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Ex presidente estadounidense Jimmy Carter lamenta el rumbo adoptado por Hugo Chávez en Venezuela

En entrevista exclusiva con EL TIEMPO, afirma que el mandatario se está desviando hacia el autoritarismo.

Sobre Álvaro Uribe, el Nobel de Paz dice que informar antes de las bases habría sido mejor, pero reconoce su buena gestión al frente del Gobierno. 

A pocos días de cumplir 85 años, James Earl Carter, más conocido como Jimmy Carter, sigue generando titulares de prensa. Aparte de ser presidente de Estados Unidos entre 1977 y 1981, y de haber ganado el Premio Nobel de Paz en el 2002, este ex gobernador de Georgia, su estado natal, y antiguo cultivador de maní, mantiene un ritmo de actividades que genera la envidia de personas más jóvenes.

Y es que no sólo es una figura clave en el proyecto 'Hábitat para la Humanidad', sino que a través del Centro Carter, con sede en Atlanta, promueve iniciativas dirigidas a la defensa de los derechos humanos y al entendimiento entre pueblos y naciones.

Desde hace casi dos años, el ex mandatario ha impulsado tareas tendientes a mejorar las relaciones entre Colombia y Ecuador, países cuyas relaciones diplomáticas están rotas. Sobre ese y otros temas habló en Atlanta (Georgia) con Ricardo Ávila, director de Portafolio y subdirector de opinión de EL TIEMPO.

¿Cuál es la razón que lo ha llevado a seguir de cerca los asuntos hemisféricos?
Una de los principales motivos se remonta a la época cuando fui gobernador y tuve que viajar por América Latina para promover el comercio con mi estado, Georgia. Y cuando asumí la Presidencia encontré una circunstancia devastadora y esta era que la mayoría de nuestros vecinos cercanos, particularmente en Suramérica, estaban liderados por dictaduras. Desde ese entonces asumí un profundo compromiso con la causa de los derechos humanos en todo el mundo y comencé a tener conflictos con lo hecho por mis predecesores en la Casa Blanca y la comunidad de negocios sobre el manejo de este tema, porque a menudo en esos países, cuando yo hablaba de derechos humanos, las voces que salían al frente eran de personas que habían sido tratadas inequitativamente, tanto económica, como política y socialmente.

En contraste, a los que yo confronté habían sido aliados de mis predecesores, desarrollando nexos con compañías y extrayendo estaño, piñas, bananos o cualquiera que fuera el producto, con grandes márgenes de ganancia. Ese fue un gran desafío para mí, al tratar de ver qué podía hacer como presidente de una nación grande y poderosa, para evitar intervenir en los asuntos internos de otros países, pero al mismo tiempo promover los derechos humanos en sitios en donde había dictaduras militares como Chile, Argentina, Paraguay, Ecuador, Perú e incluso Brasil. Esa fue la principal razón por la que me involucré con el fin de ver una transformación que finalmente ha tenido lugar a lo largo de los años, gracias a la cual la democracia ha tomado su lugar en prácticamente todos los Estados de la región.

Después de más de 30 años de observar a América Latina, ¿está de acuerdo con que las tensiones regionales han aumentado?
Creo que sí. Sin embargo, he venido leyendo mi autobiografía últimamente y los apuntes que tomé cuando fui presidente. En esa época, por ejemplo, hubo una seria confrontación entre Chile y Argentina con respecto a una disputa fronteriza, mientras que Bolivia ha venido defendiendo su derecho a tener una salida al mar y Venezuela ha reclamado tener derechos sobre una parte de Guayana.

De tal manera que estas cosas han venido pasando por un largo tiempo, con una base geográfica en el pasado. Pero creo que las tensiones internas, dentro de los países, han venido siendo más evidentes y prominentes ahora. Porque en el pasado esas luchas estaban sumergidas, como ha sido el caso de la población indígena que ha dado un paso al frente y ha demandado igualdad de derechos políticos y sociales. Ellos fueron estigmatizados por mis predecesores como comunistas, porque estaban desafiando a los dictadores que estaban en la cama con Estados Unidos. Algunos de los ellos incluso fueron a Annapolis (donde queda la Escuela Naval) o West Point (donde queda la Escuela de Cadetes del Ejército) antes de volver a sus países.

Ahora es claro que hay una diferencia en la clase de tensión. Pero en general hay que registrar que hay personas que estaban excluidas y han logrado un nivel creciente de influencia y autoridad, como resultado de las elecciones. Eso ha ocurrido en Venezuela, Nicaragua -de manera negativa-, Ecuador, Bolivia e incluso en Brasil en donde grupos de la población que antiguamente tenían un papel menor en darle forma a la estructura política, ahora están en la vanguardia.

Y a medida que eso pasa los líderes de la vieja guardia, muchos de ellos ilustrados, benévolos y honestos, encuentran que su poder, su autoridad y su influencia económica han sido desafiadas por los recién llegados a la política. De tal manera que esto ha creado tensiones que no debe ser deplorada y mi esperanza es que con la ayuda de los mecanismos propios, de otros países de América Latina y ojalá con la influencia iluminada de Estados Unidos, dichas tensiones se alivien y regrese la armonía interna logrando un nuevo nivel de verdadera democracia.

También hay una clara diferencia entre dos puntos de vista: el representado por Venezuela y sus aliados en el Alba, y otro impulsada por México, Colombia o Perú. ¿Eso le preocupa?
No realmente. Siempre tuve que recordar que en un continente como África o América Latina, cada país es individual y no se pueden hacer generalizaciones pensando que hay homogeneidad, cuando lo que existe es una muestra heterogénea. Por su naturaleza, cada uno es diferente en su historia, en su política, en sus recursos naturales y humanos.

Por eso no creo que (las diferencias) sean un motivo de preocupación. Creo que hay un compromiso bastante unánime en América Latina sobre la preservación de la democracia como forma de gobierno. Eso ha sido puesto a prueba bajo circunstancias bastante severas, recientemente en Honduras y antes en Venezuela, cuando un presidente elegido democráticamente fue derrocado por un golpe o como se le quiera llamar.

Pienso que los demás países en la Organización de Estados Americanos (OEA), a veces excluyendo a Estados Unidos, han dicho que es necesario preservar un gobierno democrático así sea impopular y que esa no es razón para derrocarlo. Entonces pienso que las diferencias descansan ahí. Pienso también que es una sobre simplificación colocar a Venezuela a la cabeza de otros países. Mi opinión es que a lo largo de los dos o tres años pasados la influencia de Venezuela ha decrecido, en lugar de aumentar.

Hablando de Venezuela, ¿qué piensa de Hugo Chávez?
Lo conozco bien. El Centro Carter ha estado involucrado en cuatro o cinco elecciones, algunas de las cuales han sido muy complicadas. Diría que cada resultado electoral ha sido básicamente compatible con la voluntad del pueblo. Así lo he visto de manera casi consistente en el pasado.

Chávez ha salido adelante en una elección honesta con casi 60 ó 62 por ciento de los votos. Dicho eso, pienso que su popularidad dentro de su país ha decrecido y que su influencia también ha decrecido en otras naciones. Pero lo veo como alguien que trajo, quizás, una transformación necesaria a Venezuela al dejar que aquellos antiguamente excluidos tuvieran una participación más igualitaria en la riqueza nacional.

Eso lo hizo bien en años pasados, particularmente cuando estaba inundado de recursos petroleros. Ahora que estos han caído, estoy crecientemente preocupado acerca de la inclinación de Chávez de consolidar todo el poder político de manera incremental en su propia oficina, en desmedro de la influencia de un poder judicial independiente, que es necesario, y a veces también de órganos autónomos dentro de la administración, aparte del poder legislativo que controla casi completamente ahora.

No le echo la culpa de todos esos problemas, porque creo que la oposición política ha sido mal asesorada como cuando boicoteó las elecciones parlamentarias, con lo cual Chávez controla todos los escaños. Pero no creo que haya dudas. Personalmente me ha decepcionado al verlo apartarse de lo que considero era una oportunidad justa y honesta que fue el resultado de elecciones legítimas, hacia una dominación en aumento de su parte que lo ha llevado a tener un Gobierno más autoritario.

¿Qué hay acerca de sus críticas a E.U.?
En ese caso también tengo emociones encontradas. Creo que no hay ninguna duda de que en el 2002, E.U. tenía al menos pleno conocimiento o pudo estar directamente involucrado en el golpe que lo derrocó. De tal manera, él tiene un reclamo legítimo contra el gobierno de E.U., que trató de sacarlo. Ahora tenemos un Presidente diferente del que teníamos en ese entonces y Chávez también ha cambiado.

Lo que yo creo es que tanto Venezuela y Chávez como las relaciones internacionales serían mejores si él detuviera sus ataques y vituperios contra E.U. que, para mí, son crecientemente fortuitos en su naturaleza, e injustificados. Sé, porque es un hecho y he tenido largas conversaciones con el presidente Obama y sus más altos funcionariosq, que le gustaría mucho tener relaciones normales, amistosas, así como sociales, comerciales y diplomáticas con Venezuela. Pero él lo hace casi imposible.

Hemos cometido errores en el pasado, así como los funcionarios venezolanos. Ahora es el momento para que veamos como ponerle fin a las acusaciones verbales contra la administración Obama, que son una especie de extensión y a lo mejor fueron más justificadas en el caso de la administración Bush.

¿Ha seguido el debate en torno del uso de bases aéreas colombianas por parte de militares estadounidenses?
He tratado de evitarlo, pero no he podido (risas).

¿Cuál es su opinión?
Creo que no fue bien manejado al comienzo, cuando hubo una crítica descomunal a lo largo y ancho de Latinoamérica a las bases, cuando se hizo el anuncio. Vi que el presidente (Álvaro) Uribe hizo de su visita a varias capitales claves una alta prioridad, con el fin de explicar más completamente de lo que se trataba el tema: que no habría un aumento de fuerzas militares estadounidenses y que el propósito sería estrechamente restringido a la lucha contra las drogas. Él no lo hizo con anticipación. Creo que si lo hubiera hecho antes de que las bases fueran anunciadas públicamente, le habría ido mucho mejor. No sé cómo cuantificar su grado de éxito, aunque me imagino que ha logrado disminuir muchas de las preocupaciones.

Creo que habría sido natural suponer que, a causa de la larga historia de intervenciones de E.U. en la región, este sería un tema muy sensible. Porque en los países caribeños, en Nicaragua y en otros sitios en el pasado, los líderes americanos enviaron a los Marines para defender a dictaduras que habrían sido derrocadas por el público. Por eso la intervención ha tenido un mal nombre y creo que el presidente Uribe se dio cuenta un poco tarde de eso.

¿Pero es una buena o una mala idea?
No lo sé, realmente. Nunca se me han explicado bien el propósito ni los detalles del acuerdo.

No solamente Venezuela, sino Brasil, han sido muy críticos. ¿Cómo le parece que Brasil juegue un papel tan grande en el hemisferio?
Me alegra ver eso y pienso que es bueno. Los dos últimos presidentes que Brasil ha tenido han sido excelentes. Trabajé en forma regular con el ex presidente (Fernando Henrique) Cardoso, y creo que es una persona extremadamente ilustrada y progresiva, además de un líder sabio.

Por supuesto, el actual Presidente ha, incluso, ampliado el papel de Brasil, probablemente más allá del que tenía bajo Cardoso. Me parece muy gratificante que Brasil ejerza una mayor influencia, que es legítima. Es una gran nación, dedicada a la libertad y a la democracia, con un compromiso con los derechos humanos, que está capitalizando sus posibilidades económicas. Me satisface ver que en la próxima reunión del Grupo de los 20 Brasil estará ahí, junto con otras naciones importantes.

Colombia piensa que, a veces, no recibe de sus vecinos mucha ayuda en la lucha contra el narcotráfico y la guerrilla. ¿Está de acuerdo?
Presumo que habla de Venezuela y Ecuador, principalmente. No creo que ellos ni los demás países le hayan ayudado mucho a Colombia en la lucha contra las drogas. Básicamente lo que han tratado de hacer es tratar de evitar que el problema pase la frontera hacia sus países y algunas veces eso ha incrementado el nivel de desacuerdos y animosidad, sobre todo entre los líderes respectivos.

El presidente Uribe no tiene ahora buenas relaciones con ninguna de las dos naciones mencionadas y comentarios poco amables se han hecho por las respectivas capitales en ambas direcciones.

Usted ha jugado un papel muy importante en el esfuerzo de restablecer las relaciones diplomáticas entre Bogotá y Quito. ¿Puede describir lo hecho?
Hemos jugado un papel que no es oficial. El Centro Carter no tiene autoridad formal. En el pasado hemos tenido diálogos con ambos presidentes, los conozco bien y los respeto en la misma forma. También conozco a sus cancilleres y me he reunido con los dos. Cuando me han pedido ayuda, he tratado de darla.

Siempre he trabajado en armonía y bajo el respeto mutuo con la OEA y otras entidades internacionales. Hasta ahora, lo que hemos logrado hacer es clarificar los temas pendientes en forma más aguda que en el pasado. Mi esperanza es que pronto veremos esfuerzos sinceros de cada lado para reconciliar sus diferencias, porque creo que ambos países están sufriendo por su incompatibilidad para cooperar.

De tal manera que mientras el comercio normal ha sufrido, el narcotráfico se ha beneficiado de esa falta de cooperación. Pienso que ha afectado adversamente el estatus de ambos Gobiernos. Entonces el Centro Carter, con sus recursos limitados, continuará haciendo lo que los dos líderes deseen que hagamos. A veces eso incluye ofrecer un lugar neutral apropiado para que dos antagonistas se junten. Seguiremos ofreciendo nuestros servicios si estos son benéficos.

Las cosas parecen ir mejor ahora. Usted tuvo a los dos cancilleres en el Centro Carter. ¿Eso ayudó?
Creo que sí. Organizamos una reunión no oficial e informal para discutir los asuntos pendientes. Lo que hice a solicitud de ambos presidentes fue darles mi opinión sobre las diferencias que persisten y lo que yo pienso para resolverlos.

Desde que tuvimos ese encuentro, han surgido otros problemas, con demandas internacionales y cosas por el estilo. Mi preferencia, obviamente, es que las diferencias se resuelvan directamente en el plano bilateral, con la ayuda de la OEA. Si en el futuro ellos ven una necesidad para que el Centro Carter se involucre, estaré disponible.

¿Cómo ve la situación de los derechos humanos en América Latina y en Colombia?
Siempre he estado preocupado por el asunto de los derechos humanos en cualquier parte del mundo. Además, estuve profundamente preocupado por el tema en mi propio país a lo largo de los pasados ocho años, durante la presidencia de George W. Bush. Esto con la tortura de prisioneros y la violación de los derechos civiles, además del daño que se les hizo a los compromisos internacionales sobre el tema.

Por eso, monitoreo con bastante cercanía lo que ha pasado en Colombia y mi esperanza es que la fuerte asociación que ha existido y existe entre E.U. y Colombia va a contribuir positivamente a reducir más cualquier instancia de violación de los DD.HH., en la que gente inocente sale afectada, todo con un deseo enorme de disminuir los desafíos que enfrenta el Gobierno o los que crea el tráfico de narcóticos. Estoy preocupado por lo que pase, pero no me encuentro en posición de criticar, sin saber los terribles desafíos que han sido respondidos parcialmente y con éxito por el presidente Uribe durante su periodo.

Hablando de ese periodo presidencial, la reelección es más común ahora en América Latina. ¿Es eso bueno?
Tengo sentimientos encontrados. En mi país, durante 150 años, tuvimos una política estándar de sólo dos periodos consecutivos de cuatro años, hasta que el presidente (Franklin Delano) Roosevelt, durante la Segunda Guerra Mundial, fue elegido cuatro veces. Hubo una reacción interna después de eso y durante el gobierno del presidente (Dwight) Eisenhower se adoptó un límite explícito de dos periodos. La mayoría de los países latinoamericanos están en un esquema similar. Pero si yo tuviera que reescribir la constitución estadounidense, diría que un periodo de seis años sería mejor que dos de cuatro.

No obstante, esto es algo que tiene que ser definido por cada país, de manera que no puedo comentar individualmente si eso es bueno o malo. Hay ejemplos como el del presidente Cardoso cuyo segundo periodo, creo, fue excelente, y pienso que el presidente Uribe ha hecho un buen trabajo. Si su pueblo quiere que sirva otro periodo, con base en un índice de aprobación del 70 por ciento, y si el proceso legal es aprobado y los cambios constitucionales se dan por cuenta de un referendo que sea libre y justo, yo ciertamente no tendría ninguna crítica.

Hay críticas crecientes a la política de E.U. en América Latina, especialmente de esta administración, con el argumento de que no se ha involucrado mucho en la región. ¿Habla sobre esto con el presidente Obama?
Así es. Le he hablado específicamente de algunos de los países de los que ya hemos conversado y de aquellos líderes que no son muy populares en E.U., sobre todo entre los miembros republicanos del Congreso. Eso incluiría a Honduras, Venezuela, Ecuador, Bolivia y otros. Pienso que este es un tema que debe ser atendido con mayor entusiasmo por nosotros y por el Departamento de Estado, en particular.

No creo que se le haya prestado a la región la atención adecuada ni en la pasada administración ni en esta, sobre todo a las oportunidades que tiene E.U. para jugar un papel igualitario y de mutuo respeto con los Gobiernos heterogéneos o diferentes que encontramos en América Latina. Creo que deberíamos ser más agresivos con eso. Pienso que el Presidente y la secretaria de Estado le deberían dedicar más tiempo. Una de las maneras en que eso se podría hacer es aumentar nuestra participación en la OEA.

Me gustaría que todos los países de la región vieran que Estados Unidos está jugando un papel mucho mayor y más íntimo en la región. Uno de los problemas que todavía afecta profundamente a Latinoamérica, más que en cualquier otro lugar de La Tierra, es la amplia brecha que todavía existe entre la gente más rica y la más pobre. Ese problema podría cambiar si se diera un ambiente más constructivo en el que los Estados Unidos podría intervenir, por supuesto si hay un pedido de las naciones soberanas que nos miran desde el sur.

Viendo las cosas con un lente más grande, la seguridad mundial es una preocupación constante, sobre todo si se miran lugares como Irak, Afganistán u Oriente Próximo. ¿Cómo ve la situación?
Lo de Irak se acerca a un fin, espero. El Presidente está luchando todavía con el problema de Afganistán en donde tenemos todavía ciertas obligaciones militares en el tema de los talibanes, así como prevenir que los reductos de Al Qaeda se fortalezcan. Tenemos un debate crecientemente agudo entre la población estadounidense que ha perdido confianza sobre nuestras posibilidades en ese país. Hay una clara división de énfasis entre la agresividad militar y mayor progreso social, algo que es fácil de decir, pero difícil de hacer. A mí me gustaría ver que busquemos más a los grupos locales a ver si podemos seducir a algunos a que se pasen a nuestro lado, en lugar de una respuesta militar.

Y en lo que tiene que ver con Oriente Próximo, el Centro Carter, y yo personalmente, hemos estado muy involucrados. He hecho cuatro viajes a la región en los pasados seis meses y acabo de llegar de allá. Sé que el presidente Obama le ha dedicado mucho de su tiempo a tratar de lograr un acuerdo de reconciliación entre israelíes y palestinos.

Pienso que él tiene claro el tema clave, como es la ocupación de territorios de la franja Occidental por parte de Israel, a través de los colonos. Y después de 30 años de seguir el tema, creo que no hay ninguna posibilidad de paz, si esa política continúa. Hasta ahora no he visto ningún cambio en el gobierno de (el primer ministro israelí Benjamin) Netanyahu en ese sentido.

RICARDO ÁVILA
DIRECTOR DE PORTAFOLIO
ATLANTA, Estados Unidos 

Publicación
eltiempo.com
Sección
Mundo
Fecha de publicación
19 de septiembre de 2009
Autor

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