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Los baños públicos de la zona de Chapinero hieden

Un intenso hedor a ácido úrico se apodera de los olfatos de quienes rondan los que están ubicados en la carrera 13 con calle 57.

Distinto ocurre con quienes van por las inmediaciones del mismo tipo de servicio, ubicado en la calle 69 con Caracas. Allí la 'cosa' huele a flores; rosas, claveles y jazmines invaden el ambiente ad portas del lugar.

"El mal olor se debe a que la gente viene a orinar de noche, cuando cierran los baños y nos vamos todos de acá", asegura Ana Poveda, vendedora ambulante de 45 años que se ubica en una especie de plazoleta que es el preámbulo de las primeras letrinas.

Sin embargo, una vez se atraviesa la registradora metálica de cualquiera de los dos recintos -con su particularidad sonoridad-, el humor cambia radicalmente al de un fuerte ambientador de color verde fosforescente y espeso que las cuidadoras del sitio envasan en un spray plástico, similar al que se usa en las peluquerías para aplicarles la laca a los clientes.

Junto al particular artefacto, otro del mismo material pero que contiene jabón líquido, y es empleado en los restaurantes para enfrascar salsa de tomate, hace juego con el cajón verde, también de plástico, en el que Martha Cifuentes deja los trozos de papel higiénico que dobla con especial cuidado para luego entregarlos a los visitantes, a cambio de quinientos pesos que vale la entrada al espacio.

Fusiones de funciones

Una vez adentro la limpieza es regla. Martha, junto a Sandra Córdoba y dos mujeres más que se rotan por turnos, son las encargadas de mantener cada ambiente como una 'tacita de té'.

Pero, aunque muchos valoran la posibilidad de 'descargar' sus necesidades fisiológicas a cambio del precio establecido, en los baños públicos de la zona se ven toda clase de movidas. Hay quienes por la módica suma pretenden hacer del sitio un vestidor y algunas veces hasta residencia o motel.

Martha cuenta cómo son varios los que llegan luciendo 'pintas' informales, entran y como la cenicienta salen transformados en remedos de ejecutivos, con faldas o con corbatas que siempre hacen más juego con las hojas de vida que llevan bajo sus brazos.

Para Ismael Romero, un lustrador de 49 años que ha dedicado 20 a lustrar los zapatos de quienes transitan la cra. 13, los baños son un buen servicio. "Allí yo calmo mis necesidades -dice-. Son limpios y seguros".

Sin embargo no son pocas las ocasiones en las que el embolador ha tenido que ir a auxiliar a las cuidanderas del sitio para pedir con un tono de voz más fuerte, a quienes pretenden hacer del lugar un improvisado nido de amor, que "vayan a hacer sus cochinadas a otro lado".

"Lo que pasa es que se aprovechan de que las encargadas son mujeres -relata-. Entra un hombre y al rato entra otro detrás y se quieren hacer los locos", dice Ismael.

Con todo y lo que pasa -la gente que va y viene, los pesos que a veces algunos olvidan pagar y las cochinadas que otros dejan sin el menor asomo de consideración- Sandra y Martha agradecen el trabajo que ahora las ocupa.

"Antes era más difícil porque trabajaba por días y a veces había que hacer y otras no -relata Martha-. El hambre en la casa no da espera".

Publicación
eltiempo.com
Sección
Bogotá
Fecha de publicación
4 de noviembre de 2009
Autor

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