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La otra cara de Alejandra Azcárate / Entre el trabajo y las vacaciones morir es solo una costumbre

El cáncer, además de ser un signo zodiacal y una temida enfermedad, es un visitante inesperado que sin ser invitado tarde o temprano termina tocando la puerta de cada familia. A la mía llegó hace 12 años.

Mi tía 'Mari', como le decíamos de cariño, era la menor de las hermanas de mi mamá. Por ende, al ser la más joven era la vanguardista, la revolucionaria para su época, la independiente, la ejecutiva, la viajera, la rumbera y la 'buena vida'.

El matrimonio, por ejemplo, nunca fue su prioridad por más de que tuvo tres propuestas concretas. Pero como le suele pasar a la gente selectiva en exceso, esperó demasiado para luego casarse con el peor. Sin embargo, ese es otro capítulo (por cierto, cerrado) en la historia de mi gente.

El caso es que 15 días antes de su boda, mientras se bañaba, se sintió una bolita en el seno. Sin mayor espera visitó a su médico, quien le ordenó una cirugía de urgencia y poco tiempo después, sentada junto a su mamá (mi adorada abuela) le dio la noticia.

Tenía treinta y dos quistes comprometidos entre el seno izquierdo y la axila, que habían incluso perjudicado su sistema linfático. Los médicos, que sin querer ser Dios a veces se atribuyen esa condición, le dieron seis meses de vida.

Qué tristeza saber que solo en medio del caos es que empezamos a valorar el hoy. Todos sabemos que vamos a morir. Pero ese es un espejo que vemos lejano. Cuando algo como esto ocurre, ese espejo se acerca a tal punto que nos da miedo respirar porque lo empañamos. Es justo ahí cuando consideramos de verdad por primera vez la posibilidad de que nuestra vida se acabe. Así que de manera instantánea decidimos por fin protegerla, quererla, valorarla y dignificarla.

En medio del dolor físico y emocional, de la incertidumbre, la zozobra y la paranoia de poder dejar de existir en un tiempo limitado por culpa de ese visitante tenebroso, las expresiones de cariño aumentan, la unidad de la familia se incrementa y la fe individual en el poder superior que cada cual percibe se multiplica.

Ella fue muy fuerte, luchó a cada segundo para olvidar lo que le pasaba y no por querer desconocer la realidad sino para poder disfrutar su presente. Se sometió a los tratamientos indicados por los expertos. Fue sin falta a sus sesiones de quimioterapia, que le produjeron además de los malestares propios del procedimiento, una separación definitiva de su arraigada vanidad.

Después de haber sido admirada siempre por su imponente belleza, se casó ojerosa y con peluca. Trabajó con temblores, viajó con náuseas, vomitó en cocteles, se desmayó en fiestas, se ahogó en conversaciones y finalmente se rió de todo lo anterior. Pasaron siete años. Siete años que fueron una eternidad ante el diagnóstico inicial.

Gracias a las hierbas poderosas como el anamú, las pastillas de cartílago de tiburón, las píldoras de veneno de culebra, el poder mental de cada uno de nosotros y la voluntad del de arriba, aquí estuvo todo ese tiempo. 'Mari' murió hace casi seis años. Pero no de cáncer, como se hubiera supuesto, sino de un paro respiratorio intempestivo caminando por su finca. Estaba junto a su esposo, quien irónicamente fue el último que la oyó. Cosa que no hacía desde un par de años atrás, porque solo oía a su amante.

El golpe fue violento para todos y para mi abuela, letal. Hoy, a pesar de la tristeza que nos genera no tenerla, la recordamos con tranquilidad. Nos enseñó sin intentarlo que la vida está compuesta por segundos y en uno de ellos se acaba. En vez de sufrir por insignificancias, pelear por tonterías y amargarse por pequeñeces, hay que aprender a VIVIR. Porque como decía Borges: "La muerte es esa costumbre que sabe tener la gente".

"Qué tristeza saber que sólo en medio del caos es que empezamos a valorar el hoy, el ahora... Todos sabemos que vamos a morir, pero ese es un espejo que vemos lejano, muy lejano".

Publicación
eltiempo.com
Sección
Otros
Fecha de publicación
9 de noviembre de 2009
Autor

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