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Aniversario de la toma de la embajada dominicana

En 1980, el M19 asaltó la Embajada de República Dominicana en Bogotá. La investigadora social María Eugenia Vásquez era entonces 'Emilia', integrante del grupo que realizó la toma.

 El asalto del M-19 a la Embajada de República Dominicana fue mi primer combate y el último de Carlos Arturo Sandoval, el más joven del comando que ejecutó la toma, integrado por 10 hombres y 6 mujeres. Camilo era su nombre de guerra, y fue el único muerto de la operación que denominamos Democracia y Libertad.

En la Colombia de los años 80 esas dos palabras animaban los debates políticos sobre los modelos de gobierno y desarrollo, quizá porque muy cerca, en Nicaragua, los sandinistas intentaban consolidar su recién lograda revolución, y en El Salvador la lucha insurreccional ganaba terreno. Aquí, el laberinto social se expresaba de múltiples formas, el conflicto armado se mantenía y actuaban por lo menos siete grupos guerrilleros. El Establecimiento respondía reprimiendo protestas y encarcelando líderes, intelectuales de izquierda, disidentes, sospechosos, e inocentes. En ese contexto se planeó la toma de la Embajada.

El objetivo del operativo era cuestionar el sentido de la democracia colombiana. Ampliar al ámbito internacional las denuncias que ya conocía el país sobre las violaciones a los derechos humanos de las personas detenidas por razones políticas; rechazar la competencia de la justicia penal militar para juzgar civiles y exigir la liberación de más de 300 detenidos.

Han pasado 30 años y todavía imágenes del pasado se superponen al paisaje actual, cada vez que paso por la carrera 30 con calle 47. Primer flash: en la esquina del costado sur la cafetería Belalcázar, los escoltas agrupados afuera, el cuadrado de césped entre la calzada y la puerta de entrada a la Embajada, los carros diplomáticos parqueados. Segundo flash: Camilo sonriente choca su frente con la mía y me pregunta "¿lista?". Por el sur se acercan lentamente dos parejas de compañeros que simulan ser invitados a la recepción. Tercer flash: las parejas alcanzan la puerta. Es la señal convenida para dar inicio a la acción. Los cuatro comandos nos lanzamos hacia la entrada. Han cerrado la puerta. Me doy vuelta, y en tiempo de cámara lenta, veo a los escoltas tendidos en el piso disparando hacia nosotros. Escucho el zumbido de las balas como si susurraran a mi oído antes de chocar contra los vidrios. Uno de nosotros abre la puerta a culatazos y entramos.

La fiesta terminó. Ese miércoles 27 al medio día, el cuerpo diplomático celebraba un aniversario de la Independencia de República Dominicana. La recepción estaba en su mejor momento cuando sonaron los primeros disparos y de allí en adelante se instaló el caos. Al cruce de fuego inicial con los guardaespaldas siguió la respuesta del Ejército que ocupaba la Universidad Nacional y se desplazó para intentar retomar la Embajada. Luego llegaron los carros antimotines y los francotiradores se apostaron en las terrazas de los edificios vecinos. Cerca de tres horas duró el tiroteo. Los rehenes pedían cese el fuego, nosotros gritábamos consignas, los militares daban órdenes de combate, sonaban pitos y sirenas. El miedo es gris y huele a pólvora. Mi única conciencia estaba adherida al gatillo de una pistola Browning de 9mm. Al caer la tarde un silencio espeso nos rodeaba; esporádicamente los francotiradores disparaban para mantenernos en tensión. En la noche, ya estaban consolidadas las posiciones de ellos y las nuestras, cada quien en sus trincheras.

Dentro de la sede diplomática, la vida quedó suspendida durante 61 días para rehenes y guerrilleros. Tan sólo se sentía el peso de un presente descomunal. En ese paréntesis entre vida y muerte cada día era único. El peligro asechaba desde los cuatro costados. Como en un juego de dados la suerte bailaba sobre el borde del cubo y prolongaba la espera para quienes estábamos sentados a la mesa, de manera voluntaria o involuntaria.

Nosotros habíamos calculado que la toma podría durar una semana, porque se acercaban las elecciones de mitaca y el gobierno se vería obligado a negociar con celeridad. Pero no sucedió como pensábamos. Dentro de la camioneta blanca donde se reunían los delegados del gobierno, de los diplomáticos retenidos y del M-19, cuatro personas intentaban resolver la situación, pero a la semana prevista se le iban sumando racimos de días. En las primeras conversaciones los adversarios se observaban milimétricamente, primaba un ambiente de tensión y sólo se evidenciaron las posiciones de las partes, gobierno y guerrilla, cada una en un extremo de la mesa. Los rehenes observaban. Todos dependíamos de lo que sucediera en la camioneta, convertida en el escenario de la batalla definitiva.

Mientras tanto, buscando entretener los días y espantar la angustiosa incertidumbre, rehenes y guerrilleros fuimos inventando una cotidianidad no exenta de pequeñas alegrías: celebrábamos los cumpleaños, jugábamos al ajedrez, conversábamos con los embajadores sobre literatura, historia y otros temas, evadiendo el debate político, aunque a veces también lo abordábamos cuidando de no apasionarnos demasiado. La verdad es que aprendimos a convivir a pesar de diferencias extremas.

Para nosotros el régimen diario era estricto. El día estaba definido por los turnos de guardia: tres horas de vigilancia y seis de descanso. La mañana comenzaba con una rutina de ejercicios dirigida por Genaro, cuya disciplina de cuartel detestábamos. El M-19 era una guerrilla 'bacana', pero en ese operativo se impuso un estilo militar que terminó tensionando las relaciones entre los jefes y el resto de combatientes.

En contraste con los tiempos de milicia, las seis horas de libertad casi siempre se convertían en un divertido recreo. Leíamos literatura que nos prestaban los embajadores y una vez montamos un desfile de modas con la ropa que encontramos en los vestidores; otras veces parodiábamos canciones, y no faltaba quien escribiera poemas cursis. Pero también hubo tiempo para la nostalgia, al fin y al cabo, si sobrevivíamos, nada volvería a ser igual. Habíamos quemado las naves.

Y allí, en ese presente descomunal, el amor se abrió camino con una fuerza desesperada. Conocí a Alfredo poco antes de la toma y nos fuimos enamorando despacito, a punta de compartir horas y horas de entrenamiento. Ese amor recién inaugurado cobró una dimensión inusitada, entre real e irreal, como las sombras de una mano sobre la pared.

Cuando la única seguridad de existir está en el minuto siguiente, el encuentro amoroso es goce y agonía al mismo tiempo. Sólo en contacto con la piel del otro se sentía la vida y por eso Alfredo y yo aprendimos a amarnos aprisa, en los rincones, detrás de las puertas, sin quitarnos la ropa, con las granadas colgando de la cintura y sin soltar el arma. Después del amor, el mundo volvía a quedar en silencio.    

A medida que avanzaba el tiempo, como efecto de las rutinas que habíamos organizado, fuimos relajándonos y llegó el día en que se fugó el Embajador de Uruguay. Por fortuna el compañero de guardia que cubría el flanco por donde se deslizó el uruguayo fue sensato al pensar que si disparaba arriesgaba todo el operativo. Para nosotros fue una alerta, ajustamos la disciplina y las medidas de vigilancia para los rehenes. La respuesta de los embajadores fue unánime, se enfurecieron porque consideraron que la fuga era un acto individual que los ponía en riesgo a todos; una traición al pacto colectivo.   

Los seres humanos atrapados en circunstancias límite tienen dos alternativas: buscan sobrevivir eliminando a los otros, o encuentran puntos de acuerdo, así sean transitorios, para sobrellevar la situación con dignidad.

En este caso funcionó la última alternativa. El esfuerzo conjunto de retenidos y captores por encontrar una solución política constituyó un factor fundamental para el acuerdo final. Aunque el mérito es colectivo, dos personajes resultaron imprescindibles para el entendimiento: Ricardo Galán, embajador de México, y la Chiqui, designada negociadora por el M-19, ambos con especiales dotes para tender puentes y desalambrar barricadas. Él con argumentos sensatos y una serenidad, literalmente, a prueba de balas. La Chiqui con una combinación de olfato político, inteligencia y sensibilidad humanas que le daban la necesaria firmeza y flexibilidad para lograr un arreglo realista. Así pues, el acuerdo no fue tan sólo resultado de un pacto racional entre contrarios; también intervinieron las relaciones que fuimos tejiendo en esos días de convivencia obligada.

Con el paso de los días, al interior de la camioneta blanca se reorganizaron las fuerzas, rehenes y captores llegaron con propuestas largamente discutidas en reuniones entre sus representantes y nuestro Estado Mayor, conformado por el Comandante Uno, El Tupa, Genaro, Alfredo, Pedro y La Chiqui, única mujer que hizo parte de la dirección cuando fue nombrada negociadora.  

Otros factores que confluyeron para llevar a buen término las negociaciones fueron:

- La decisión del M-19 de lograr un arreglo, así sacrificara una parte importante de lo que demandaba del operativo: la libertad de más de 300 prisioneros políticos, hombres y mujeres, capturados, torturados y juzgados por la justicia penal militar en consejos de guerra verbales.
- La disposición del gobierno de la época para dialogar hasta llegar a un acuerdo, a pesar de asesores extranjeros que planeaban la retoma.  
- El papel que jugaron las organizaciones sociales y de derechos humanos al presionar por una salida negociada.
- Villa Chiva, campamento y cerco de seguridad que montaron la prensa nacional e internacional alrededor de la Embajada, para mantener informado al mundo sobre los acontecimientos. En el país se prohibieron las noticias directas. 
- La coyuntura internacional de la época, que había ganado un momento para la ecuanimidad, mientras el gobierno y las fuerzas militares de EE.UU se ocupaban en resolver la toma de su Embajada en Irán.   

El 27 de abril de 1980 el M-19 puso fin a la toma. Cuando los rehenes estuvieron libres, el presidente Turbay anunció al país que como resultado de un acuerdo entre colombianos, no hubo vencedores ni vencidos: "Ganamos todos".

Esta afirmación en boca del Presidente se fijó en mi memoria porque descarta la enemistad absoluta para dar paso a la posibilidad de arreglo entre contrarios. 

Faltaría un capítulo para terminar esta historia si no mencionara que en marzo Jaime Bateman Cayón, fundador y máximo líder del M-19, propuso comenzar un gran diálogo entre las fuerzas vivas del país, no únicamente para resolver la toma de la Embajada, sino para poner fin a nuestra lucha armada. Pero ninguna de las personalidades políticas ni sectores sociales convocados tomaron en serio la propuesta ni respondieron a la cita convocada para el 1 de mayo de 1980 en Ciudad de Panamá.

Diez años después de la toma de la Embajada, el 9 de marzo de 1990, el M-19 firmó con el gobierno un pacto político por la paz y la democracia, un proceso que viví desde afuera, pues un año antes había tomado la decisión de dejar una militancia a la que dediqué la mitad de mi vida y comenzaba a sentirme a gusto afirmando mi individualidad y mi autonomía. El movimiento insurgente dejó las armas para participar en la política legal y el gobierno convocó a una Asamblea Nacional Constituyente para reformar la Constitución vigente desde 1886.

¿Cuántos muertos se habría ahorrado la sociedad colombiana si el diálogo que proponía Bateman para detener la guerra se hubiera hecho en 1980? De seguro hoy no estaríamos contando las víctimas del Palacio de Justicia. Una acción en la que perdimos todos.

Para terminar, está bien señalar que la mía es una memoria en cuya cartografía se cruzan lo personal y lo político, porque hice parte de la historia y el accionar del M-19. Si hoy vuelvo a transitar el territorio de esa memoria es sólo porque creo que vale la pena en función de un mejor presente.

Por María Eugenia Vásquez

Publicación
eltiempo.com
Sección
Entretenimiento
Fecha de publicación
27 de enero de 2010
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