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Deliciosas lecciones sobre nuestros problemas limítrofes

El historiador Álvaro Tirado Mejía esculca el pasado para explicar los problemas que vivimos hoy con los vecinos.

 Con excepción de Brasil, al terminar el proceso de independencia los nuevos estados latinoamericanos acudieron al Uti Possidetis Juris, para delimitar sus fronteras.  Esto significaba que los límites entre ellos se marcarían siguiendo las líneas de la división administrativa del Imperio Español. En el papel el asunto era sencillo; sin embargo, en la práctica fue especialmente complicado porque se trataba de un continente en gran parte desconocido y con una cartografía sumamente deficiente. En los diferentes países aparecieron movimientos que se fijaban metas territoriales basadas en el deseo más que en la realidad,  apoyados en "mapas patrióticos",  y que consideraban que sólo se podía negociar sobre sus presupuestos.

El proceso de negociación de fronteras se vio perturbado por las guerras civiles que azotaron al país o a los vecinos. Como siempre sucede en estos casos, en las zonas de fronteras circulan contendientes, refuerzos y armamentos. Esto motivó frecuentes roces con los vecinos de Colombia, bien sea porque se sindicaba a las autoridades de países vecinos de apoyar a las fuerzas rebeldes insurgentes o, bien, porque a nuestros gobiernos se les hacía la misma sindicación.

Otro elemento que perturbó el arreglo sobre las fronteras y el conjunto de las relaciones fue el  manejo ideologizado, al anteponer  las visiones partidistas o los dogmas políticos al tratamiento pragmático. Es el caso del enviado colombiano a Quito durante  el gobierno de José Hilario López, cuya función era celebrar un tratado de límites, pero su misión fue desviada a gestionar prioritariamente la expulsión de los jesuitas que residían en Ecuador y a quienes el gobierno colombiano acababa de expulsar. Para este gobierno esto era "cuestión de importancia esencial en su política exterior" pues consideraba que la Compañía de Jesús "era una amenaza constante  para la tranquilidad del país". 

Las fronteras terrestres

-Venezuela: En 1811 se firmó un tratado para arreglar los límites entre Cundinamarca y Caracas  y todo hacía presagiar que una vez separados Colombia y Venezuela la delimitación sería fácil. Sin embargo, el fantasma de las guerras civiles y el apoyo recíproco  a los contendientes del otro lado de la frontera degradaron la situación. Fueron muchas las ocasiones en las que se rompieron las relaciones y aun en las que la guerra estuvo cerca. Pese a todo, ambos gobiernos designaron como árbitro al  Rey de  España y, en el año de 1891, la Reina Cristina expidió un Laudo Arbitral. En agradecimiento, nuestro agente diplomático, cercano a la reina, le hizo donación del llamado Tesoro Quimbaya, una de las más finas colecciones de arte precolombino, que aún reposa en Madrid.  Un Tratado de 1916 acordó que las diferencias surgidas se sometieran al arbitraje del Presidente de la Confederación Suiza, quien se pronunció en 1922. Otro Tratado de 1941, zanjó las últimas discrepancias.
 
-Brasil: Fue el país que mayor ventaja obtuvo de las negociaciones con sus vecinos, incluyendo a Colombia. En varias ocasiones rehuyó las negociaciones con Colombia arguyendo la situación interna de inestabilidad por las guerras civiles. Sin embargo, en 1853, aprovechando el desconocimiento o la ingenuidad del Canciller colombiano, su representante en Bogotá obtuvo la firma de un tratado de límites totalmente favorable a su país, que el Congreso colombiano inmediatamente desautorizó. Durante el gobierno de Rafael Reyes, un hombre práctico y de acción que conocía la Amazonia, se firmó, en 1906, un protocolo que dividió la negociación en dos secciones. En 1907, se firmó un tratado de límites y modus vivendi, sobre  navegación y, en 1928, otro tratado que concluía el asunto de los límites y de la navegación en los ríos comunes.

-Perú: La vida independiente entre Colombia y Perú si inició con guerra, a propósito de límites. Durante el siglo XIX, se negociaron los límites entre los dos países, con la interferencia de Brasil. Por un tratado de 1851, Perú cedió a Brasil una porción colombiana que, a la postre, quedó en manos de Brasil. Colombia no protestó inmediatamente porque no conocía la negociación ni el tratado negociado en Lima. A ello contribuyó la circunstancia de que aunque se nombró un embajador, éste no pudo actuar por la sencilla razón de que la Cancillería colombiana olvidó solicitar el exequatur y, al llegar el Embajador a Lima no fue recibido como tal y tuvo que regresar a Colombia.  Por lo demás, Brasil supo sacar partido sobre el conjunto de sus vecinos en razón de que ha tenido una excelente cancillería, con la mejor información sobre la zona heredada de  Portugal con quien nunca rompió, una política internacional clara y una permanente ocupación de territorio. Por ello, nunca aceptó el Uti Possidetis Juris  y siempre alegó el Uti Possidetis Facti, es decir, la ocupación material como título, y no la demarcación colonial.

En el transcurso de las negociaciones con Perú hubo de todo, hasta alegatos basados en un documento extraviado o inexistente. Tal fue el caso del famoso Tratado Mosquera-Piedemonte, negociado en 1830 por don Tomás Cipriano como agente diplomático en Lima. El Perú aducía que el Tratado era inexistente y que sólo se debía a la imaginación del general Mosquera. Por su parte, Colombia alegaba su existencia basado en sendas copias que reposaban en el país y en Ecuador. Las malas lenguas decían que el original había desaparecido dolosamente de la Legación Colombiana en Lima.

Con el Perú la cuestión se complicó debido a los manejos e intereses de la Casa Arana, una empresa dedicada al negocio del caucho. Las tropelías cometidas por esa empresa fueron  objeto de debates en el Parlamento Británico, e inspiraron La Vorágine, una de las mejores novelas de Latinoamérica. En 1922, el Tratado Lozano-Salomón estableció los límites entre Colombia y el Perú. Su ejecución se retrasó por las objeciones de Brasil pero, sobre todo, por los intereses de la Casa Arana y de sectores opuestos al presidente Leguía del Perú. A ello se unió lo que López Michelsen describió como la Nueva Guerra de Troya, para rescatar a la Elena Amazónica. Un funcionario colombiano que disputaba el amor de una mujer con un militar peruano, se apoderó de ella a la fuerza. Como respuesta, el peruano armó su gente para rescatar a la amada y en compañía de agentes interesados de la Casa Arana se tomaron a Leticia en septiembre de1932. Esto dio lugar a un enfrentamiento militar con encuentros de poca monta y el conflicto fue saldado por el Protocolo de Río de Janeiro con la mediación de Brasil y la participación de la Sociedad de las Naciones. Es de anotar que este fue el único resultado positivo que produjo esta lánguida organización.

-Ecuador: A pesar de los profundos lazos entre los dos países, las relaciones estuvieron marcadas por incidentes que llevaron  a múltiples rupturas de relaciones y a dos cortas guerras en el Siglo XIX. Como reacción a la dictadura bolivariana, algunas provincias del sur decretaron la incorporación al Ecuador. Incluso, a petición del gobierno colombiano, el presidente Flores, del Ecuador, ocupó a Pasto en varias ocasiones, para combatir a los rebeldes. Por lo demás, en  la Guerra de los Supremos  tanto el gobierno granadino como algunos de los jefes de la insurrección ofrecieron cesiones territoriales al Ecuador, a cambio de apoyo militar. En variadas ocasiones, grupos irregulares o destacamentos oficiales de Colombia y Ecuador participaron en los conflictos del otro al vaivén de sus simpatías. Así, un incidente menor podía magnificarse y dar al traste con una negociación. Tal fue el caso de una placa colocada a mediados del siglo XVII en Ecuador con motivo de la medición de un meridiano. El sabio Caldas se la trajo a Bogotá para "salvarla". Tiempo después, mientras se discutían los límites, se iba a colocar en la ciudad de Cuenca una nueva placa en sustituto de la legítima y en su discurso, del Gobernador de Azuay, se despachó contra Colombia y el sabio Caldas.  A partir de allí el asunto de la placa pasó a primer plano en las relaciones bilaterales, hasta el punto de que el Congreso granadino tuvo que expedir una ley, en 1857, para  devolver la placa, lo cual se logró para bien de la paz, veinte años después. En 1916, se firmó el Tratado de límites Suárez-Muñoz Bernaza, entre los dos países, lo que no fue óbice para que a finales de los años veinte las relaciones estuvieran suspendidas por más de cinco años.        

-Panamá: Tras la separación de Colombia, en 1903,  las relaciones quedaron rotas. Sin embargo, en 1909 se negociaron tratados con Estados Unidos y con Panamá, que no fueron aprobados en Colombia por el profundo rechazo de la opinión pública. Ese año hubo un amago de conflicto por límites y las tropas colombianas ocuparon la región de Juradó.  En 1914, en el Tratado Urrutia-Thompson, entre Colombia y los Estados Unidos, aunque éste era un tercero, se propuso la cláusula quinta que especificaba el reconocimiento de Panamá. En 1924, por el Tratado Vélez-Victoria, se acordaron los límites entre los dos países.

Fronteras marítimas
El impresionante desarrollo de la técnica contribuyó a modificar la percepción sobre los mares y su exploración y utilización. En consecuencia el derecho del mar tuvo un vertiginoso desarrollo: se ampliaron las visiones sobre mar territorial, zona adyacente, áreas marinas, etc. Se celebraron las Conferencias sobre Derechos del Mar  en 1958 y en 1960. Colombia tuvo la clarividencia de actuar tempranamente para arreglar las fronteras marítimas con sus vecinos cuando muchos países no habían asimilado los nuevos conceptos y no se habían percatado de su inmensa trascendencia. Esto fue  especialmente importante para Colombia debido a su posición geográfica, ya que tiene costas sobre el Pacífico y, sobre el Caribe, no sólo tiene la costa más extensa sino el mar territorial más amplio. Por esas razones, en el Pacífico limita con tres países y en el Caribe con ocho. Gracias a esta política clarividente iniciada en el gobierno de Carlos LLeras por su Canciller López Michelsen,  Colombia ha consolidado sus títulos en cerca de novecientos mil kilómetros.

Colombia suscribió tratado de delimitación de áreas marinas y submarinas con Ecuador, en 1975; Panamá, en 1976 sobre el Pacífico y el Caribe; Costa Rica, en 1977 sobre el Caribe y, en 1984 sobre el Pacifico; Haití, en 1978; República Dominicana, en 1978; Honduras, en 1986; Jamaica, en  1993. Con Venezuela no se ha concluido la negociación referente  a áreas colombianas en el Golfo de Venezuela.

El caso de Nicaragua merece mención especial. El territorio colombiano se extendía  hasta la costa oriental  de Costa Rica y Nicaragua (Mosquitia), cuando Panamá formaba parte de Colombia. Ya, en 1903, un Laudo Arbitral asignó a Costa Rica su porción sobre la Mosquitia. Estos territorios habían estado abandonados hasta el punto de que en el siglo XIX, un Jefe local se proclamó y coronó como Rey de los Mosquitos, con el apoyo y reconocimiento de Inglaterra que tenía los ojos puestos en un canal interoceánico en la zona. En 1928, Colombia firmó el Tratado Esguerra-Bárcenas, entre Colombia y Nicaragua por el cual, entre otras cosas, Colombia cedía la Mosquitia y Nicaragua reconocía la soberanía colombiana sobre San Andrés y Providencia y, a petición del Congreso nicaragüense, se consignaba que el límite colombiano no se extendía más allá del meridiano 82. Por demanda de Nicaragua, cursa actualmente un juicio en la Corte Internacional de Justicia, la cual, al resolver las excepciones preliminares, ha reconocido la validez del Tratado y la soberanía colombiana sobre San Andrés y Providencia, reservándose para la sentencia la delimitación de una zona limítrofe en el mar.

Por: Álvaro Tirado Mejía

Publicación
eltiempo.com
Sección
Cultura y entretenimiento
Fecha de publicación
25 de agosto de 2009
Autor

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