 1982, y más tarde miembro de la Congregación para la Doctrina de la Fe en el Vaticano, optó por silenciar y manejar con hermética reserva los casos de pederastia. Muchos clérigos que habían protagonizado abusos a menores fueron trasladados a otras diócesis o sometidos a tratamientos psiquiátricos, pero no se informaba a las autoridades sobre su delito.

El Ministro de Justicia alemán acusa a la Iglesia de haber tendido "un muro de silencio" que obstaculizó numerosos procesos contra los curas acusados. La política de barrer hacia adentro, que se aplicó también en Estados Unidos -y, según recientes denuncias, en Austria y Holanda-, protegió a los sacerdotes criminales y permitió que muchos de ellos repitieran sus nefandas experiencias en diversas parroquias. Al final costó a la Iglesia un desprestigio que no cesa e indemnizaciones multimillonarias a favor de las víctimas.

El Vaticano ha procurado ser ahora más abierto: informar a las autoridades todo episodio de pederastia, reconocer abiertamente sus fallas al respecto y ofrecer mea culpas. De hecho, el cardenal irlandés Sean Brady pidió perdón a su feligresía en un emotivo discurso el miércoles pasado, día del patrono San Patricio. No sería extraño que Brady renunciara a su importante dignidad eclesiástica, sobre todo después de la carta del Papa.

Bien hace, pues, la Iglesia en no esconder sus pecados, pero hará mejor tomando medidas ejemplares, replanteándose los peligros del celibato y reparando a las víctimas cuando sea el caso.

editorial@eltiempo.com.co

Publicación
eltiempo.com
Sección
Editorial - opinión
Fecha de publicación
21 de marzo de 2010
Autor

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