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La sociedad del ridículo

Hace pocos días, José Flores secuestró un avión en pleno vuelo. Dijo al piloto que debía sobrevolar siete veces el territorio de México, pues con ello conjuraría la amenaza de un terremoto que le había sido anunciado por iluminación divina. Las armas que el orate tenía para cumplir su misión eran tres cajas de jugo llenas de arena. "Cristo viene pronto, estamos viviendo lo último de lo último", vociferaba el energúmeno. No le faltaba razón en lo segundo, me dice alguien al oído, pero no porque Cristo venga pronto sino por el calentamiento global.

Hechos como este, que suceden de cuando en cuando, convierten en reina de burlas a la seguridad paranoica de los aeropuertos. Pero reflejan algo más que paranoia, en una sociedad sitiada por el miedo. De manera que la reina de burlas es la sociedad entera, que, asediada como está, por inseguridades que subyacen en su piel de papel, no es capaz de diferenciar tres cajas de jugo llenas de arena de tres cajas de jugo llenas de jugo.

Las segundas no se pueden subir a los aviones, puesto que pertenecen a la categoría "líquidos", pero si alguien come tierra, ello no es detectado por los sofisticados métodos de los aeropuertos. Si en cualquiera de ellos aterrizara de súbito un habitante de otro planeta, y comprobara la manera en que los humanos de la civilización tecnológica avanzada pasan de país en país, seguramente se reiría del ridículo que entraña una fila de cabizbajos sin zapatos, sin cinturones, con sus bolsillos abiertos y las pertenencias personales en las manos, al tiempo que aseguran sus pantalones para no comprometer el decoro en el vestir.

Si ese mismo habitante nos siguiera a la entrada de un centro comercial o un edificio cualquiera, se reiría aún más, al ver que unos perros olisquean los vehículos para encontrar quien sabe qué. Y acto seguido (siempre acto seguido), el guardián ordena al conductor seguir. Si alguien entra a pie, el procedimiento es más ridículo e inútil aún, pues consiste en que el guardián toca las pertenencias de las personas, con tan evidente desgano como torpeza, que si alguien decide entrar con una ametralladora, probablemente podrá hacerlo.

La sociedad del miedo se esconde en la parafernalia de una seguridad inútil, sin percatarse del ridículo. Lo cual habla más de la salud mental de esa sociedad, que de las condiciones objetivas del miedo. Y nadie se pregunta, por ejemplo, cuánto demora un guardián en quitarle el bozal al perro, y mediante qué método le indicaría al pobre animal a quién debe morder por peligroso.
guzmanhennessey@yahoo.com.ar

Publicación
eltiempo.com
Sección
Editorial - opinión
Fecha de publicación
24 de septiembre de 2009
Autor
Manuel Guzmán Hennessey

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