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| Actualizado hace 16 minutos

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Obama

El mundo giró a la derecha sin precaución hace mucho, mucho tiempo. O tal vez haya sido así, esta brutal cadena alimenticia en la que no tenemos voz ni voto, desde el principio de los tiempos. Y quizás eso que hemos querido llamar "izquierda" no sea más que el gesto de reclamar nuestros derechos. Lo digo porque en los últimos días, con la excusa de que no merecía el premio Nobel de la paz que le dieron, ¡por Dios!, el valiente Barack Obama se ha convertido en el chivo expiatorio de la humanidad: el hombre que no cambió el planeta en nueve meses. Y así ha quedado claro que los pocos dueños de las cosas no están dispuestos a ceder un ápice, que seguimos esperando el regreso de nuestro señor Jesucristo y que hemos perdido la fe en las palabras y el hábito de interpretar los hechos.

Vivimos bajo el maniqueísmo de los pragmáticos: o se es un idiota o se es un villano. Y Obama, por bobo o por malvado, tiene la culpa de todo. Obama es soviético: sólo a un comunista recalcitrante, dice la cadena Fox, podría habérsele metido en la cabeza que todos tienen derecho a la salud. Obama es sionista: ciertos palestinos aseguran que "se ha evaporado toda esperanza" en sus gestiones para lograr la paz en el Medio Oriente. Obama es pequinés: se le critica haber dejado una cita con el Dalái Lama para después de hablar con el gobierno chino. Obama es guerrerista: los veteranos lo acusan de prolongar el infierno en Afganistán con el envío de 16.000 soldados nuevos. Obama es débil: los republicanos no le perdonan que se empeñe en la eliminación de las armas nucleares e insista en la salida de Irak. Obama es nazi: un vándalo puso su nombre al lado de una esvástica en el hoyo 18 del Country Club de Lakeville (Massachusetts).

¿Y estos señores suecos, con su actitud de ONG primermundista, se atreven a premiarlo con el Nobel? ¿Querían obligarlo a ser el redentor que parecía? ¿Querían forzarlo a hacer lo que no ha hecho?

No. El presidente del panel, Thorbjoern Jagland, lo dijo el martes que pasó: "Obama ganó el premio por lo que ha hecho".
Ya tenemos la edad para saberlo: los salvadores no existen. Pero si alguien se ha jugado su pellejo por todos nosotros, si alguien ha pronunciado las frases que ofenden a los déspotas, ese es Barack Obama: el primer presidente negro del país que reinventó el racismo, que le ha dado la vuelta al mundo en nueve meses, entiende bien que las palabras son hechos: para borrar de un brochazo la era nefasta de George Doblebush, anunció que nunca más enfrentará los problemas de fondo sin contar con las demás naciones; rechazó sin ambigüedades las torturas de los tiempos de Cheney; le dijo al mundo islámico, mirándolo a los ojos en su propio territorio, que les extendía la mano que se extiende a los aliados; le pareció obvio, en voz alta, el reconocimiento del Estado palestino, y les recordó a los demás líderes que, ya que el planeta es uno solo, la prioridad de todos es enfrentar el cambio climático.

Al tiempo, como en los días de las guerras de independencia, ha dado ejemplo al mundo entero por medio de las luchas que ha librado en su propio país: ha impulsado una nueva legislación para cortar las emisiones de dióxido de carbón, ha invitado a las 564 tribus de nativos americanos a resolver los problemas en una reunión de trabajo en la Casa Blanca, ha condenado "las prácticas depredadoras de la industria financiera", ha lanzado programas de billones de dólares para arruinar la crisis, ha apostado su imagen a una arriesgada reforma del sistema de salud que persigue asegurar a 46 millones de personas que hoy no pueden enfermarse, y de pie, frente a los defensores de los derechos civiles de los homosexuales, ha sido capaz de decir "estoy con ustedes en esta pelea".

Y los poderosos de siempre lo han odiado a muerte, claro, porque su mensaje ha sido: "La era del miedo ha terminado". ¿Y cómo se gobierna a un pueblo que no teme? 

Publicación
eltiempo.com
Sección
Editorial - opinión
Fecha de publicación
15 de octubre de 2009
Autor
Ricardo Silva Romero

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