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Un toro para un consejo

Un consejo les daba el gran Juan Belmonte, inventor del toreo moderno, a lo toreros jóvenes: "Pídele a Dios que no te salga un toro bravo". Los aficionados bogotanos pudieron ver este domingo a las claras el por qué de esa advertencia: salió a la plaza un toro bravo, y el torero no pudo con él.

Y no porque fuera muy joven e inexperto. Era Sebastián Vargas, que tiene ya quince años de alternativa y un valor más que probado en todas las plazas de Colombia. Un torero hecho y derecho, valiente y capaz. Gracias a todo eso no lo desbordó el toro de Mondoñedo, el cuarto de la tarde. Pero un toro bravo es un toro bravo, y 'Bienvenido' estuvo en todo momento por encima del torero, como había estado por encima del caballo en la buena pelea que mantuvieron los dos. Era un toro con cara, bien hecho, aunque no grande: el volumen poco tiene que ver con la bravura.
De salida se había comido el capote en las rudas y resueltas verónicas de Vargas y en el quite de adorno, de dos valerosas chicuelinas demasiado violentas, como zurriagazos. Se lució el torero en el tercio de banderillas con sus piernas de atleta, y al salir del embroque el toro lo perseguía como un tornado. Un peón lo llamó a las tablas. Vargas lo citó desde el platillo del ruedo para iniciar su faena con un vibrante pase cambiado por la espalda, y el toro galopó como un relámpago para tomar la muleta. Y repitió de largo. Y repitió. Y repitió.

Sebastián Vargas le plantó cara con valentía, pero sin serenidad ni templanza. Muletazos engarrotados y duros, sin estirarse ni encontrar el sitio (salvo dos buenos, dulces, y uno largo de pecho). No es fácil torear un toro bravo, de esos que ni Belmonte quería que le salieran a él, ni a nadie. Pero son esos mismos los que quieren, en cambio, los aficionados y los espectadores de una plaza de toros. Y, por supuesto, el ganadero.

¿Por supuesto? Esto no es tan seguro. A los toreros, de Belmonte para bajo, no les gustan los toros bravos; y no es bueno para un ganadero que lo suyo no les guste a los toreros, y en particular a las figuras del toreo: que, aunque son los mejores -por eso son figuras-, son también quienes -por ser figuras- pueden imponer sus gustos. Y la bravura no les gusta la bravura incomoda. No es fácil de lidiar.

La gente en los tendidos -porque a la gente sí le gusta la emoción de la bravura- empezó a agitar pañuelos para pedir el indulto. Sebastián Vargas no dio tiempo para eso: se volcó sobre el toro en un estoconazo mortal, lleno de rabia por haberse visto él mismo sobrepasado por la bravura. Por eso los premios fueron justos: la vuelta al ruedo para el toro, y sólo una oreja para el torero.

En general, así fue la corrida: los toros de Mondoñedo estuvieron por encima de los toreros. Salvo el primero de Vargas, que fue manso, distraído, se paró pronto y se fue paso a paso, rajado, a la querencia de toriles. El primero de Uceda Leal también se paró pronto, pero había sido alegre y bien templado por el torero en elegantes lances de su vasto capote y buenos pases de su muleta panorámica, y tras la estocada tuvo una larga muerte de bravo con la boca cerrada. Su segundo (el quinto) tenía mucha cara pero ninguna clase, y en lugar de embestir pegaba cabezazos y arreones. Uceda le dio una lidia a machetazos. El primero de Matías Tejela salió molido de una vara demasiado fuerte, con lo cual no lo vimos. Y su segundo, el último de la tarde, sobrero, galopó de salida soltando sábanas de polvo de los lomos, como una tormenta de arena. Era un toro de muy bellas hechuras desde el rabo hasta el hocico, con cara, de capa castaña oscura, casi mulata, chorreada en verdugo (si me pongo a explicar esto se me va todo el espacio). Pero a Tejela no le gustó. Y no hizo nada. O bueno, sí: matarlo en cuanto pudo.

ANTONIO CABALLERO

Publicación
eltiempo.com
Sección
Bogotá
Fecha de publicación
8 de febrero de 2010
Autor

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