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Cordón sanitario en parque Tercer Milenio hace sentir prisioneros a los desplazados que viven allí

El cerramiento que se impuso en el parque Tercer Milenio, para prevenir la propagación del virus de la nueva influenza, agudizó el drama de quienes se tomaron este lugar desde hace cuatro meses.

"¿Cómo cree que nos sentimos?", interpela una mujer desde afuera del cerco de vallas metálicas que se instaló hace cuatro días en el parque Tercer Milenio. Segundos después, ella misma contesta: ¡Prisioneros!

Así se siente ahora la mayoría de los cientos de personas desplazadas que ocupan este parque, en el centro de Bogotá, desde hace cuatro meses.

La mujer es María Eugenia Cruz, de 40 años. Nació en Tesalia (Huila) y se crió en Cartagena (Bolívar), de donde la expropió la violencia hace dos años.

Junto a ella, un pequeño, aproximadamente de 10 años, le pregunta a la mamá si hoy van a almorzar. Son las cuatro de la tarde y el niño está pálido y, además, tiene sueño. La madre sólo responde con un abrazo.

Sentadas en un banco, apenas a un metro y medio de la barrera que encierra el campamento de 'cambuches', hechos con plásticos, tablas y latas, las dos mujeres ahora temen que si se alejan del lugar no las dejen volver a ingresar.

Ante un filtro de cuatro funcionarios de la Secretaría de Gobierno, que operan dos computadores bajo una carpa, quienes quieren salir del lugar o entrar en él deben presentar la cédula de ciudadanía, para demostrar que hacen parte del drama que vive este inmenso grupo.

Las autoridades del Distrito estiman que 700 personas conviven en este lugar, pero los desplazados sostienen que son cerca de 2 mil.

Durante los cuatro meses que han estado asentados en el parque, muchos han llegado y otros se han ido, como los embera katíos que el Distrito decidió reubicar y confinar, hace una semana, en un albergue temporal del barrio Santa Fe.

Días antes, una bebé embera, que residía en un albergue en condiciones sanitarias deplorables, había muerto por el virus de la influenza AH1N1.

Esta situación precipitó al Distrito a tomar la determinación de aislar a los miembros de
esa etnia en la ciudad, para prevenir el posible contagio y, de paso, someter a los desplazados bajo la misma medida de control.

Además del muro metálico, se instaló una malla verde, como la que se utiliza en las obras de infraestructura, para impedir que más gente invada el sitio o tenga contacto con los desplazados.

Desde cuando se ubicaron las barreras físicas, hace cuatro días, en algo cambio la rutina de esta población. Ahora deben utilizar tapabocas y ser examinados a diario por un equipo médico.

Se les ve pegados a las vallas, con los brazos cruzados sobre el borde del metal y mirando con resignación lo que hay fuera de la frontera que les impusieron. Parece un remedo del infausto símbolo de la Guerra Fría. De hecho, estas personas también son víctimas de la violencia que las desplazó.

María Eugenia tuvo que abandonar su vida en Cartagena y buscar, con sus dos hijas, refugio en Bogotá.

Las niñas, de 10 y 11 años, cursan quinto de primaria en un colegio público de Patio Bonito (Kennedy) y, con su mamá, cada noche comparten uno de los 'cambuches' con otras ocho o diez personas. Al día siguiente, a las 5:30 de la mañana, se levantan para ir a estudiar.

"El Gobierno Nacional me da 30 mil pesos cada mes, que no nos alcanzan para nada. Ni siquiera para pagar el bus de las niñas hasta el colegio", dice María Eugenia. Por eso, confiesa, "a veces toca hacerle trampa a TransMilenio".

El pequeño que no había almorzado, ahora duerme sobre el regazo de la madre. "Pa' calmar el hambre no hay nada como dormir", dice ella.

En medio de la zona aislada ahora hay un carrotanque que les surte agua potable. Pero hasta hace tres días, dicen los desarraigados, solo contaban con el agua de las piletas del parque para abastecerse.

"Por la problemática del virus, ahora las autoridades sí se pellizcaron", agregan.

Sin embargo, a pesar de los tapabocas, el riesgo sanitario prevalece, debido a las deficientes condiciones en las que habitan. Los alimentos escasean, hay hacinamiento en los 'cambuches', no hay jabón para lavarse las manos y la higiene en los baños públicos no dura.

Después de 120 días de inclemencias en el Tercer Milenio, el cerco causa más desazón entre los desplazados. "El impacto es feo. Uno se siente prisionero en su propia causa", comentan. Afuera del parque ha surgido la preocupación, porque algunos consideran a estas personas como una amenaza para la salud.

"Nosotros somos los que aquí corremos un riesgo terrible y, cuando salimos a rebuscar plata o comida, obviamente ponemos en riesgo al resto de la ciudad", concluye María Eugenia.

DAVID ACOSTA M.
REDACTOR DE EL TIEMPO

Publicación
eltiempo.com
Sección
Bogotá
Fecha de publicación
18 de julio de 2009
Autor

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