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| Actualizado hace 53 minutos

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Tipos y arquetipos

Si los novelistas tienen alguna vez el propósito de "retratarlo" y proyectarlo a la categoría de personaje literario, contarán con una ventaja: es raro y enigmático, imprevisible y desconcertante. Muestra ricas aristas, como los mejores personajes de la literatura. Y lo que esconde es más intrigante que lo que revela.
Es, sin duda, un personaje que lleva puesto su propio escenario y este no es otro que su obsesión por el poder. En él, lo más austero contiene también los excesos de su caricatura. En su apariencia de humildad duerme el fantasma de su repetida soberbia.

Da la casualidad de que el personaje es político y uno de los más complejos y hábiles líderes que ha dado el país. Si uno mira el panorama de la política colombiana de los últimos 50 años, no sabe dónde ubicarlo. En un país religioso, la religiosidad con que rodea su imagen es lo que, posiblemente, ha tenido hipnotizadas a las mayorías que lo siguen. Reza en católico, negocia en protestante.

Sería interesante que algún historiador se diera a la tarea de escribir la biografía comparada de nuestros presidentes. Encontraría algunos singulares, otros irrepetibles, unos prescindibles, otros pintorescos, no más de dos verdaderamente liberales, alguno menos conservador que su partido, pero ninguno tendría el sello enigmático de él, incluidos Virgilio Barco y César Gaviria. Todos, con excepción de López Michelsen, aceptaron que cuatro años bastaban para completar una obra o perecer en el intento.

Ninguno confundió la autoridad con el autoritarismo, ni siquiera el estadista Lleras Restrepo; ninguno negó la posibilidad de que hubiera alguien mejor para sucederlo. De manera intermitente, el personaje ha estado diciéndonos que, después de él, la hecatombe. En el fondo, tal vez tema verse un día sin el blindaje del poder.

De todas las definiciones de arquetipo, me quedo con esta: "Representación que se considera modelo de cualquier manifestación de la realidad". Al aceptar esta definición, veo de nuevo al personaje literario que se parecería al real, arquetipo del poder en esta fase indeseable de la democracia y del Estado de Opinión: concentración y no separación de poderes, concentración y no redistribución de la propiedad.

Envarado y sin humor, así lo vemos siempre. "No es una persona que esté cómoda en sí misma". Así lo percibió el fotógrafo de The New Yorker. Pero ¿no dicen que el humor es una de las fuentes de la tolerancia? Con su popularidad, ¿por qué habría de mostrarse crispado en los foros internacionales? Uno entiende que su sociabilidad urbana sea limitada: es un hombre tímido, criado en una ciudad que hace muy pocos años perdió su evocador olor a boñiga.

En este sistema sideral de gobierno, todo gira alrededor de él. Tampoco Pedro Páramo aceptaba a nadie por encima de él. Poderes eclesiástico, judicial y político eran suyos. Y de su dominio era el medieval derecho de pernada. No digo con esto que el personaje sea igual a la criatura de Juan Rulfo; digo que recuerda su arquetipo.

Ante sus ojos y ante los encandilados ojos del país, nadie tiene virtudes tan altas. Ni uno solo de sus ministros brilla con luz propia. Si alguno pretendiera hacerlo, no lo dejarían. A casi todos les toca ser viceministros de la política.

Si el Señor sobrevive en el poder, sobreviven también sus apóstoles. Donde hay repetición machacona de dos o tres ideas, le encuentran doctrina; donde hay marrullería y obstinación, le encuentran prudencia y carácter. Sus defensores oficiosos le endilgan una "inteligencia superior", pero, pese a esto, o gracias precisamente a esto, tiene el perfil de un gran personaje literario.
salypicante@gmail.com

Nota de eltiempo.com: Los comentarios han sido deshabilitados de esta columna por petición de su autor.

Publicación
eltiempo.com
Sección
Editorial - opinión
Fecha de publicación
2 de diciembre de 2009
Autor
Óscar Collazos

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