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Si lo dejan...

Además de una afortunada coincidencia, fue una experiencia única haber estado en Tanzania (mirando cebras, jirafas y leones) durante la primera visita de Barack Obama al continente de sus antepasados.

Escuchar desde un refugio en el Ngorongoro su fuerte y franco discurso a los africanos; verlo recorrer de la mano de sus pequeñas hijas los tétricos socavones donde se hacinaban miles de esclavos antes de ser despachados a América; seguir la ininterrumpida transmisión televisada de esta histórica visita me sacó abruptamente de la idílica realidad de un safari fotográfico de 10 días por las planicies tanzanas. Y haber sentido y leído las reacciones locales a la fugaz visita del primer presidente negro de Estados Unidos a estas tierras me permitió entender mejor el significado histórico de la misma.

Imagino que en Colombia no hubo cubrimiento tan detallado sobre la presencia de Obama en Ghana. Pero allí, y en toda África, fue por supuesto un acontecimiento mayor.

En Dar es Salaam, capital de Tanzania, sobre el Océano Índico, a donde llegué un día después de su discurso, la prensa no hablaba de otra cosa. Lo cierto es que Obama no ahorró críticas, ni se fue por las ramas.

Les puso el reflector a los líderes de este continente para que respeten la voluntad de sus pueblos, dejen de culpar al viejo colonialismo de todos sus males y se comprometan a crear instituciones transparentes, parlamentos confiables, fuerzas armadas honestas y una prensa y un poder judicial independientes, sin lo cual los africanos nunca saldrán de su lamentable estado actual.

No quiere decir que el colonialismo europeo no tenga enorme responsabilidad histórica en los conflictos fronterizos y tribales que siguen desangrando al África. Ni que su propio país no haya contribuido a agravar los problemas. Estados Unidos inspiró en los 60 el golpe que derrocó al primer presidente de la Ghana independiente, y el asesinato del líder izquierdista Patricio Lumumba en el Congo; respaldó a los brutales rebeldes de Unita en Angola y del Renamo en Mozambique, en los 70 y 80; apoyó la reciente y desastrosa intervención militar de Etiopía en Somalia, país que se ha convertido en caldo de cultivo para Al Qaeda.

No en vano E.U. ha sufrido en este continente devastadores ataques terroristas: la voladura de sus embajadas en Kenia y Tanzania hace 10 años, por ejemplo. Pude ver la nueva sede diplomática en Dar es Salaam, una fortaleza más grande y protegida que la embajada gringa en Bogotá. Comparable a la que construyó en Bagdad, que ocupa más espacio que Ciudad del Vaticano, o la que está terminando en Pakistán, a un costo de 740 millones de dólares. Inversiones que se explican por el interés estratégico de un continente que es el segundo proveedor mundial de petróleo para E.U.; un refugio para el terrorismo islámico y una creciente ruta del narcotráfico latinoamericano hacia Europa.

Pero, más allá de estos antecedentes, Barack Obama tiene singular autoridad para hablarles a los africanos con franqueza. Por eso, citó el ejemplo del país natal de su padre, Kenia, que, cuando él nació, hace 50 años, tenía un PNB similar al de Corea del Sur y hoy naufraga entre la corrupción política y la pobreza. Por eso soltó la anécdota de su primo keniano, que no puede conseguir empleo sin recurrir al soborno.

El diagnóstico es contundente. Un continente rico en recursos es el más pobre de todos. Liderazgo mediocre, corrupción rampante, el síndrome de la dependencia, el tribalismo. Son un cáncer que corroe las entrañas africanas.

Lo pude constatar en Tanzania y en Zanzíbar, en la generalizada y en ocasiones exasperante pasividad, apatía e indiferencia de la gente. En los casos de corrupción que cada día registra la prensa. En Tanzania estaban investigando al anterior presidente por la privatización de una gran mina de carbón, que fue adquirida por una compañía que había fundado el año anterior con su ministro de Energía. Es solo un ejemplo de lo que denunciaba Obama, quien insistió en que África no necesita "hombres fuertes, sino instituciones fuertes".

Habrá que ver cuánto calan sus palabras en una región donde la corrupción y el despotismo son endémicos. A muchos no les gustaron, claro está. Tiranos como los que gobiernan hace décadas a Uganda, Zimbabue y la propia Kenia hicieron saber que no necesitaban lecciones de democracia de los Estados Unidos. Pero quedaron advertidos...

Barack Obama representa, en fin, la posibilidad de que la política exterior de Estados Unidos adquiera una dimensión distinta: más alejada de la arrogancia del poder; más cerca de la equidad y el multilateralismo. Así lo está demostrando, con cautela y pragmatismo, en Irán, el Caribe y Centroamérica e, inclusive, en Afganistán, con el viraje de Washington frente a la erradicación de cultivos de amapola, etc. Si lo dejan, claro. Porque en E.U. aún son muchos -y poderosos- los intereses que conspiran en su contra.

Publicación
eltiempo.com
Sección
Editorial - opinión
Fecha de publicación
18 de julio de 2009
Autor
Enrique Santos Calderón

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