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Señoritas

Colombia es pasión, pero en el sentido de vía crucis. Colombia es pasión porque pasión es la "acción de padecer". Soportamos, como un destino, las peores primeras planas del planeta: un concejal cristiano de Bogotá es acusado de ordenar, bajo la mirada fija del Señor, el salvaje asesinato de su esposa; otro más jura por el Concejo y por sus hijos que no le pegó a su cuñada; un sicario le concede a un líder de la izquierda un último deseo, llevar a su hija de 3 años hasta el paradero, antes de dispararle a sangre fría en una calle de Barranquilla; poco a poco los medios de comunicación descubren que se ha estado llevando a cabo una reforma agraria silenciosa que nos condena a seguir siendo un país de "siervos sin tierra", y un Congreso fantasmal, plagado, por fin, de sillas vacías, pierde el tiempo en el esfuerzo por restablecer la muy rentable prohibición de la dosis personal.

Descomposición, intimidación, corrupción desvergonzada: dentro de muy poco, todos seremos condenados a la casa por cárcel por palabra, obra u omisión.

Pero, como niños que cierran los ojos para que no los vean, le exigimos al mundo que niegue con nosotros nuestra crisis.
Que Carla Bruni no cante "eres más peligroso que la blanca colombiana" porque "es una afirmación muy dolorosa para el país". Que esos progresistas desinformados, que trabajan en El País de España, no escriban más artículos que nos hagan quedar como una dictadura por fuera de la ley. Y que el señor Residente, cantante del grupo puertorriqueño Calle 13, no se ponga en vivo y en directo camisetas que acusen al señor Presidente de paramilitar. "Constituye un agravio para su buen nombre e investidura y un irrespeto a la dignidad de nuestros connacionales", aseguró el Canciller que tenemos. "¿Qué tal yo opinando de música?", argumentó el alcalde de Manizales, Juan Manuel Llano, tras vetar la entrada de la agrupación en su ciudad porque "se ultrajó a todos los colombianos".

Las pasiones colombianas más oscuras -el arribismo, la envidia, el patrioterismo- son manifestaciones de un complejo de inferioridad que no se vence de la noche a la mañana. Por eso, porque en el fondo nos creemos menos, tenemos esta extraña relación de amor y odio con el resto del planeta: esta incapacidad para soportar las críticas, esta indignación ante lo menos grave, esta obsesión por la buena imagen, que nos pone de rodillas ante todo lo de afuera, que padecen quienes tienen mucho que ocultar. En estos siete años todo se ha agravado. Pues en un país que ha perdido la sana costumbre de no creer en su gobierno, en un país en el que no hay lugar para el debate porque el Presidente es el jefe de la oposición ("hay que devolver esa platica", "nadie debe perpetuarse en el poder"), todo aquel que critica el estado de las cosas es considerado un extranjero: un personaje que vive fuera del país real.

Yo me niego a irme del país en el que vivo. Sí, el Procurador confunde la moral con la salud, los políticos inescrupulosos se portan como señoritas ofendidas cuando los investigan (y ninguno lo es) y los indígenas awás tiritan de miedo. Sí, es un país desbaratado. Pero no es el país de ellos, de los que intimidan. Y yo no me dejo sacar. Y me niego a callarme que no estoy de acuerdo con tantas bajezas. Me gusta una idea de 'Colombia es pasión': "La percepción sobre Colombia comienza por la actitud que adoptemos". Pero creo que esa "actitud" debe ser brutalmente crítica, que debemos reconocer que los demás países tienen derecho a cuestionarnos, que nuestro primer paso hacia la verdadera dignidad debe ser reconocer que esta patria tiene mucho de desastre. Me gusta que en la página web del Ministerio de Relaciones, cuando se hace clic en la sección 'Artículos positivos sobre Colombia', aparezca la frase lapidaria: "No hay elementos que mostrar".
Seguro que es un error. Que no salga de acá. Pero es, aquí entre nos, un buen comienzo. 

Publicación
eltiempo.com
Sección
Editorial - opinión
Fecha de publicación
29 de octubre de 2009
Autor
Ricardo Silva Romero

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