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'La inmortalidad: el nuevo Cervantes'

El siguiente es el epílogo de la biografía de Gabriel García Márquez de Gerald Martín, 'Una vida' (Debate), que circula ya en el país y se presenta oficialmente el 29 de octubre.

Sin embargo, la vida no había acabado aún con Gabriel García Márquez.

Aunque pocas semanas después del último encuentro que mantuvimos en Ciudad de México uno pudiera haberlo creído así. En enero de 2006 concedió por sorpresa una entrevista al periódico barcelonés La Vanguardia; al menos tomó por sorpresa a quienes para entonces se habían acostumbrado a que no hablara con la prensa.

Sin embargo, no fue una decisión a la ligera. Al parecer, la familia se había reunido y habían decidido que, dadas las circunstancias, se ofreciera una "última declaración" formal antes de la retirada. Y luego el silencio.

Mercedes estuvo presente en la entrevista en su casa de Ciudad de México ¿en la anterior, tres años antes, lo había hecho Mónica, su secretaria¿ y fue Mercedes quien dio por terminada la conversación, como parecen indicar los reporteros en su artículo.

El propio García Márquez habló poco ¿el reportaje era más una narración que un diálogo¿, y cuando le hicieron una pregunta sobre su vida anterior, dijo: "Para eso ya está mi biógrafo oficial... Gerald Martin, quien, por cierto, ya debería haber publicado el libro, yo creo que está esperando a que me pase algo".1 Era cierto que me estaba dilatando en acabar con mi cometido, pero aquella "ardiente paciencia" ¿por citar el título de la novela de Antonio Skármeta acerca del cartero de Pablo Neruda¿ se había visto ahora recompensada por el descubrimiento, después de quince años, de que yo era el biógrafo "oficial" del gran hombre, y no uno meramente "tolerado", como yo era dado a explicar. ¡De haberlo sabido!

Parecía cuestión de calcular cuánto tiempo iba a querer seguir apareciendo en público y en qué condiciones. No era yo experto en las distintas variantes y progresos de la pérdida de memoria, pero era duro ver a un hombre que había hecho de la memoria el eje central de toda su existencia aquejado por aquel infortunio. "Un profesional de la memoria", como él mismo se había considerado siempre.

Sin embargo, su madre antes de morir no tenía conciencia de su propia persona ni de quiénes eran sus hijos. Su hermanastro Abelardo padecía de Parkinson desde hacía tres décadas. Eligio había muerto a raíz de un tumor cerebral.

Gustavo había regresado de Venezuela con algo parecido al Alzheimer. Y ahora la afección de Gabito. "Problemas con el coco ¿me dijo Jaime¿. Parece cosa de familia."

García Márquez estaba a punto de cumplir setenta y nueve años. Desde las espectaculares celebraciones de su setenta cumpleaños ya no pretendía hacer creer que había nacido en 1928 (se diría que había empezado a actuar con arreglo a su edad). A pesar de su incierto estado de salud, sobre el que nadie en su círculo íntimo tenía ganas de hablar y sobre el que los medios guardaban un silencio sorprendentemente discreto, había que hacer frente a la cuestión de sus ochenta años. Como parte del programa de difusión cultural que España llevaba a cabo, la Real Academia de la Lengua Española organizaba desde 1992 congresos trienales para conmemorar la lengua española y sus literaturas en todo el mundo hispanohablante.

En el primer congreso, que se celebró con gran retraso en Zacatecas, México, en abril de 1997, García Márquez había planteado la célebre propuesta de "retirar" la gramática y la ortografía tradicionales del español. Aunque esto había causado controversia, incluso se había tomado como una afrenta, la academia, tan autoritaria en el pasado, era ya una institución demasiado versada en diplomacia y decisiones estratégicas para permitir que un escritor de la talla de García Márquez se convirtiera en un renegado, de modo que lo invitaron a visitar la academia misma y a conocer a sus responsables durante su paso por Madrid en noviembre de aquel mismo año.

Aun así, en 2001 declaró que no iba a asistir al segundo congreso que se celebraba en Zaragoza, en protesta contra la política de España de exigir visados a los latinoamericanos por primera vez en la historia. Dijo que España parecía declararse europea antes que hispánica. La controversia continuó en 2004, cuando no fue invitado al tercer congreso, que tuvo lugar en Rosario, Argentina (un país que siempre había evitado volver a visitar por superstición, en cualquier caso).

José Saramago, el ganador portugués del Premio Nobel, terció entonces para decir que si no invitaban a García Márquez tampoco él iría, a lo que la academia se excusó diciendo que se trataba de un descuido administrativo y que, por supuesto, el premio Nobel colombiano estaba invitado. Aun así, García Márquez no asistió. Sin embargo, estaba previsto que el congreso de 2007 se celebrase en Cartagena de Indias, Colombia, la ciudad donde García Márquez se había establecido en los últimos años y que había exaltado en dos novelas memorables.

Además, en 2004 la Real Academia había lanzado una edición masiva del Quijote de Cervantes para conmemorar los cuatrocientos años de la publicación de la obra capital de la historia de España y sus diversas literaturas. Qué magnífica idea sería si para 2007, en Cartagena, la academia diera seguimiento a esta iniciativa con una edición similar de 'Cien años de soledad', en coincidencia con los cuarenta años de su publicación y los ochenta de García Márquez.

Primero un genio español, ahora uno latinoamericano. A fin de cuentas, muchos críticos comparaban la novela del colombiano con su ilustre predecesora, y sostenían que había adquirido, y seguiría haciéndolo en el futuro inmediato, la misma relevancia para América Latina que tenía la obra de Cervantes, en primer lugar para los españoles, y por añadidura también para los hispanos de América.

Por supuesto hubo voces que disintieron. Sin embargo, uno de los críticos que no siempre había sido devoto de García Márquez declaró poco después, sirviéndose de una analogía muy del siglo XXI, que Cien años de soledad había dejado su impronta en el 'ADN' de la cultura latinoamericana y estaba inseparablemente unido a ella desde su publicación, en 1967.

Al igual que Cervantes, García Márquez había explorado los sueños y las falsas ilusiones de sus personajes, que en cierto momento de la historia habían sido los de la España imperial de la época dorada, y que más adelante, bajo una nueva apariencia, se habían convertido en los de la América Latina posterior a la independencia.

Además, al igual que Cervantes, había creado un tono, un estado de ánimo y, de hecho, un sentido del humor propio, que al instante se hacían reconocibles y que, una vez que cobraba vida, parecía haber estado siempre ahí y ser parte integrante del mundo al que hacía referencia.

En abril de 1948, García Márquez había huido de Bogotá y había viajado a Cartagena por primera vez en su vida. En aquella ciudad colonial, de deslumbrante belleza a pesar de la decadencia y el abandono, había conocido al editor Clemente Manuel Zabala y lo habían invitado a ejercer de periodista en un diario de reciente fundación llamado, como acaso correspondiera, El Universal.

El 20 de mayo de 1948, el recién incorporado había sido saludado en las páginas de su nuevo hogar literario. El 21 de mayo, exactamente 358 años después de que un tal Miguel de Cervantes escribiera al rey de España para pedirle un puesto en el extranjero, posiblemente "en Cartagena", apareció publicada la primera columna periodística del flamante reportero.

Cervantes no consiguió el puesto en Cartagena, de hecho ni siquiera viajó a las Indias: no vio el Nuevo Mundo, aunque contribuiría a crear un mundo aún más vasto ¿la modernidad occidental¿ en sus libros, y aquellos libros viajarían al nuevo continente a pesar de la prohibición por parte de España de leer y escribir novelas en los dominios recién descubiertos.

En abril de 2007, coincidiendo con el congreso de la Real Academia en Cartagena y con la llegada de los reyes de España, se instaló una nueva estatua de Cervantes cerca del Camellón de los Mártires, en el antiguo puerto colonial.

Durante buena parte de su vida, Cervantes no había obtenido el reconocimiento que merecía y había padecido grandes frustraciones. En cambio García Márquez, cerca de cumplir ochenta años, en una época muy diferente, era uno de los escritores más queridos del planeta y una celebridad que difícilmente hubiera alcanzado una fama y un reconocimiento mayores en su propio continente de haber sido un futbolista o una estrella del pop.

El establishment internacional hispánico planeaba concederle ahora la clase de reconocimiento que Cervantes únicamente había adquirido, poco a poco y con el paso de los siglos, de manera póstuma. Cuando García Márquez ganó el Premio Nobel en 1982, la cobertura mediática que celebró la noticia en América Latina se prolongó durante semanas, desde el instante mismo en que se anunció, en octubre, hasta el momento en que el rey de Suecia lo obsequió con el galardón, en diciembre.

Cuando cumplió setenta años, en 1997, se había organizado una semana de festejos durante el mes de marzo, acompañada de profusos artículos en la prensa, y luego otra semana en septiembre, cuando se conmemoraron los cincuenta años de la publicación de su primer relato en Washington, con una fiesta organizada por el secretario general de la Organización de Estados Americanos y una visita a la Casa Blanca para verse con su amigo Bill Clinton.

Ahora estaba a punto de celebrar sus ochenta años, el sexagésimo aniversario de su debut como escritor, el cuatrigésimo aniversario de la publicación de Cien años de soledad y el vigésimo quinto aniversario de la concesión del Premio Nobel. Así que sus amigos y admiradores empezaron a planear un período de ocho semanas, entre marzo y abril de 2007, que correspondieran a aquellas siete inolvidables semanas de 1982.

Muchos pasos se habían dado ya para convertir a García Márquez en un monumento vivo. El viejo lugar de encuentro del grupo de Barranquilla, La Cueva, había sido reinventado ingeniosamente por un periodista local, Heriberto Fiorillo, y funcionaba como restaurante-museo. Se había creado una iniciativa para que Aracataca se llamase Aracataca- Macondo, basada en el modelo de la proustiana Illiers-Combray; por desgracia, aunque la mayoría de los habitantes parecían estar a favor, al referendo no habían acudido todos los necesarios y la propuesta no se concretó.

Ahora las autoridades locales y nacionales acordaron convertir la antigua casa del coronel Márquez en Aracataca, donde el pequeño Gabriel había venido al mundo, en una atracción turística de peso ¿era ya un museo destartalado, aunque evocador¿, y se decidió que lo que quedaba en pie de la casa se demoliera para llevar a cabo una reconstrucción escrupulosamente documentada.

Así llegó el mes de marzo de 2007. El festival de cine anual de Cartagena estaba dedicado a García Márquez. Y, como no podía ser de otro modo, Cuba era el "país destacado". (En abril, García Márquez sería el autor en torno al que giraría la Feria del Libro de Bogotá, justo cuando la ciudad iniciaba su reinado de un año como 'Capital mundial del libro'.

Círculos concéntricos, plenas coincidencias, igual que en un sueño.) Se mostraron casi todas las películas basadas en las obras de García Márquez y desfilaron por allí muchos de sus directores, entre ellos Fernando Birri, Miguel Littín, Jaime Hermosillo, Jorge Alí Triana y Lisandro Duque. Sin embargo, aunque el festival coincidió con la fecha de su cumpleaños, García Márquez no hizo acto de presencia. Cuando le preguntaron por qué, replicó: "Nadie me invitó".

No fue una de sus bromas más ocurrentes, pero ¿cómo no perdonárselo? El 6 de marzo se organizó una fiesta de cumpleaños a ritmo de vallenato en uno de los mejores hoteles de Cartagena ¿como correspondía a la ocasión, el hotel se llamaba 'Pasión'¿ sin que compareciera el invitado principal, que lo celebró más discretamente con su familia en otra parte. Después de esto, la tensión fue en aumento.

En muchos de los carteles que anunciaban el Congreso de la Lengua podía verse una fotografía de García Márquez, el invitado de honor, sacando la lengua. Este reconocimiento de la guasa del famoso escritor pretendía sin duda señalar que la propia academia no carecía de sentido del humor, pero aun cuando tal cosa fuera cierta, era dudoso que se extendiera a la posibilidad de que el invitado de honor no acudiese a la celebración del homenaje que con tanto esmero le habían preparado.

A mediados de mes tuvo lugar en Cartagena otro gran acontecimiento, la reunión anual de la Sociedad Interamericana de Prensa. Hubo dos invitados de honor: Bill Gates, el magnate de la informática y el hombre más rico del mundo (aunque en pocos meses el billonario amigo de García Márquez, el mexicano Carlos Slim, superaría a Gates), y el propio Gabriel García Márquez, quien, aunque no tenía intención de hablar en público, había prometido hacer acto de presencia.

Apareció el último día, pero causó la sensación de siempre y, como de costumbre, opacó al resto de los participantes. Fue un momento importante para Jaime Abello, el director de la fundación de periodismo de García Márquez, así como para el hermano de éste, Jaime, por entonces ayudante del director. También fue un día grande para la Real Academia Española, que, junto con toda Colombia, se permitió un discreto suspiro de alivio.

Los allí presentes informaron de que Gabo tenía un excelente aspecto. Aunque algo titubeante, estaba de buen humor y parecía en buena forma. Contrariamente a mis cálculos del año anterior, daba la impresión de que su dolencia se había estabilizado, y era evidente que había decidido, si bien no conceder más entrevistas, hacer frente tanto a la enfermedad como a su público con el optimismo y la gallardía que lo habían caracterizado en tiempos menos difíciles.

Amigos y admiradores llegaban a Cartagena procedentes de todo el mundo, así como cientos de lingüistas y otros académicos, para asistir al congreso de la Real Academia.

Hubo conciertos multitudinarios con estrellas internacionales de la música, actuaciones de vallenato de menor envergadura, todo un abanico de acontecimientos literarios y muchas otras actividades paralelas. El tiempo era espléndido. Del mismo modo que tres años antes la academia había elaborado una versión actualizada del Quijote con un gran despliegue de mercadotecnia para acompañar el anterior congreso, lanzó ahora una nueva edición crítica de Cien años de soledad. No fue ninguna sorpresa que incluyera sendos ensayos de dos de sus mejores amigos del mundo de las letras, Álvaro Mutis y Carlos Fuentes; lo que estaba en boca de todo el mundo es que había también un largo artículo de ¿entre todos los posibles¿ Mario Vargas Llosa. ¿Acaso se habían reconciliado? Como mínimo, para que apareciera incluido en la edición ambos habían tenido que dar su consentimiento.

Aunque no trascendió lo que Mercedes Barcha pensaba de la decisión.

Días antes de la inauguración, Julio Mario Santo Domingo, el empresario más rico y poderoso de Colombia, propietario ahora de El Espectador, dio una fiesta especial ¿algo así como una fiesta de cumpleaños tardía¿ en la que Gabo y Mercedes fueron los invitados de honor.

Se celebró en el ático de otro de los hoteles de lujo de Cartagena ¿donde los reyes de España se hospedarían a la semana siguiente¿, y entre los invitados acudieron Carlos Fuentes, Tomás Eloy Martínez, el ex presidente Pastrana, Jon Lee Anderson, de The New Yorker, que se tomaba un paréntesis de la guerra de Irak, el ex vicepresidente de Nicaragua y novelista Sergio Ramírez, y muchas otras figuras de la élite intelectual y la gente guapa de Bogotá, Cartagena y, sobre todo, Barranquilla.

El champán, el whisky y el ron corrieron en abundancia para soltar la lengua a os afortunados asistentes, y los ritmos omnipresentes del vallenato sonaron hasta bien entrada la noche. En los pasillos y en las terrazas, los invitados formulaban en un susurro la gran pregunta. ¿Pronunciaría Gabo un discurso en la ceremonia de inauguración de su homenaje, el primer día del congreso? Y en tal caso...

Por fin llegó el gran día: el 26 de marzo de 2007. Varios miles de

personas hacían cola para entrar en el Centro de Convenciones de Cartagena, ubicado en el mismo lugar donde García Márquez solía comer y beber a cualquier hora de la noche tras su jornada de trabajo en El Universal, en 1948 y 1949. Muchos de sus amigos estaban allí, y buena parte de su familia, aunque no sus hijos. Asistieron también los ex presidentes Pastrana, Gaviria y ¿sorprendentemente¿ Samper, así como el ex presidente Betancur, que compartiría escenario con el resto de los oradores, entre los que se contaba también al actual presidente, Álvaro Uribe Vélez.

Hacía un calor asfixiante, pero ello no era óbice para que la mayoría de los hombres llevaran trajes oscuros, como se estilaba en Bogotá. Carlos Fuentes, generoso como siempre, era el encargado de dar comienzo a la ceremonia con una loa a su amigo; a Tomás Eloy Martínez, que se recuperaba de un tumor cerebral, también le correspondía hablar, al igual que al director de la Real Academia de la Lengua, Víctor García de la Concha, al director general del Instituto Cervantes, César Antonio Molina, y al antiguo director del Instituto Cervantes de Nueva York, Antonio Muñoz Molina. Y luego llegaría el turno del presidente de Colombia y del rey de España. Y después el de García Márquez.

Cuando García Márquez y Mercedes hicieron su entrada, todo el auditorio se puso en pie y aplaudió por espacio de varios minutos.

El escritor parecía feliz y relajado. Los dos grupos que ocupaban el estrado, García Márquez y su séquito (Mercedes, Carlos Fuentes, la ministra de Cultura colombiana, Elvira Cuervo de Jaramillo) frente al séquito de la academia, se organizaron y tomaron asiento en el escenario.

El público asistente al acto apenas daba crédito a su suerte por estar allí. En una inmensa pantalla que servía de telón de fondo a los protagonistas, las cámaras de televisión mostraron la llegada de los reyes de España, don Juan Carlos y doña Sofía, y los siguieron subiendo las escaleras y recorriendo los pasillos del colosal edificio hasta que se anunció su llegada al auditorio.

Se pronunciaron muchos discursos, entre ellos el del rey, y la mayoría de ellos fueron más interesantes de lo que suelen dar de sí esta clase de ocasiones. Cabe destacar el discurso de García de la Concha, cuyo cometido era entregar a García Márquez el primer ejemplar que la Real Academia había preparado de Cien años de soledad. Con el consentimiento del rey Juan Carlos, relató una anécdota indiscreta. Ocurrió que, cuando la academia tuvo la idea de rendir homenaje a García Márquez en este congreso, García de la Concha le había pedido permiso al escritor para seguir adelante con la organización del evento. García Márquez dijo que estaba de acuerdo, pero que "a quien de verdad quiero ver es al rey". La siguiente ocasión en que García Márquez vio a don Juan Carlos, él mismo le dio el mensaje: "Tú, rey, lo que tienes que hacer es venir a Cartagena". Esta anécdota, con dos o tres lecturas, suscitó una inmensa carcajada colectiva en la que confluían ingredientes diversos ¿dependiendo de la interpretación de cada cual y de si quien la escuchaba era español o latinoamericano, monárquico o republicano, socialista o conservador¿, seguida de una prolongada ovación. ¿Acaso este latinoamericano no sabía cuál era su lugar? Peor aún, ¿es que no sabía cómo dirigirse a un monarca? O, el colmo de los colmos, ¿se sentía superior al rey de España y por esa razón le hablaba con condescendencia? Quienes estaban sentados cerca del escenario alcanzaron a advertir que cuando García Márquez se acercó al monarca y le estrechó la mano, lo hizo con el saludo que suelen emplear los estudiantes latinoamericanos ¿enlazando los pulgares¿, lo que hablaba más bien de un encuentro entre iguales.

Los Borbones habían perdido América Latina a principios del siglo XIX; ahora don Juan Carlos hacía todo cuanto estaba a su alcance por mejorar las relaciones, tanto en el terreno diplomático como en el económico.

El momento más dramático para los más avisados fue el comienzo del discurso del propio García Márquez. Al empezar titubeó un poco y se trastabilló en las primeras frases, pero poco a poco recuperó su calma habitual. Más que un discurso, era una remembranza sentimental de la época en que Mercedes y él vivían en México en la pobreza y esperaban que algún día tuviera un golpe de suerte y publicara un gran éxito de ventas. Era un auténtico cuento de hadas ¿"No sé a qué hora sucedió todo"¿ y además, el público pudo percibirlo, un mensaje de agradedimiento y reconocimiento a la compañera que lo había apoyado en aquellos tiempos difíciles y en todos los demás, a las duras y a las maduras, a lo largo de medio siglo. Mercedes lo miraba con ansiedad y ademán grave, y rezaba porque este hombre que había superado tantos desafíos lograra vencer también éste. Así fue: acabó con la historia de cuando, en 1966, fueron juntos a despachar por correo la mitad del manuscrito desde Ciudad de México hacia Buenos Aires porque carecían de dinero para enviarlo completo.

La ovación con que fue recibido el final de su intervención se prolongó durante varios minutos. Antes, en medio del acto, hubo otro anuncio que dejó al auditorio electrizado: "Damas y caballeros, el señor William Clinton, ex presidente de Estados Unidos, ha llegado al edificio". La multitud se puso en pie mientras el hombre más famoso del planeta hacía su entrada. El rey de España, cinco presidentes de Colombia, y ahora el ex presidente más popular del país más poderoso del mundo; algunos avispados observadores reflexionaron que las únicas superestrellas ausentes eran Fidel Castro, delicado de salud en Cuba, y el Papa de Roma. Una vez más se ponía en evidencia que, si García Márquez estaba obsesionado ¿fascinado¿ por el poder, el poder se veía reiterada e irresistiblemente atraído hacia él.

La literatura y la política han sido los dos caminos más efectivos para alcanzar la inmortalidad en el mundo efímero que la civilización occidental ha creado para el planeta; pocos sostendrían que la gloria política es más imperecedera que la gloria que resulta de la escritura de libros memorables.

Pudimos mantener una brevísima conversación antes de mi partida de Cartagena. Era el fin de muchas cosas.

- Gabo, qué homenaje tan maravilloso - le dije.

¿Verdad?- dijo él.

- Vi a mucha gente a mi alrededor que no podía contener las lágrimas.

- Yo también estaba llorando - repuso- , sólo que por dentro.

- En fin - alcancé a decir-, nunca olvidaré este día. -Pues qué bueno que hayas estado - me dijo- , para que puedas contarle a la gente que no fue mentira.

Publicación
eltiempo.com
Sección
Lecturas fin de semana
Fecha de publicación
22 de octubre de 2009
Autor

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