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18 de agosto de 1989.... 'El último día con mi papá'

"Siempre adelante, ni un paso atrás y lo que fuere menester sea". Sobre el filo de la media noche del 18 de agosto, tomé la decisión de cerrar el discurso para mi papá con esa frase.

"Así terminaba el día más triste de mi vida, que había comenzado a las 5 de la mañana como cualquier viernes de colegio.

Diecinueve horas antes me había levantado en nuestro nuevo apartamento. Mi papá tenía muchos motivos para estar feliz; había terminado la obra de ampliación de su nuevo estudio, que él mismo dirigió y que contenía por primera vez la totalidad de su enorme biblioteca.

Recordé, como casi todos los días, que había olvidado los zapatos de mi uniforme en su cuarto. Siempre los dejaba a los pies del sofá, después de trasnocharme viendo televisión. Entré con sigilo para no despertarlo. Lo vi acostado en el centro izquierda de la cama, el mismo lugar ideológico con el que se identificó toda su vida. Tenía puesto un pijama carmelita con camisa a cuadros que mi abuela siempre le regalaba de cumpleaños y que terminaba fatalmente por culpa del Decol o de la plancha.

Excepcionalmente, ese pijama lograría cumplir un año el 29 de septiembre. Estaba cerrando la puerta con los zapatos en la mano cuando me sorprendió el pito del bus. Me iría, como muchos días, sin desayunar.

Nada hacia presagiar, hasta ese momento, un día extraordinario. Sin embargo, la anormalidad de nuestras vidas estaba muy cerca.

El miércoles anterior, un compañero de curso había sido secuestrado a la salida del colegio. Después de varias horas, lo dejaron ir con un mensaje para mí: "Dígale que disfrute mientras pueda".

Los viernes el tiempo parecía pasar mucho más despacio. Tenía mi cabeza ocupada en una niña a la  que había conocido días antes en Villa de Leyva durante la celebración de los cincuenta años de matrimonio de mis abuelos Galán Sarmiento.

Ese fin de semana, del 29 y 30 de julio, también celebramos mis 17 años y, sin saberlo, en ese momento estábamos todos reunidos despidiendo a mi papá.

Sonó la campana de fin de clase de química y corrí directo al parqueadero del colegio donde me esperaba el automóvil que mi papá había enviado con estrictas órdenes de llevarme directo a la casa. Usé toda mi capacidad persuasiva para convencer al conductor de desviarnos hacia la casa de la niña a quien había prometido visitar. No la había saludado, cuando sonó el teléfono.

No sé todavía cómo mi mamá consiguió el número, pero recuerdo sus palabras: "¿Por qué nos desobedeciste? Tu papá está furioso. Ya te llama". Dos minutos, una voz tranquila y pausada me sorprendió con un: "Viejo, vete para la casa. Es por seguridad".

"¿Tú qué vas a hacer?", le pregunté. "Voy a una correría política".

Fueron las últimas palabras que le escuché.

¡Prendan el radio!

A las seis de la tarde regresé a mi casa. Poco después, me senté con mi mamá y mis hermanos frente a la televisión. Mientras comíamos pasaron el noticiero 24 Horas y la novela de las 8. De pronto, sonó el teléfono. "Doña Gloria, prendan el radio que hubo un tiroteo en Soacha" dijo al otro lado de la línea Lucy Páez, secretaria de mi padre.

Mi mamá tomó el radio, que nunca ha faltado sobre su mesa de noche. Los locutores estaban entregando informaciones parciales sobre disparos y heridos, pero nada concreto sobre mi papá.

De pronto, en un boletín dijeron que el doctor Galán sería trasladado a Cajanal. No había vehículo, pero se me ocurrió que nos podíamos ir en la patrulla de Policía que permanecía día y noche en la puerta del edificio.

En el camino, tratábamos de indagar a los policías sobre qué decían de mi papá por los radioteléfonos. Cuando llegamos a Cajanal, había un mar de cámaras y micrófonos. La espera en la sala de urgencias fue una eternidad.

Finalmente, llegó una ambulancia con Santiago Cuervo y Pedro Nel Angulo, los dos escoltas heridos durante el atentado. Alguien gritó: "El doctor Galán está en Kennedy". La noticia se regó como pólvora y salimos en el carro de Gustavo Gaviria González a toda velocidad rumbo a ese hospital.

Kennedy estaba lleno de carros oficiales y de policía. Nos encontramos al agente motorizado que escoltaba a mi papá. Le pregunté: "¿Es grave?" Bajó la mirada y apenas alcancé a oír la respuesta: "Sí". Empecé a prepararme para lo peor.

En el hospital, todo el mundo gritaba el tipo de sangre O negativo. Caminando por un laberinto interminable de pasillos y puertas, llegamos a una pequeña sala de espera.

Aparecieron médicos en atuendo de cirugía. Uno de ellos afirmó: "Doña Gloria, no hay nada que hacer". Mi mamá le respondió: "¡Cómo así que no hay nada que hacer!". Claudio y Carlos Fernando irrumpieron en llanto; yo sentí que el mundo se congeló, estaba en shock, no sentía nada, el golpe fue tan brutal que me dejó paralizado en una especie de limbo emocional.

El médico nos ofreció ver a mi papá. Entraron mi mamá y mis hermanos. Yo me negué. No me sentía con fuerzas para ver sin vida a mi papá en ese momento. Cuando regresaron, subimos a la oficina del director del hospital. Inmediatamente, me senté en el escritorio, busqué en los cajones hojas y empecé a poner sobre el papel todo lo que el corazón me dictaba. Recuerdo la presencia de Gabriel Melo Guevara a nuestro lado toda la noche.

El domingo siguiente abrí el ataúd en el cementerio, guardé el manuscrito en el bolsillo interno de su saco, en el centro izquierda, del lado del corazón y con un beso me despedí".

Si desea escuchar el audio de este documento, pulse aquí

JUAN MANUEL GALÁN
ESPECIAL PARA EL TIEMPO

Publicación
eltiempo.com
Sección
Otros
Fecha de publicación
14 de agosto de 2009
Autor

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