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El fin del mundo

Aún no nos hemos recuperado del drama sufrido en Haití por el sismo del pasado mes de enero, que cuenta hasta la fecha con un saldo de 200.000 muertos, cuando una nueva desgracia se produce en Chile con un terremoto de 8,8 grados y un saldo parcial de 1.000 víctimas, más los heridos y damnificados. ¿Qué está sucediendo? ¿Se trata de un castigo de Dios o es que la naturaleza está pasando factura por el deterioro del medio ambiente o es simplemente una coincidencia?

Hace dos mil años sucedió otra desgracia y le preguntaron a Jesús ¿por qué sucedió eso? Les contestó: "Aquellos dieciocho que murieron aplastados por la torre Siloé, ¿piensan acaso que eran más culpables que todos los demás habitantes de Jerusalén? Ciertamente que no; y si ustedes no se arrepienten, perecerán de manera semejante". (Lc. 13,4)

Atribuir a Dios los efectos de un terremoto, un 'tsunami' y cualquier otro desorden en el comportamiento de la naturaleza sería un error porque Dios no actúa de forma mecanicista, es decir, influyendo arbitrariamente sobre las leyes que rigen cada uno de los procesos  naturales. Dentro del plan de Dios está el que haya volcanes en erupción, que se formen torbellinos o que la temperatura global de la Tierra se eleve o disminuya por efecto de la irradiación del Sol.

¿Le podemos echar la culpa a esta generación que sigue contaminando el medio ambiente y que aún no logra una conciencia del cuidado que debemos tener de la naturaleza? Personalmente no sería tan primario en emitir una acusación porque sí se le está dando cada vez más importancia a la naturaleza como reflejo del amor de Dios que todo lo hizo bueno pensando en el hombre, aunque la ecología actual necesita una buena sanación, pues carece de una adecuada orientación antropológica en sus principios.

La advertencia de Jesús va orientada a una llamada a la conversión de los que no han sufrido ningún daño. Ni los pecados ocasionan maremotos, ni están exentos de conversión los que no sufren ningún tipo de enfermedad o desgracia. En casi todas las religiones hay un principio que reconoce que el crecimiento espiritual pasa a través del sufrimiento. Las tragedias son oportunidades para ser solidarios y ejercitarnos en la misericordia. La cuaresma es tiempo para purificarnos a través del sacramento de la confesión y las obras de misericordia. Paradójicamente para el creyente, el dolor y la cruz son fuentes de consuelo y esperanza. Pidamos por el alma de los difuntos y hagamos un esfuerzo por ser solidarios con los damnificados, para que vivan esta paradoja de la fe y nosotros convertirnos a Dios, Padre de las misericordias.

 jmotaolaurruchi@legionaries.org

Publicación
eltiempo.com
Sección
Editorial - opinión
Fecha de publicación
6 de marzo de 2010
Autor
José Manuel Otaolaurruchi, L.C.

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