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Lo que cuenta 'Invictus', lo que enseña Mandela

En un episodio de la película Invictus, Matt Damon, en el papel de Francois Pienaar, visita la estrecha celda en que Nelson Mandela pasó 18 años preso. Sólo hay espacio para un camastro y en lo alto una ventanita para mirar la soledad que se despliega en los alrededores del penal. Es la isla donde el líder surafricano pagó la mayor parte de la condena que le impuso el régimen del apartheid.
Pienaar se pregunta cómo un hombre que sufrió semejante afrenta ha dispuesto su corazón para el perdón y su alma para la reconciliación. La cinta de Clint Eastwood teje una cadena de imágenes para explicar este misterio. Tal como John Carlin había hecho, palabra tras palabra, el libro que sirve de base al filme.
En la pantalla se entrelazan dos hazañas. Un hombre, Mandela, representado con maestría por Morgan Freeman, que es capaz de unir, alrededor de un equipo de rugby, a una de las naciones más divididas por el odio, más acosadas por la ignominia, más golpeadas por la injusticia, en toda la historia de la humanidad.
Un equipo, los Springboks, selección de Sudáfrica, capitaneado por Pienaar, símbolo de la minoría blanca, odiada hasta la saciedad por los negros, que, contra todos los pronósticos, gana la copa mundial en 1995 frente a la poderosa representación de Nueva Zelanda, después de haber sufrido una derrota tras otra en los preliminares del campeonato.
La fuerza que emanó de la unión del país arrastró al equipo a la victoria, y la pasión que generó un triunfo compartido, una victoria labrada con las voces de toda la nación, convocó por fin a la más profunda reconciliación. Fue una luminosa intuición de Mandela, que muy pocos de sus copartidarios comprendieron y aceptaron al principio.
Es un cuento de hadas. Poco tiene que envidiarle a la justicia poética de las grandes historias que deambulan en la literatura y el cine del mundo. Pero aquellas fueron imaginadas por hombres y mujeres para escapar de tristezas inevitables o para adornar aún más alegrías cotidianas, y esta es una historia verdadera, acaecida al final de un siglo pródigo en guerras y devastaciones.
Al salir de la sala de cine pensé en nuestro país y sentí una brutal pesadumbre. Me di cuenta de la enorme diferencia entre la actitud de Nelson Mandela y el sentimiento de la mayoría de las personas que tienen algún poder o liderazgo en Colombia. El milagro acá consiste en encontrar un hombre que olvide o perdone una agresión. La ofensa se empoza en la conciencia y se desborda con el tiempo en caudales de venganza.
Así, el más famoso de los líderes guerrilleros tenía en sus manos un memorial de agravios en el que sustentaba su alzamiento armado. El más notorio de los jefes paramilitares llevaba como emblema de su guerra el cadáver de su padre muerto en cautiverio. Y el más férreo de los mandatarios no se cansa de recordar que su progenitor murió en las manos azarosas de un grupo ilegal. Todos han atravesado la historia buscando resarcir su dolor produciendo una cuita mayor en su adversario.
Este conflicto se alimenta día a día de memorias vengativas. Cada quien tiene en el corazón un cuaderno abierto para anotar los vejámenes que lo acosan. Cada quien exhibe con orgullo algún momento en el que vindicó una ofensa y produjo un agravio mayor al que recibió.
Y la trama de nuestro enfrentamiento no se acerca ni de lejos a la terrible tragedia del racismo que ensangrentó durante siglos a Sudáfrica. El abismo que existió entre blancos y negros en esa nación adolorida excede miles de veces nuestras diferencias. Pero allá, en un extraño momento de la historia, surgió un líder y un grupo que quisieron doblar la página de las venganzas y emprendieron quizás la más grande hazaña de reconciliación del siglo XX.
lvalencia@nuevoarcoiris.org.co 

Publicación
eltiempo.com
Sección
Editorial - opinión
Fecha de publicación
9 de febrero de 2010
Autor
León Valencia

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