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Carlos Jacanamijoy: antes que pintor indígena

Cuatro años vivió en Nueva York el pintor Carlos Jacanamijoy en busca del centro del mundo. Allá se redescubrió a sí mismo y reafirmó sus orígenes e identidad.

La sensación de saberse solo en medio de una multitud de solitarios, el permanente olor a disco de frenos quemado, un ambiente nocturno un tanto atrabiliario que afloja las rodillas porque cabe la posibilidad de ser acuchillado por este o aquel personaje sin presente ni pasado ni futuro; la aglomeración en el transporte público, la profusión de vitrinas renovadas a cada instante por una dinámica comercial insomne que ingenia mil y una formas de hacer morder el anzuelo al consumidor; museos, galerías, ambiente de cultura, cuadros y fotografías a tutiplén, librerías...
Y claro, comida local y del lejano Oriente y del oriente más cercano que se suman a las maravillas gastronómicas de México y Perú, pero con la posibilidad de tomar el tren elevado de Queens para sentarse frente a una bandeja paisa en la 82 Street con Roosevelt Avenue, equivalente a la de la Calle 23 con Carrera 5ª de Bogotá, que es igual de sabrosa aunque el chicharrón no sea tan grande. Y aquellas papelerías repletas de libretas, libretitas, esferográficos y plumas fuente que invitan a escribir, para no hablar de los almacenes de materiales para artistas de Canal Street, tan similares a ciertos cuchitriles del centro bogotano que también ofrecen lienzos y bastidores y vinilos nacionales, que funcionan tan bien como los importados porque cuando uno es pintor y anda con el rollo del arte por el arte, lo de menos son las marcas, las etiquetas, los rótulos. Lo que importa es el acto pictórico en sí mismo, ejecutado con esa inocencia de novato que Carlos Jacanamijoy procura mantener tan pura como la de aquel adolescente del valle de Sibundoy que un buen día, hace ya dos décadas, solicitó permiso paterno para irse a estudiar en la Universidad Nacional en Bogotá.

Todas esas razones, y algunas que calla, fueron las que le llevaron a radicarse, primero en Bogotá, luego en Nueva York y ahora, tras cuatro años en Estados Unidos, de nuevo en Bogotá. Jacanamijoy lo resume así: Buscaba el centro, el lugar donde ocurren más cosas. Si venir a Bogotá ya era un gran reto, lo de Nueva York se dio porque quería corroborar por mí mismo lo que todo el mundo cuenta de la ciudad.

De turista
Estuvo a punto de quedarse viviendo allá porque desde que llegó a vivir en Brooklyn el ambiente, la gente, todo le pareció muy bonito, le encantó por la cercanía a un parque y al puente que cruza el río East desde Manhattan, donde se mudó a vivir un tiempo después, en la parte Este, cerca de los museos, especialmente el Metropolitano. Hizo mucho ejercicio en Central Park, callejeó muchísimo y pintó menos: Acá en Bogotá pintaba hasta 20 horas diarias seguidas y en Nueva York, al menos durante los dos primeros años, apenas entre cinco y ocho horas porque había tantas cosas para hacer, tanto que mirar... que vivía como un turista. Todas las vibraciones que emite Nueva York son para los visitantes. Uno se regocija más con la ciudad cuando está de visita, porque cuando la vive la actitud es distinta y suceden muchas cosas sin que uno se dé cuenta. En cambio si uno está de visita va a muchos museos y galerías, a muchos restaurantes, y camina las calles hasta terminar exhausto.

Aun así, puso todas esas cosas en la balanza y decidió devolverse porque encontró que la ciudad podía deprimirlo por estar en buena parte habitada por gente sola, ansiosa. Entonces regresó por calidad de vida, porque quería comprobar allá todo lo arraigado que está en este país, en su geografía, su comida, su cultura. Acarició la idea de quedarse...  siquiera unos cinco años más, pero esto es muy rico y como dicen los paisas, ¿para qué pasarla mal si uno puede pasarla bueno? Sé que somos desordenados, pero a mí me encanta Colombia porque hay muchas cosas que hacer. En términos de arte, en Nueva York o en el llamado primer mundo, Latinoamérica siempre está marcada geográficamente. Mientras el arte del resto del mundo se clasifica cronológicamente o en 'ismos' como Expresionismo, o Impresionismo, o Cubismo... los latinoamericanos somos un capítulo aparte. En Sotheby's o Christie's sucede igual, cuando la verdad es que nosotros también tenemos de todo, Surrealismo, Minimalismo, Neoimpresionismo, exactamente igual que en Europa, pero como se supone que allá está el centro de la civilización occidental, pues nosotros continuamos siendo apenas "arte latinoamericano.


Indio no: Latino
Tal clasificación llega hasta un punto en que Jacanamijoy dejó de sentirse indígena y pasó a identificarse, "a regocijarse", dice él, por estar asimilado al mundo hispanoamericano porque no le veían como indígena sino como latino, sobre todo porque la galería que lo representaba está especializada en manejar arte latinoamericano de maestros como Lam, Orozco, Botero... Dice que se trata de una catalogación que es más válida para ellos que para nosotros, porque otros artistas jóvenes y yo nos sentimos tan universales como cualquier otro. Pero esa manera de catalogarnos nunca se va a romper, en el mundo siempre seremos una especie de parias, a menos que nos convirtamos en una potencia, cosa que dudo porque nunca podremos irnos en bloque con tanta pelea entre nuestros presidentes.

Al ser asimilado por el mundillo latino, podría pensarse que al regresar a Colombia recuperó cierta individualidad, cierta identidad como indígena, pero él se apresura a negarlo porque no es un tipo de patriotismo a flor de piel, o proclive a militar bajo banderas, o a identificarse con grupos, o con escuelas o bloques, aunque sí le interesa la política: Los colombianos, más que en cualquier otro país del mundo, somos seres muy, muy políticos; tal vez demasiado. Pero los artistas no tenemos tanta incidencia como en México, por ejemplo. En nuestro cotidiano sí lo somos, y en ese sentido sí me siento muy político.

La plaza Che de la Nacional
Al escucharle decir eso, es imposible no preguntarle sobre qué tanta necesidad siente de pronunciarse respecto a cualquiera de las iniquidades que tienen lugar en Colombia. Después de todo, estuvo años en el muy politizado campus de la Universidad Nacional y algo debió quedarle de un ambiente donde, aparte de estudiar una ciencia o un arte, el estudiante adquiere cierta visión general del país. Sus recuerdos de estudiante le hacen responder sonriente: A mí me encantó mi formación en la Nacional. La plaza Che y la cafetería son centros de formación política, de comprensión. Yo salí de mi inocencia allá, juntándome sobre todo con gentes de provincia, que nos uníamos como imanes y hasta ahora somos amigos y nos hablamos. Era un tiempo en que a los indígenas ni siquiera nos nombraban, ni existíamos. Empezamos a existir apenas a partir del 91 porque ni en la primaria, ni el bachillerato, ni en la universidad, nunca nombraban a los sesenta y pico grupos indígenas de Colombia. Nombraban a los incas, a los aztecas, a los mayas, pero nosotros no servíamos para nada, era como si no existiéramos.
A los 15 años, allá en el Putumayo, ya quería rebelarse contra eso porque desde entonces sentía el menosprecio hacia el indio, el indio sucio, como solían decirle algunos condiscípulos 'blancos' educados en la intolerancia. Pero cuando llegó a Bogotá encontró más respeto y después los indígenas se asomaron al campo político hasta tal punto, que incluso se convirtieron en objetivos militares para aquellos asesinos que la prensa registra eufemísticamente como 'actores del conflicto', y que sólo en este año han cobrado las vidas de medio centenar de personas pertenecientes a todas las etnias: Es terrible lo que nos ha pasado en los últimos años, especialmente en 2009, es muy doloroso. El país ignora la riqueza que tiene en sus culturas indígenas, debería ser más consciente de su variedad étnica, como en Paraguay, por ejemplo, donde se escucha hablar guaraní desde que uno se baja del avión y hay medios de comunicación en esa lengua. Acá no pasa nada de eso porque somos muy pocos, el 2 por ciento.
En ocasiones Jacanamijoy se pregunta por qué está pintando cuando tanta gente está muriéndose de hambre, pero en ese sentido se siente como un ser más porque en su interior prima el artista sobre el indígena, y en eso consiste la libertad de una persona. Una cosa son los políticos, otra los médicos, otra los músicos, y yo lo que soy es pintor que no puede lanzarse al Senado porque allá la embarraría por no tener esa vocación. Lo mío es otra cosa y por eso acabo de constituir una fundación que ayude a los indígenas, un proyecto en el que me están ayudando muchos amigos artistas.

Lo suyo en otra cosa
Claro está, el hecho de ser quizás el indígena con más nombre en el país, sería normal que su gente le pidiera decir cosas aprovechando su posición privilegiada. No obstante, él no siente ninguna presión: Más bien, percibo que tienen en mí cierta esperanza. De alguna forma, lo que yo hago es pintar ciertas vibraciones que provienen de la gente, incluido el dolor, especialmente de la gente de mi cultura, que es de donde me nutro. Pero uno a veces en un país como este, que no es escandinavo y donde hay muchas cosas para hacer todavía, sí siente que ellos esperan cosas de uno, empezando por mi familia, para no ir demasiado lejos.

Cuando dice esto último no sólo se refiere a las minorías étnicas de Colombia sino a la totalidad de la población del país, porque está convencido de que en las vivencias que ha tenido está toda la historia de Latinoamérica: En lo que yo viví, en lo que crecí, está todo; y por eso mi gente me ve como un abanderado de su cultura, pero como este paseo también incluye la reflexión diaria, lo mío es más esteticista, reconociendo que hay muchos artistas colombianos, tal vez el 99 por ciento, que tocan más explícitamente el tema de la violencia, algo inevitable porque se trata de un país violento, muy golpeado durante años, y no sólo en la selva sino también en las ciudades.

Pero frente al lienzo, lo suyo es otra cosa, es mostrar la luz, la libertad, el origen, esa pequeña muerte que dice sentir a veces cuando se acuesta a dormir, en noches en que le toca tomarse una aspirina porque el rollo sigue y te desvela, y no sólo tus cosas personales sino todas las que ocurren en este país. Son tiempos muy fuertes, pero cuando concilias el sueño y resulta que en la mañana el despertar es maravilloso. Esas son las cosas que yo prefiero y quiero pintar.

Así ha sido siempre para él desde siempre, desde aquel 1992 en que su nombre sonó fuerte en el Salón Nacional de Artistas y en la exposición Nuevos Nombres, cuando era un jovencito que vivía el arte por el arte, el que vendió un primer cuadro titulado Amarillo y verde porque eran lo colores que más primaban, por ser los de la felicidad y la naturaleza: Fue emocionante venderlo porque me reveló que podía vivir del arte. Incluso ahora cuando me preguntan qué pienso de lo comercial digo que lo más bonito es que uno pueda vivir de lo que sabe y le gusta hacer. No hay que manejar esa culpa católica de que la plata es mala.
Al despedirse, Jacanamijoy reitera que cada vez quiere ser más pintor, incluso más inocente e irracional que al principio, un pintor de taller que trata de hacer su magia con el pincel sobre el lienzo. No quiere ser el que ha viajado, que conoce mundo y lo ha visto desde diferentes ángulos, sino aquel que es más sensual: lo mío es luchar por atrapar ciertas vibraciones, como las de los niños, por ejemplo; reflexionar y buscar métodos para ver las cosas que la sociedad no percibe. En esos vericuetos me la paso siempre, tratando cada vez más de atrapar cosas que por pereza no vemos, cosas que la sociedad no ve por estar ensimismada en otras búsquedas.

Por Rafael Baena
 

Publicación
eltiempo.com
Sección
Cultura y entretenimiento
Fecha de publicación
28 de octubre de 2009
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