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Plan de la séptima sà funciona, pero sólo hasta la 13 con 26
Con todo creo que el esfuerzo vale la pena y demuestra una vez más que la cultura ciudadana supera cualquier mal Samuel.
El pasado martes 27 tomé una buseta en la Séptima con 71. No más subirme y me encontré con una muchachita que, enfundada en su chaqueta naranja, me entregó un volante que recibà mientras guardaba equilibrio para pagar el pasaje.
Busqué una silla dónde sentarme y que me garantizara que, al meter la mano al bolsillo, el atracador de turno, no se topara con el hueco que tengo precisamente en el bolsillo derecho. Da pena con los atracadores que sólo encuentren un roto en el bolsillo.
Apenas me acomodaba cuando 'la muchachita naranja', con una vocecita casi imperceptible y que denotaba desayuno bajito, nos comunicaba las direcciones de los dos próximos paraderos.
Miré el volante sin dar crédito a lo que oÃa y ¿saben qué encontré? Las direcciones, en orden descendente de norte a sur, coincidÃan con lo que la muchachita nos anunciaba.
Con incredulidad propia de liberal, masón, antiuribista y antisamuelista aguardé la llegada de la buseta al próximo paradero anunciado, apostando en silencio que si alguien timbraba antes o cualquier músico o vendedor de bolÃgrafos le ponÃa la mano a la mitad de la cuadra, el Montoya conductor de nuestra buseta frenarÃa en seco y con su mejor sonrisa dirÃa que no escuchó el "susurro de la muchachita naranja". Perdà la apuesta.
Sucedió lo que la naranja habÃa pronosticado. Ni que fuera pariente de Harry Potter, pensé, pero asà sucedió y siguió sucediendo en los paraderos detallados en el volante.
Mi viaje terminaba en la 36 con Séptima y a pesar de que allà estaba previamente confirmado paradero, rehusé a bajarme. Ese espectáculo por sólo 1.200 pesos no lo podÃa terminar en apenas 30 cuadras. Era un cover demasiado barato para la pelÃcula que estaba viendo.
Una chaqueta tres tallas más grande que la portadora, metiendo en cintura a un rey del volante condecorado con miles de kilómetros y de infracciones, por supuesto, no podÃa terminarse tan pronto. Unos pasajeros cambiamos momentáneamente la cara de resignados y rabiosos -que desde hace dos años tenemos los bogotanos- por cara de asombro.
El encanto duró hasta la Trece con 26, y no porque la muchachita naranja se bajara, es que allà empata la carrera Décima, que de carrera sólo tiene el nombre. AllÃ, los únicos que toman carrera son los atracadores y rateros de todas las pelambres que con las decenas de buses por cuadra y a la velocidad de un kilómetro por hora nos recuerdan que seguimos en la Administración más funesta de Bogotá.
DOUGLAS MORA
Reportero Ciudadano
- Publicación
- eltiempo.com
- Sección
- Bogotá
- Fecha de publicación
- 4 de noviembre de 2009
- Autor
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