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El fascismo cotidiano
La respuesta a la confesión de los paramilitares de que habÃan hecho hornos crematorios para eliminar los restos de sus enemigos muestra la insensibilidad a que hemos llegado. EL TIEMPO publicó la noticia en una página interior, pequeñita, mientras en primera página un titular a tres columnas descubrÃa que la leche materna prevenÃa las enfermedades de los niños.
Pocos se escandalizaron, pues llevábamos ya un año oyendo cómo habÃa soldados que estaban comprando a jóvenes pobres, a los que mataban a sangre frÃa y presentaban como guerrilleros. Una historia que, por su frialdad, superaba los peores hechos de los paramilitares o la guerrilla. En Tacueyó o Darién fusilaron o descuartizaron personas a las que odiaban o temÃan, a enemigos. En los falsos positivos, como en caso de los indigentes vendidos a una escuela de medicina de Barranquilla hace años, las vÃctimas eran simples paseantes, que se podÃan matar por centavos porque uno no tenÃa nada que ver con ellos.
Esta crueldad sin lÃmites que han mostrado algunos grupos colombianos -y que no encuentra fácil comparación- es inexplicable; no es posible encontrarle razones. Pero ¿por qué reaccionamos con tal frialdad, con tal indiferencia?
Una razón, pienso, es que el paÃs ha tenido una cultura de justificación de la violencia y de la venganza, sobre todo por causas polÃticas y sociales. Sectores de la izquierda promovieron, desde los cincuenta, la idea de que era lÃcito, para resolver las injusticias sociales, secuestrar o matar empresarios, soldados o ganaderos. A ellos respondió la derecha con un argumento simétrico: para defenderse de la guerrilla habÃa que usar sus propios métodos. La "gente bien" podÃa seguir siendo decente, aunque la defendieran asesinos y terroristas. El ejército seguÃa con honor, aunque algunos miembros "dÃscolos", como decÃa Alberto Lleras, torturaran o colaboraran con los paramilitares. HabÃa que acabar con la guerrilla y todo era lÃcito. Por supuesto, salÃan detalles inquietantes: ¿qué hacer con quien asesinaba a sangre frÃa a un guerrillero y para merecer un premio le cortaba la mano? La justificación de la violencia mantiene la tranquilidad moral del que no hunde el gatillo pero lo apoya: quienes pagaron a las Convivir, sospechando lo que estas hacÃan, ejercÃan su derecho legÃtimo a la defensa.
Otra razón, pienso, es que existe un fascismo cuotidiano, menor, de baja intensidad. La semana pasada, en las aceras del Centro Andino de Bogotá, vi cómo un vigilante hacÃa que su perro le sacara los colmillos a un adolescente que vendÃa algo en la acera: controlaba y azuzaba al animal en un juego medido, que prohibÃa la violencia fÃsica pero autorizaba la psicológica. No serÃa difÃcil enumerar estos gestos suavemente inhumanos, dulcemente sádicos, que educan a nuestros niños y adolescentes, en escuelas, hogares o calles. Una educación que nos acostumbra a no ver la maldad en los que nos defienden y a tolerar la crueldad y la injusticia, si es en beneficio propio.
Tan grave, o más, que el posible daño al joven, me parece la degradación moral a la que se somete al vigilante, obligado a ser un verdugo de segunda clase. Pero, sin duda, quienes lo contratan son gente decente, que piensan solo en cómo proteger a ciudadanos inocentes del acoso de los vendedores.
Coda. Creo desproporcionada la respuesta de este diario a las crÃticas de Claudia López. Ella tiene razón: es difÃcil saber si el artÃculo sobre Arias y Santos es de opinión o informativo. Y convertir "la descalificación de nuestro trabajo periodÃstico" en renuncia me parece un sofisma y un gesto que contradice el ambiente de libertad que se ha respirado normalmente en el periódico: yo también encuentro a veces decisiones editoriales de El TIEMPO injustificables y merecedoras de baja calificación, aunque mis hipótesis de por qué pasa esto son distintas a las de ella.
www.jorgeorlandomelo.com
- Publicación
- eltiempo.com
- Sección
- Editorial - opinión
- Fecha de publicación
- 14 de octubre de 2009
- Autor
- Jorge Orlando Melo
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