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Que no apaguen la luz

Alguna vez, durante su primera campaña contra Eisenhower por la presidencia de los Estados Unidos, una mujer le dijo a Adlai Stevenson: "No se preocupe, Gobernador: los inteligentes votaremos por usted", y él le respondió: "Señora, eso no basta: yo necesito una mayoría". Y sí. Decía Carlyle que la democracia no es la voz del pueblo, sino la voz del caos. E iba más allá, el viejo, con una frase que hacía las delicias de Borges: "la democracia es la anarquía provista de urnas electorales".

Y lo extraño es que siempre se contrapone el discurso democrático al discurso totalitario, como si fueran algo esencialmente distinto y como si la historia no enseñara que los episodios más oscuros de la bajeza humana, empezando por el nazismo, fueron ejecutados en nombre del pueblo y muchas veces con millones de votos a cuestas, clavados en las urnas como en una especie de histeria prehistórica, mientras la sangre ya empezaba a correr bajo las botas de los caudillos; bajo los pies de los que los habían creado para luego mirar hacia otra parte cuando el mundo se hacía pedazos. Un líder, un pueblo: cuántas veces no hemos oído el mismo conjuro delirante que acaba siempre mal, y sin embargo nos fascina repetir la historia; nos fascinan las pesadillas. Y no sólo en Irán, o en Venezuela o en Afganistán -que al fin y al cabo allí nadie se inventó a Occidente-: también en el norte de Italia, o en Francia. Como ocurre con las depravaciones de los moralistas, quizás sea en el mundo desarrollado donde mejor florece la barbarie, con más brutalidad y desenfreno. La Alemania de Hitler era también la de Heidegger y Jaspers.

Se trata, por supuesto, de una discusión muy delicada, y buena parte del pensamiento político contemporáneo, en Occidente, se ha construido como una respuesta precisamente al problema esencial de la democracia tras el nazismo: cómo lograr que la soberanía popular, la voz de las mayorías, no termine siendo el origen y la justificación de la tiranía y del infierno, por mucho que la gente los quiera. Porque la democracia (Bobbio, Sartori, Rawls, Maxey) no es sólo una forma de gobierno, sino también un patrón ético, un sistema de valores, una manera de concebir a la sociedad a partir de sus diferencias y del respeto por todo aquello que dignifica al ser humano. Es decir que la legitimidad de la democracia no está exclusivamente en el origen del poder (las elecciones, la participación), sino en un complejo aparato de instituciones y de principios que la hacen posible todos los días: el Estado de derecho, el respeto a las minorías y a la oposición, la prensa libre, la estabilidad constitucional, en fin: la vida, más o menos, según el mundo liberal y capitalista; la vida según el Occidente moderno.

Y, sin embargo, no. Porque una cosa es la teoría política, y otra la realidad. Y repito: esto no sólo en Afganistán o en Honduras: ¡también en el centro mismo de "la civilización"! Los suizos, por ejemplo, acaban de votar un grotesco referendo para impedir que se construyan nuevos minaretes en las mezquitas del país. Los minaretes, como se sabe, son los faros que iluminan el camino y el llamado de los fieles en el islam. Y ahora resulta que los musulmanes que hay en Suiza, 400.000 y moderados, no van a poder levantar sus minaretes. Porque a un partido demente y de derecha, xenófobo, se le ocurrió que allí puede estar el peligro de la ¡islamización de Europa!

Dirán que es una estupidez de la derecha, sí, pero votada en masa -el 58 por ciento- por uno de los pueblos más apacibles y desarrollados del mundo, cuyas mayores virtudes, golondrinas aparte, son presuntamente la neutralidad y la tolerancia. Pero ahí duerme la bestia totalitaria, dispuesta a acudir a las urnas cuando menos lo esperamos. En el primer mundo y no en la selva. Eso, entre otras, fue lo que nos enseñó con maestría Joseph Conrad: que peor que la barbarie de los bárbaros es la barbarie de la Civilización.

Publicación
eltiempo.com
Sección
Editorial - opinión
Fecha de publicación
9 de diciembre de 2009
Autor
Juan Esteban Constaín

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