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¿Quién dijo que sólo la desnudez los enloquece? / Sexo con Esther
Nunca se sabe qué les va a mover la aguja a los señores, más allá de los senos grandes, muslos redondeados, las nalgas prominentes o rostros de vampira mala, hay aderezos que los enloquecen.
Hace poco leà la historia de un ejecutivo muy serio que en lugar de rehuir fiestas y cocteles, los buscaba con afán. Aclaro: no se morÃa por mostrarse o hacer contactos importantes, sino por tener la excusa de pedirle a su esposa que lo acompañara para verla vestirse elegantemente, montarse en zapatos empinados y someterse a largas sesiones de peinado.
Por supuesto que a ella le encantaba. Invariablemente, antes o después del coctel, su flamante marido se le iba encima, cegado por el placer de despeinarla y de desarreglar todo lo arreglado mientras lo hacÃan. Los largos vestidos siempre acababan en el lugar de las bufandas. No habÃa, para él, nada más excitante que arrancar cada gancho que sostenÃa la moña de pelo.
Él sabÃa que su mujer le hacÃa el juego; de pronto ella aparecÃa en la alcoba con camisa de dormir y zapatos de fiesta. Para él eso era suficiente.
Dice que eso le permitÃa ver a su mujer siempre como alguien distinto, mantener a punto la vida sexual con su pareja y lo libraba de la curiosidad de tener una amante. Ese era su fetiche. Y en eso ayudaba su capacidad de evocar e imaginar.
Dice, por ejemplo, que tuvo sexo con su esposa en el mar una sola vez. Pero siempre que querÃa traÃa esa imagen a su cabeza; eso lo dejaba listo para cualquier faena.
Es una historia real y que ilustra el inmenso valor de los fetiches. Aunque los hombres no lo confiesen, conozco a más de uno cuyas hormonas se alborotan frente a una boca encendida en labial rojo, a unos guantes, a unos calzones de cuero, a la lencerÃa, a los ligueros y a las transparencias. Incluso tienen con verlas vestidas sólo con su camisa.
Asà que, mis amigas, las reto a descubrir esos fetiches que los matan. Empiecen por irse a dormir sin mascarillas grasosas y un poco más descubiertas: las piyamas de animalitos y las camisetas regaladas por un hotel o por un supermercado son comodÃsimas, pero son capaces de espantarles las ganas hasta a un náufrago.
Sé que a mi pareja le gusta abrazarme por la espalda mientras me arreglo frente al espejo. AsÃ, ¿quién no llega tarde a todas partes? Hasta luego.
ESTHER BALAC
ESPECIAL PARA ELTIEMPO
- Publicación
- eltiempo.com
- Sección
- Salud
- Fecha de publicación
- 30 de octubre de 2009
- Autor
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