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El nudo fatal

Napoleón era el amo indiscutido de Europa. Sus tropas se paseaban victoriosas por todos los rincones del Viejo Continente y después de Austerlitz parecía que su estrella no declinaría jamás. Pero invadiendo a España cometió el más colosal de los errores. Midió mal el pueblo español, su voluntad indomable de independencia y su heroísmo sin límites cuando se trata de combatir por Dios, por la Patria y por el Rey. Y allá, en una guerra estéril donde no jugaba sino su orgullo, Bonaparte consumió todas sus energías. Cuánto lamentaría, en esa sombría planicie de Waterloo y cuando Grouchy no atendía sus llamadas angustiosas, que la parte mejor de su guardia antigua se hubiera consumido en aquellas inútiles batallas de Bailén, de Arapiles y de Vitoria. Ese fue su nudo fatal.
Hitler también tuvo el suyo. Al impulso de la loca pasión por el destino manifiesto de su pueblo, comprometió en Leningrado el ejército que le faltaría en Normandía. Como Napoleón casi siglo y medio antes, Hitler no podía vencer, pero tampoco retirarse. Había quedado amarrado a su destino trágico.
Los Estados Unidos encontraron en Vietnam su nudo fatal, como más tarde lo tendría que probar Rusia en los duros desiertos de Afganistán. La historia demuestra que en la vida de los pueblos y de los grandes hombres se cometen errores inmensos que no tienen punto de retorno. Los acontecimientos se suceden con una fuerza incontenible y se engarzan de modo que no dejan espacio para la salida airosa, después de haber hecho imposible la victoria.
Desde mucho tiempo atrás pensamos con dolor y dijimos sin reservas que la segunda reelección del presidente Uribe sería una empresa catastrófica. Si la primera reelección tuvo costos que seguimos pagando, la segunda podría convertirse en un desastre formidable. Para reelegir al Presidente con una nueva Reforma Constitucional de por medio, tendría que invertir la Nación demasiadas energías y el Presidente, todo su prestigio.

La responsabilidad por el mal estado de ese proceso no podría imputarse con justicia a la larga cadena de los errores cometidos por quienes lo asumieron. La falta de transparencia en la financiación de la recolección de las firmas; la increíble historia de cuatro renglones que por mal redactados forzaron toda clase de peripecias y malabarismos; el abandono en que el propio Gobierno tuvo el proyecto de Ley durante largos meses; el pésimo manejo de las fuerzas mayoritarias en el Congreso, fueron sin duda factores importantes en la composición de este drama. Pero su inminente desenlace obedece a una equivocación de fondo, fenomenal e irreparable. El mejor Gobierno de Colombia en la Historia no podía jugarse a cartas tan dudosas. Dicho más simplemente, la encrucijada del alma del presidente Uribe arriesga convertirse en el nudo fatal que lo arrastre con todos nosotros al abismo.

Al Presidente no lo animan sino las más nobles intenciones. Su pasión por el poder está inspirada en una voluntad indeclinable de servicio. Nada de lo que pretende es vil, perverso o subalterno. Pero, lamentablemente, es equivocado. Cervantes no quería continuar el Quijote, porque "nunca segundas partes fueron buenas". Por fortuna, no tuvo más remedio que escribir la que contiene para muchos lo mejor de la más grande obra literaria jamás escrita.

Pero en política nunca fue sano desafiar indefinidamente la fortuna. Entre tantas audacias puede estar esperando el nudo fatal.
Estamos a seis meses de las elecciones. Y esta es la hora en que no sabemos quién será el candidato que tome en sus manos la victoriosa antorcha del uribismo. Tal vez ni el Presidente mismo lo sepa, porque cuando el nudo fatal se cierra es imposible continuar y están cerrados los caminos del regreso. 

Publicación
eltiempo.com
Sección
Editorial - opinión
Fecha de publicación
2 de diciembre de 2009
Autor
Fernando Londoño Hoyos

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