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Uno de los capturados en la 'Operación Fronteras' habló con EL TIEMPO sobre los viajes de la mafia

Casi seis años de vuelos ilegales se acabaron para 'Jerónimo' el pasado lunes, cuando se convirtió en uno de los ocho aviadores capturados en la operación.

EL TIEMPO logró hablar con él y, con las investigaciones de la Policía Nacional, reconstruir cómo operaba el llamado 'cartel de los pilotos', acusado de llevar toneladas de cocaína colombiana hacia Centroamérica, rumbo a México y E.U.

"Mi vuelo de prueba lo hice en medio de una tormenta, aterrizando en la pista destapada de Puerto Alvira (Meta). Ese día el destino me midió el aceite y me quedé trabajando en esto".

Como varios de sus compañeros, 'Jerónimo' estuvo apadrinado por narcos. En su caso, el curso lo pagó directamente Daniel 'el Loco' Barrera, uno de los capos más buscados del país, y por eso terminó tomando la instrucción de piloto en una reconocida escuela y después se enganchó con una agencia aérea en Villavicencio para hacer reemplazos. "Eran solo para practicar", recuerda.

"Lo conocía (a Barrera) por unos amigos de parranda que tenían negocios con él y necesitaba alguien de confianza que le sacara mercancía de los Llanos. Así que él me daba las alas y yo le devolvía el favor cuidándole la 'harina'", asegura este hombre que no llega a los 30 años.

En marzo del 2004, dice el piloto, 'el Loco' Barrera le avisó a través de un contacto que las Farc habían autorizado el aterrizaje en la pista de Puerto Alvira. Dos meses después vino la primera prueba: de esa misma pista del Meta tuvo que volar hasta una finca de Hato Nuevo (Vichada), en la frontera con Venezuela, con 500 kilos de cocaína. "Ese fue el primer viaje con 'harina' a nivel nacional -afirma- Después vinieron contactos pesados. Era entrar en las grandes ligas, porque ellos pueden producir y procesar la coca, pero saben que sin nosotros no llega a donde toca".

Esos viajes tienen un nombre en el gremio: los llaman el 'sueño blanco', porque blanca es la carga y si tienen éxito regresan a casa hasta con mil millones de pesos. 'Jerónimo' trabajó un tiempo solo, pero un conocido lo contactó con la gente de Wilber Varela, 'Jabón', para llevar una carga a Nicaragua. Allí empezó su 'ruta' internacional y su rol en el cartel desmantelado esta semana por la Policía. Ahora lo espera una cárcel en E.U.

Abandonar el avión

El negocio se cerró en un popular local de Bogotá, donde acostumbran a reunirse pilotos aficionados. Allí conoció a Mario Fernando Gómez alias 'Kamikaze', el 'piloto de pilotos'. Según 'Jerónimo' y la propia Policía, este hombre era el consentido de la mafia. Su apodo se lo debe a los osados aterrizajes que hizo en pistas o carreteras de Honduras, en trayectorias de menos de 900 metros.

"Ahí aprendí que para llevar un cargamento se cobraba el 50 por ciento antes de arrancar y el otro 50 con la mercancía puesta en Centroamérica", dice. Esto para dejar asegurada a la familia en caso de que el aparato se estrelle o "la vuelta se caiga". Cada piloto cobra según su pericia, entre 360 mil y 500 mil dólares, dependiendo del riesgo y el destino. Otros del cartel fueron contactados directamente en aeropuertos regionales o recomendados por colegas.

A finales del 2005, dice 'Jerónimo' salió de la frontera con Venezuela en una Cessna, con dos canecas extra de gasolina, decenas de paquetes de coca forrados con polietileno, un joven de Villavicencio como copiloto y el pasaporte en el bolsillo. Nicaragua era el primer destino y no había que pilotear de vuelta: "Sonaba muy loco, pero regresaríamos en un vuelo comercial".

La instrucción del vuelo solo la recibió cuando subieron la droga a la avioneta: no había dónde aterrizar, así que los paquetes se botarían desde el aire al mar, en Puerto Cabezas, sobre el Atlántico. Unas millas más adelante, en Honduras, sobre una vieja carretera que parecía salir del océano, tenían que dejar la avioneta abandonada y regresar por tierra hasta Panamá. Ahí podían conseguir los tiquetes de regreso a Colombia.

La demanda llegó a ser tan alta, que se organizaron con 'Kamikaze' a la cabeza, para atender los pedidos de sus clientes y recomendaron a nuevos pilotos. Todo bajo la palabra de honor de la discreción absoluta, en la que nadie confiaba: "Muchos de los que contactamos se hicieron solo un viaje para asegurar una casa, pero resultó siendo un riesgo por el temor a las delaciones y terminaron muertos".

Según las autoridades las peripecias de los pilotos cobraron varias vidas de civiles en Honduras. Transitar por una carretera rural se convirtió en un riesgo inminente de terminar aplastado por una aeronave. "No todos los vuelos fueron exitosos. Muchos se mataron". Eso les pasó a dos pilotos hace un año, en Guatemala. La gasolina se les acabó y no alcanzaron a aterrizar en Petén. Se estrellaron con 1.500 kilos de cocaína a bordo.

'Kamikaze, el piloto de pilotos'

'Kamikaze', uno de los pilotos detenidos, es señalado por las autoridades como el jefe del cartel de los pilotos. Él se entendía directamente con los narcos mexicanos del cartel de Sinaloa a través de Patricia Rodríguez, también capturada.

Él fue uno de los que abrieron la 'ruta a Honda' (Honduras) y sus instrucciones se seguían al pie de la letra, como volar bajo para evitar radares y los equipos que interceptan comunicaciones. Precisamente, fue 'Kamikaze' quien ubicó una ruta en Honduras, de poco control y con una carretera solitaria perfecta para aterrizar. Lo propio hizo en Petén (Guatemala) donde más de veinte aeronaves hacen parte del cementerio de aviones de los narcos.

Una interceptación de la Policía lo dejó al descubierto el año pasado: "Tengo un problema -le dijo una mujer que estaba en Medellín-. La 'harina' está lista, pero la cancha (pista) tiene solo 900 metros". Sin titubear, 'Kamikaze' respondió: "Yo la meto".

Las huellas del cartel en las pistas del país

El apellido Moya Buitrago es protagonista de dos 'estrellas negras' en la historia de la aviación civil colombiana.

Esta semana, la Policía capturó en la operación 'Fronteras' a Julio Hernando Moya Buitrago, controlador que supuestamente adulteraba planes de vuelo para facilitar vuelos ilegales y el ingreso de aeronaves con matrículas falsificadas. Y hace cuatro años, en el aeropuerto Eldorado de Bogotá, había sido su hermano, Juan Carlos Moya, protagonista de una de las emergencias aéreas más graves en la capital. También como controlador, supuestamente dirigió la salida de una avioneta que, literalmente, se fue de frente contra un avión de AeroRepública. La pericia del piloto de este último evitó lo que podía haber sido una tragedia con cerca de 140 pasajeros.

Aunque no se supo la suerte de esa avioneta, hoy las autoridades están convencidas que era una aeronave más de la mafia. Juan Carlos Moya fue retirado del cargo e investigado.

Relevos de toda la Policía

Luis Guillermo Valencia, capturado en la misma acción, había sido jefe de operaciones en el aeropuerto José María Córdoba de Rionegro.

Según las autoridades, la Policía aeroportuaria de esa terminal aérea ha sido removida en su totalidad en dos oportunidades en los últimos cuatro años. El 'récord' solo es superado por la terminal de Cartago (Valle), donde van tres relevos totales en los mismos dos años.

Los análisis de la Policía y la misma Aerocivil también revelan problemas en los aeropuertos Olaya Herrera, de Medellín, y en el de Popayán, donde el año pasado aterrizó, con aparente complicidad, una avioneta que llevaba 700 kilos de cocaína. Y hace dos años fue utilizada una ambulancia de la Aerocivil para llevar cocaína a una avioneta.

Por hechos como estos hay siete investigaciones contra 19 personas. Y por desaparición de aeronaves, hecho que las autoridades relacionan directamente con narcotráfico, hay cuatro investigaciones. Muchos de esos aviones terminan abandonados e incinerados en Centroamérica.

Fernando Sanclemente, director de la Aerocivil, destaca que los funcionarios cuestionados son una mínima parte frente a 2.700 funcionarios empleados, 519 de los cuales son controladores aéreos.

Aerocivil está tomando medidas para tener mayor transparencia. Entre ellas está el bloqueo de comunicaciones que generen celulares o Avanteles tanto en las torres como en los centros de control. Así, todas las instrucciones quedan registradas. El ingreso a los puestos se está haciendo con sistema biométrico; es decir, con registro de huella.

Se está renovando el 60 por ciento del sistema de radares. Una de las prioridades es el aeropuerto Vanguardia, de Villavicencio, desde donde se mueven naves que cubren casi medio país; allí había un radar de más de 30 años.
jinbed@eltiempo.com.co

JINETH BEDOYA LIMA
SUBEDITORA DE JUSTICIA

Publicación
eltiempo.com
Sección
Justicia
Fecha de publicación
13 de febrero de 2010
Autor

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