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Un espejo para el alma

Cuenta un mito que en tiempos antiguos, tan antiguos que Dios caminaba aún entre los hombres, en el templo sagrado había una habitación y en la habitación, un espejo en el que era posible contemplarse el alma. Con la destrucción del templo, y del espejo, dicen que fue tan profundo el pesar y tal la compasión que sintió el mismo Dios por semejante pérdida, que decidió convertir a cada ser humano en un reflejo del alma del otro. Es así, como un enorme espejo, como mejor se me ocurre describir la colección 'La violencia en Colombia', del maestro Fernando Botero.

Las imágenes son tan simples como brutales. Un cadáver de piel putrefacta flota sobre un río de aguas grises, mientras un gallinazo le arranca los ojos; las mujeres lloran a solas o se deshacen en alaridos de dolor con sus hijos muertos en los brazos; las pilas de cuerpos despedazados por las motosierras; los victimarios erguidos posan con aire orgulloso como los protagonistas que son del horror que lo subordina todo, mientras la muerte reina victoriosa portando la banda presidencial. Y, sin embargo, lo que más estremece es la expresión de las víctimas: al gesto de dolor lo acompaña una actitud de rendición incondicional. No se defienden, no luchan, sino que mansamente se entregan, como si de siempre hubieran sabido que aquel era su destino.

¿Es ese el destino de Colombia? Porque bien sea dicho que esta no es una violencia reciente, ni novedosa. Es una violencia que ha trascendido a presidentes e ideologías y que no solo hace parte del paisaje, sino que se constituye en la expresión más genuina de nuestra condición humana, de la avaricia insaciable y de la inconsciencia que oculta, excusa y esconde. Es una violencia sobrediagnosticada, que no es mejor, ni es distinta, ni más compleja o acaso superior a otras formas de barbarie. Nada más común, más ordinario, que este salvajismo. Es el mismo espanto, la misma sangre, la misma descomposición, los mismos victoriosos. Tal vez más dosificada, pero no son masacres distintas a las de Ruanda, ni una guerra menos repugnante que la de Sierra Leona, producto de una exclusión que tampoco dista de la que produjo el apartheid en Sudáfrica. Es, como alguien ha dicho, la misma violencia, convertida en un impuesto a la pobreza.

La exposición, que hace parte de las celebraciones del 50 aniversario de la fundación de la Facultad de Relaciones Internacionales y Ciencias Jurídicas y Políticas de la Universidad Jorge Tadeo Lozano, bajo mi cargo, estará abierta al público de forma gratuita en el Museo de Artes Visuales de nuestra universidad hasta el 27 de noviembre.

Deseo expresar el más profundo agradecimiento al maestro Fernando Botero, por el valor de elevar ese testimonio de horror en esta obra, que más constituye una denuncia pública. Agradezco también a María Victoria de Robayo, que es una mujer extraordinaria, y a su equipo del Museo Nacional de Colombia, por su profesionalismo y esa genuina pasión por la excelencia. A la Asociación de Amigos del Museo Nacional, por el respaldo permanente. Al Ministerio de Cultura, en cabeza de Paula Marcela Moreno, quien bien merecido tiene el ser la ministra mejor calificada del gabinete. A Lucas Ospina, por la audacia del montaje propuesto. A mi amiga Lucía González, directora del Museo de Antioquia, quien alentó este sueño.

La Universidad Jorge Tadeo Lozano, en manos de nuestro rector, el doctor José Fernando Isaza, y nuestro Consejo Directivo, ha dedicado sus mejores esfuerzos para acoger la muestra con toda alegría. Por último, deseo agradecer a mi equipo, que ha trabajado modesta e incansablemente, al igual que a los amigos que, de manera silenciosa y discreta, han hecho posible este milagro. ¡Bienvenidos todos!

desurasur@gmail.com

Publicación
eltiempo.com
Sección
Editorial - opinión
Fecha de publicación
8 de noviembre de 2009
Autor
Natalia Springer

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