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Una sesión de locura

De locura resultó la conferencia del siquiatra José Luis Méndez sobre literatura y enfermedades mentales, en el marco del IV Carnaval de las Artes en Barranquilla.

Para empezar, Don Quijote, Hamlet y el Nabucodonosor de la Biblia fueron tres de sus pacientes históricos. El especialista reprodujo datos de su colega fallecido, el doctor Humberto Rosselli, al recordarnos que Epifanio Mejía, autor de la letra del Himno de Antioquia, residió buena parte de su existencia en la Casa de Locos de Medellín. Que Rafael Pombo mostraba "rarezas infantiles" como ponerse un cucurucho de papel en la cabeza o enfundarse una chaqueta azul con mangas rojas a la usanza militar. Que Candelario Obeso, el poeta negro de Mompox, se pegó un tiro por culpa, dicen, de un amor desgraciado y que Raúl Gómez Jattin se lanzó a un bus de línea en Cartagena, después de llevar una vida atormentada por la locura.

"Estoy segura de que me vuelvo loca de nuevo. Creo que no puedo pasar por otra de esas espantosas temporadas. Esta vez no voy a recuperarme. Empiezo a oír voces y no logro concentrarme. Así que estoy haciendo lo que me parece mejor", escribió Virginia Woolf antes de llenar su abrigo de piedras y lanzarse al río Ouse.

"El corazón aspira al revólver, el cuello sueña con la navaja", escribiría Maiacovsky antes de resolver la duda con un tiro al corazón. Desesperados, varios escritores han encontrado diversas maneras de matarse. Yukio Mishima abrió su vientre al seppuku, Ernest Hemingway se voló los sesos con una escopeta de dos cañones, Malcolm Lowry se echó al estómago todos los estupefacientes que halló a mano, tras una crisis alcohólica.

Algunos fraguan su muerte de modo aparatoso. A caballo, el griego Pericles Yanópulos galopó al mar y cuando no pudo avanzar más, se disparó a la cabeza con un revólver. Su compatriota Kostas Karyotakis reventó su corazón a tiro bajo un viejo eucalipto, luego de intentar ahogarse. "Durante diez horas estuve peleando con las olas -escribiría en una nota previa-. Tragué una enorme cantidad de agua y, sin saber cómo, subí una y otra vez a la superficie. Algún día, si puedo, escribiré las sensaciones de un ahogado".

El resultado de numerosas pruebas arroja que los escritores son más propensos a las enfermedades mentales, sobre todo a trastornos afectivos bipolares. El doctor Félix Post, del Maudsley Hospital de Londres, relacionó en 1994, por ejemplo, la creatividad y la psicopatología estudiando la vida de 291 hombres famosos. Post encontró que el 72 por ciento de los narradores había sufrido depresiones, una niñez desdichada, enfermedades debilitantes como la tuberculosis, problemas sexuales, maritales y alcoholismo.

"Un relato corto puede escribirse desde el fondo de una botella -habría dicho Scott Fitzgerald cuando escribió El gran Gatsby- pero una novela requiere de una claridad mental que mantenga todo el esquema en la cabeza". Él mismo demostró su aserto. Alcoholizado, no pudo asumir jamás otra obra de largo aliento.

Raúl Gómez Jattin era un convencido de que la droga alimentaba su poesía. García Márquez fortaleció aquella convicción cuando le dijo: "¡Si te curan de la locura, te joden!".

El doctor José Luis Méndez sostiene, sin embargo, que el trabajo creativo, además de inspiración, supone un elevado monto de transpiración en las mejores condiciones. "Dudo que buenas novelas se hayan escrito bajo la influencia de las drogas o la locura".

De pronto es más viable para la locura construir poemas. Quién sabe. Dante Alighieri escribió "trabado" su Divina Comedia y paró de contar.

"Habría que ver si los artistas son más creativos en las crisis o cuando estas les dan un respiro, bien por el curso natural de la enfermedad o por el éxito de algún tratamiento", adelantó el doctor Méndez.

El tema es fascinante. El doctor Méndez tendrá una segunda sesión de locura, literatura y siquiatría, el año que viene, en el V Carnaval de las Artes.

Publicación
eltiempo.com
Sección
Editorial - opinión
Fecha de publicación
31 de enero de 2010
Autor
Heriberto Fiorillo

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