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Rivales y amigos

Al cumplirse medio siglo de la muerte de Albert Camus, el poeta Eduardo Escobar evoca la extraña relación entre el autor de El extranjero y La peste con Jean-Paul Sartre.

 Jean Paul Sartre se mantuvo en el centro de las grandes disensiones del siglo XX. En las manifestaciones de la izquierda, controvirtiendo todo con un vigor y un rigor rayanos en la neurosis, según la expresión de su amante eterna, Simone de Beauvoir. El filósofo francés llegó a ser tan popular como un boxeador o un actor.

Aunque no fuera por El ser y la nada, o La crítica de la razón dialéctica sino por su persistencia en las luchas callejeras de la posguerra, Sartre tuvo mucho de estrella de la farándula. Y él disfrutó el papel de testigo irremplazable de un mundo espinoso: el de las últimas guerras coloniales, De Gaulle, la independencia de Argelia, y las turbulencias que infectaron la sociedad desde las estepas rusas. Y fue enterrado en consecuencia como un héroe, aunque había querido un funeral más sencillo acompañado por sus amigos y por los jóvenes maoístas que apoyaba con su prestigio. Alguien dijo que sus funerales habían sido la última manifestación de Mayo del 68, en una comparación que habla del fin de un ciclo histórico de rebeliones con causa, y sin causa.

Pero junto a Sartre es inevitable otra figura esencial del siglo XX: Albert Camus, igual de apasionado aunque de figuración más discreta porque también fue más modesto en sus pretensiones como hombre y artista. Fue uno de sus mejores amigos hasta cuando la amistad de diez años se resquebrajó en las urgencias de la política, en la defensa de los desvalidos del mundo que ambos asumieron, y en la esperanza contradicha por los resultados del gran laboratorio social de la Rusia soviética. Esta fue la discrepancia principal que propició el divorcio de los dos camaradas después de una polémica que el mundo siguió con atención como si fuera un campeonato.

La postura de Sartre ante el Gulag estalinista; su actitud complaciente ante las lacras del comunismo por una hipotética fidelidad a la revolución, justificado en la eficacia política y en el odio a la burguesía a la que perteneció, a la postre resultaron inaceptables para Camus. Y los ensayos de éste sobre el hombre rebelde y el fracaso de la violencia que acaba por traicionar los proyectos liberadores de la revolución en totalitarismos metafísicos, provocaron a su vez la reacción de Sartre y su cuadrilla, para ponerlo en términos taurinos.

Cuando murió Camus, antes de cumplir 50 años y en plena producción -"mi obra apenas comienza", había dicho-, no dejó a Sartre más remedio que envejecer sin una oposición que lo acicateaba y honraba. Hiperactivo, siempre en las trincheras de la vanguardia intelectual, repartiendo al final de su vida en ruinas los periódicos de los maoístas, la muerte acogió a Sartre en una trágica decadencia, hecho un anciano prematuro, atiborrado de drogas siquiátricas para mantenerse despierto y cumplir la tarea histórica que se impuso desde la juventud. Dueño de un altísimo concepto de sí mismo ("jamás encontré un hombre que se me igualara"), al final debió decir: "me tratan como a un muerto que tiene el inconveniente de expresarse".

Su vida resumió el desgarramiento del espíritu de su tiempo. El burgués alineado con los condenados de la tierra quiso vertebrar en un solo cuerpo teórico la soledad y la angustia existencial, sustentadas en sus lecciones con Heidegger y el marxismo. Y no es fácil vivir bajo la conjunción de soles tan opuestos y empeñarse en meterlos en una sola constelación.

En sus recuerdos Simone de Beauvoir dejó una imagen mezquina de Sartre a pesar del amor que le profesó. El hombre sin trascendencia, despojado de los consuelos de la religión, aspiraba a la permanencia en el recuerdo de los hombres, a la Gloria, aunque jamás osó nombrar el monstruo con esa palabra superlativa. Y consiguió ser elevado a la altura del intelectual paradigmático del siglo. Sin embargo el pensamiento de Camus, un hombre enfermizo, con una personalidad quizá menos atractiva, nacido en la pobreza, en Argelia, de una mujer impedida que no sabía leer y pensaba que la reina de Inglaterra era triste, prevalece mientras la obra de Sartre pierde brillo y poder, y evidencia con el tiempo amargas inconsistencias.

No solo por su posición frente a los crímenes del comunismo y por su premonición de que la independencia de su patria argelina acabaría en desastre, Camus triunfa hoy sobre el atareado Sartre que redujo su vida a los tormentos del contradictor profesional.

Al conocer la noticia del Premio Nobel de Camus en 1957, Sartre dijo con ironía: "lo merece". Camus afirmó que Malraux hubiera sido más digno de recibirlo, y lo aceptó con un discurso conmovedor por su lucidez y su humildad.  Sartre, agraciado con la distinción siete años más tarde, en 1964, altivo como siempre, renunció al galardón argumentando que los lazos de un hombre con la cultura deben desarrollarse al margen de las instituciones. Yo sospecho que la renuncia obedeció a su afición por los grandes gestos, a la autotestima hipertrofiada, al altísimo concepto que tenía de sí mismo: "todos los honores son inferiores a mí", dijo.

La conmemoración del cincuentenario de su muerte en un accidente automovilístico devuelve a Camus una vigencia inesperada que Sartre, muerto en 1980, ya perdió. Sus novelas aún se leen con gusto, mientras las de Sartre, con excepción de La náusea, escrita al comienzo de su notoriedad, cuando experimentaba con mescalina y agitaba las ideas del existencialismo cuyos fieles se reunían en torno suyo en los cafés de París, ahora son tan ilegibles como sus textos políticos llenos de pretensiones, escritos desde las categorías de un marxismo hoy superado y plagados de afirmaciones radicales. Por ejemplo, que todos los anticomunistas son unos perros, y que Renault es el fascismo.

La voz de Camus, su crítica de la violencia, su repudio del terror aunque sea por motivos altruistas, parecen más actuales y urgentes ahora que en los años de la disputa con Sartre. Camus es un escritor necesario al que es bueno volver.

La disputa entre ambos realizó el enfrentamiento entre la arrogancia de la academia (Sartre disfrutaba recalcando la falta de preparación filosófica de Camus) y los sentimientos del hombre común que padece los espejismos de las utopías. Aunque la chismografía de los amigos comunes atestiguó otras razones para explicar la separación, atribuida por unos a la molestia de Sartre por la negativa de Camus a dejarse contar entre los acólitos del existencialismo aunque coincidía con sus preocupaciones. O apelan a un supuesto desdén de Camus ante el asedio amoroso de la voraz amante de Sartre. O al resquemor de Sartre por los éxitos de su querido adversario intelectual con las mujeres bellas. Simone de Beauvoir, en una de las conversaciones de La Ceremonia del adiós, recuento penoso de los últimos años de su compañero, evoca un problema de faldas. Importa poco. Ambos permanecerán unidos para siempre más allá de los reinos de la filosofía, o la política, en la preocupación por el estilo, esa cosa tan rara, según Sartre. Dignos representantes de la Francia de Flaubert que valoró tanto las formas, solían sacarse en cara sus tropiezos y sus descuidos como prosistas.

En el discurso de recepción del Nobel, Camus declaró que los escritores no pueden ponerse al servicio de los que hacen historia sino al servicio de quienes la sufren. Y no pueden darse el lujo de mentir respecto de lo que se sabe. Alusión velada a Sartre que admitía que existen crímenes buenos y crímenes malos, y diferenciaba entre la tiranía burguesa y la tiranía del proletariado. Para Camus, más lúcido y menos impedido por los prejuicios de su tiempo, lo absurdo es que un hombre que mata una vez deba pagar con su vida mientras el que mata mil veces es recompensado con honores. Camus se apartó de los comunistas para no ser cómplice de sus violencias, que sumaban sufrimientos inútiles al mundo arrumando fracasos sobre un proyecto de apariencia bondadosa. Y en el modesto papel que asumió prefirió ser creador a ser juez, un luchador contra el instinto de muerte que agitó el siglo XX, dijo, en recuerdo de sus breves y libres momentos de felicidad, y en la esperanza de volverlos a vivir. Le sobraba lo que a Sartre le faltó: la ternura. Y esto lo hace superior en un mundo desalmado.

Olvidaba notar una incongruencia en la inteligencia de Camus: le gustaba el fútbol.

Por Eduardo Escobar

Publicación
eltiempo.com
Sección
Cultura y entretenimiento
Fecha de publicación
22 de febrero de 2010
Autor

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