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Un bel morir
Ahora sé, desde hace una semana, que padezco el sÃndrome de Alexis Hutchinson. No existe todavÃa, ni lo ha tipificado ningún psiquiatra; pero cuando eso ocurra tendrá que llamarse asÃ, como la soldado californiana que este 5 de noviembre se negó a abordar el vuelo militar que habÃa de llevarla a Afganistán, para combatir en la tercera división de InfanterÃa del ejército de Estados Unidos.
Para combatir en esa absurda guerra en nombre de la democracia -como casi todas las de los últimos 200 años- que no ha servido ni para que los afganos aprendan a contar sus votos sacados de las montañas y de las piedras.
Pues la soldado Hutchinson (de 21 años, madre soltera) prefirió no ir a la guerra por quedarse con su bebé de 10 meses, luego de comprobar que su mamá ya no estaba para encargarse de niños ajenos, ni siquiera del de su propia hija. Asà que ahora la pobre mujer está encarcelada en una base militar de los Estados Unidos, a la espera de un juicio marcial por faltar al honor y a sus deberes con la patria y la bandera. Como si todas esas tonterÃas -Honor, Patria, Bandera; supongo que las escribirán en mayúsculas para duplicar la infamia, porque el fascismo es también un proyecto tipográfico- fueran más importantes que el bienestar de un hijo.
Pero eso es algo que sólo entendemos los papás de los niños más pequeños (o de todos), y por eso proponÃa yo arriba el nombre de Alexis para el sÃndrome de quienes les tenemos franco terror a los viajes cuando nos alejan de nuestros hijos. A mà me pasa siempre, lo confieso, y con esta enfermedad he llegado a extremos escandalosos, como el de bajarme de un avión a punto de despegar, pensando en MarÃa y en Manuela y en lo terrible que serÃa para mà no verlas crecer. Creo que el "sÃndrome de Hutchinson" consiste precisamente en eso: en que los papás no le tenemos miedo a la muerte, sino a morir en la distancia; a no poder ser testigos y artÃfices de la vida de nuestros bebés.
Me parece una enfermedad perfecta, digo, de la que no quisiera curarme jamás. Y como esa hay otras tantas. Pero la mÃa preferida (ya que estamos de hipocondriacos) es otro sÃndrome que siempre he querido que me dé: el sÃndrome de Stendhal. Consiste en que a uno se le acelera el corazón y alucina, se desmaya, pierde el sentido, cree que lo están persiguiendo, o no lo suficiente, se agita, se cansa, se duerme sin saber muy bien en dónde ni cuándo, para despertarse luego como si le hubieran dado una paliza, con la boca seca. Y todo por una dosis excesiva de belleza.
Asà como suena. Durante más de 6 años, la psicoanalista italiana Graziella Magherini estuvo encargada de las urgencias psiquiátricas del hospital Santa MarÃa Nuova de Florencia. Allà detectó un mal muy frecuente entre los viajeros que llegaban desahuciados a su pabellón, y todos con los mismos sÃntomas y por el mismo motivo: trastornos mentales y delirios, provocados por una exposición desmedida al arte de la ciudad. Fue cuando la doctora Magherini se propuso investigar a fondo el tema, en 1979, y encontró por lo menos 106 casos en los que se repetÃa la sensación de éxtasis y embotamiento que tuvo el novelista francés Stendhal (el grande, el vividor) cuando en 1817 fue a la toscana, y al salir de la iglesia de la Santa Croce cayó en un letargo, aturdido por toda la belleza que acababa de digerir. El episodio está narrado en su diario (Rome, Naples et Florence, Michel Lévy, ParÃs, 1854): "22 de enero. Cuando salà del Templo mi corazón bramaba. La vida se me iba de las manos, y tuve que cogerme para no dar con el piso".
El sÃndrome de Stendhal o el mal de Florencia; el sÃndrome de Hutchinson. Enfermedades que nos pueden dar (quiera Dios) cuando somos vÃctimas de la belleza y el amor excesivos. Trastornos de la mente que empiezan en el corazón, para los que ojalá nunca encuentren la cura. Y que mucha gente los sufra, mientras otros van a la guerra.
Nota de eltiempo.com: Por solicitud del autor, los comentarios han sido deshabilitados de esta columna.
- Publicación
- eltiempo.com
- Sección
- Editorial - opinión
- Fecha de publicación
- 25 de noviembre de 2009
- Autor
- Juan Esteban ConstaÃn
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