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Tres cuartos de siglo del Parque Nacional, feliz cumpleaños
Amanece en Bogotá. El silencio y la neblina bajan desde los tres mil cien metros de altura hasta la Carrera Séptima acariciando a su paso urapanes, pinos, borracheros, raques y trompetos. A la vera del rÃo Arzobispo, un perro solitario ladra a las reinitas, copetones y colibrÃes que lo saludan indiferentes con sus cantos.
Al final de su recorrido, el matrimonio entre neblina y frÃo, tan bogotano como las escarpadas laderas del Parque Nacional, se estrella de frente con el fragor de motores, gente, palabras de la ciudad que despierta un domingo de junio de 2009.
1930. El crack de la bolsa neoyorquina hizo eco en las economÃas latinoamericanas. La necesidad, el chismorreo y la imaginación empujaron a miles de inmigrantes a abandonar el campo en busca del carro, la electricidad y la radio, atractivos del espejismo urbano que más tarde traicionarÃa su sed de oportunidades.
Bogotá, entonces, cambiaba de traje. La aldea apacible de arquitectura colonial y maneras cachacas empezó a vestirse de ciudad caótica. El espacio público fue uno de los escenarios donde los habitantes tradicionales y los recién llegados padecieron el abrupto encuentro. Prostitutas, vendedores ambulantes y mendigos peleaban sus lugares con los señores de chaleco, gabán y paraguas en las sillas y los alrededores de los parques Centenario, La Independencia y Luna Park.
- Ala, estos indios son un plato - protestaban los cachacos.
- Una limosnita, por amor de Dios - respondÃan los inmigrantes.
La industria entró a formar parte del nuevo paisaje citadino y, a su lado, miles de obreros reclamaban un espacio para descansar el mismo dÃa en que Dios lo hizo tras la Creación. La ley 50 del 17 de abril de 1931, promulgada por el gobierno liberal de Enrique Olaya Herrera, decidió satisfacer la nueva demanda autorizando la creación del primer parque metropolitano del paÃs.
Una fina llovizna, de esas que el bogotano llama "espantabobos", cae sobre las 283 hectáreas del Parque, declarado Monumento Nacional mediante el Decreto 1756 del 26 de octubre de 1996, mientras la mañana despega perezosa.
Las ocho y cuarto. Los primeros visitantes del dÃa se acercan a los puestos en donde las matronas venden jugos, ensaladas de frutas, salpicones y golosinas en busca de la energÃa necesaria para su jornada de ejercicio o tratando de reponer el esfuerzo ya realizado.
"Espere y verá que ésto se compone, al mediodÃa no le cabe una aguja al parque", dice doña Tere, propietaria de su puesto desde la década de los setenta, mientras exprime naranjas como una autómata, sin necesidad de vigilar su tarea con la mirada. A su alrededor, un heterogéneo grupo de parroquianos conformado por taxistas, aspirantes a tenistas, vendedores de globos, practicantes de tai-chi, skaters y policÃas bachilleres esperan su pedido.
De la vieja radio que la acompaña desde su llegada al parque, sale la voz aguardientosa de Petrona MartÃnez. Bonito que canta se llama la canción que, a pesar de su ritmo colorido, no desentona con el ambiente gris de la mañana. Al fin y al cabo este lugar le ha hecho honor a su nombre desde su fundación: Parque Nacional.
En sus cinco sectores (histórico, central, oriental, de la circunvalar y de los cerros) se han fusionado, a lo largo de tres cuartos de siglo, los acentos, las pintas y las costumbres de todo el paÃs.
Precisamente ella, doña Tere, llegó desde el Valle de Tenza (Boyacá) apenas unos meses antes de conseguir el puesto que le ha permitido mantener a tres generaciones de herederos. "Acá ha trabajado media familia, ella es hija y las otras tres son nietas y sobrinas", dice mientras señala al grupo de mujeres, de cachetes colorados y mirada tÃmida que la acompañan en el negocio familiar.
1934. La Nación, el departamento de Cundinamarca y el Municipio de Bogotá hicieron una 'vaca' para comprar los predios en los que Karl Brunner, cerebro de la obra, proyectó las primeras 49 hectáreas del parque, hoy correspondientes al sector histórico.
La obra hacÃa parte de un ambicioso proyecto en el que el arquitecto austrÃaco, invitado al paÃs por el presidente Olaya Herrera y nombrado por el Concejo de la capital como el primer director del Departamento Municipal de Urbanismo, planeaba una serie de complejos habitacionales autónomos, comunicados a través de una red vial paralela a los parques y plazas que él mismo habÃa diseñado.
Tras la adquisición -en 539.999 pesos- de los lotes del rÃo Arzobispo, el Tejar de Alcalá y la finca Las Mercedes, el Ministerio de Obras Públicas empezó la construcción del Parque Nacional Enrique Olaya Herrera, en septiembre de 1933.
Diez meses después, en julio de 1934, según un volumen del Registro Municipal, el parque estaba listo para recibir la horda de visitantes: "tiene una carretera troncal de más de tres kilómetros de longitud; una casa para la administración; una red de acueducto; servicio completo de alcantarillado; un vivero (...); un local para sanitarios; tres campos de tenis; prados artificiales para juegos de niños en una extensión de tres hectáreas...; un paseo para niños de más de 300 metros...".
Es mediodÃa -a pesar de que el reloj donado por la colonia suiza el 6 de agosto de 1938, en el IV centenario de la fundación de la ciudad, siempre marca las once menos diez- y el parque está lleno.
Doña Tere tenÃa razón. El salpicón que forman los visitantes tiene muchos más ingredientes que cualquiera de los 56 que ella habrá vendido al terminar la jornada laboral. A esta hora, el Parque vive miles de escenas diferentes y simultáneas. El equipo de empleados de un supermercado, vestido con el uniforme del Boca Juniors argentino, está goleando al de una empresa automotriz, vestido como el Milán italiano. Luis Posada juega metegol con sus hijos y sobrinos y, a su lado, haciendo caso omiso del bullicio infantil, un grupo de discÃpulos del maestro chino Li Hongzhi practica las técnicas de autocultivación de la mente y el cuerpo conocidas como Falun Dafa.
Mientras tanto, a unos cuantos metros de allÃ, Isabel y Julio se besan en los recovecos del monumento conocido popularmente como el Paseo de los Novios, y Tatiana se las arregla para esquivar una pelota que, tras un largo vuelo, llega desde los muros de tenis a la cancha de hockey donde la niña de cinco años recibe la primera clase deportiva de su vida.
En el Teatro El Parque, evolución del que fuera inaugurado en 1936, cuando la ciudad tenÃa apenas medio millón de habitantes, arranca la obra de marionetas K-FÉ Concierto, de la Fundación Ernesto Aronna. "Y avanzan, última vez, adelante, con la izquierda", es la frase que viaja, por todo el parque, desde la Carrera Séptima, donde un centenar de personas disfrutan la clase de aeróbicos, hasta la planicie del Monumento del Silencio, donado en 1973 por el artista Eduardo RamÃrez Villamizar y la alcaldÃa de la ciudad. Allà la familia MejÃa , fiel a su costumbre dominical, disfruta de un paseo de olla que recuerda los dÃas del Frente Nacional.
"Me gusta venir acá porque mi papá me enseña dónde viven mis abuelitos y mis tÃas", dice Diana, una niña de siete años, en el mirador desde el que observa el mapa en alto relieve de Colombia, que fue terminado el mismo año (1940) en el que fueron cercadas las pistas de juego, se construyó un puente para cruzar el rÃo Arzobispo y se inauguró el monumento al general Rafael Uribe Uribe, mártir, paladÃn, apóstol, de acuerdo con las instrucciones del escultor Victorio Macho.
1959. El arquitecto Carlos MartÃnez diseñó un plan para dotar el lugar de pistas de ciclismo, puestos de primeros auxilios, club popular, canchas de baloncesto, estadio y coliseo cubierto en 132 hectáreas que, por esos dÃas, padecÃan la explotación de canteras y tejares.
"Puede decirse que este es el único parque que hay en la ciudad para recreo de las clases populares. Los otros sitios, llamados parques, de propiedad del Distrito, son tan sólo unos pequeños jardines que no alcanzan a cumplir con cabalidad sus funciones" rezan las Memorias del Ministerio de Obras Públicas de ese año.
Sin embargo, según 'Tres Parques de Bogotá' (publicación del IDCT), tendrÃan que pasar quince años para que finalmente, en 1974, terminara el juicio de expropiación de dichos terrenos, que extenderÃa el área del Parque desde las faldas del Santuario de Monserrate hasta el Paseo BolÃvar.
Seis años después, en 1980, la Avenida Circunvalar , que desde entonces divide el Parque entre su zona construida y su zona natural, lo convertirÃa en mirador. Sin embargo, la obra vial traerÃa, además de carros y gente, problemas de delincuencia que azotaron al pulmón del centro bogotano en la siguiente década.
"Los domingos, religiosamente, Ãbamos al hato a tomar leche caliente recién ordeñada, en compañÃa de mi tÃo y de mi papá -recuerda Gloria Zea, directora del MamBo, al referirse a los paseos de su infancia -. El Parque ha pasado por diversas etapas y en algunas de ellas ha estado abandonado y se ha convertido en nido de la delincuencia".
Precisamente, su padre, el polÃtico liberal Germán Zea Hernández, es uno de los responsables de que la ola criminal no se haya apoderado del lugar. "A través de la Fundación Amigos del Parque Nacional y desde todas las posiciones gubernamentales que ocupó se encargó de defenderlo", comenta Zea, vecina del lugar desde que tiene memoria.
En la década de los noventa, de la mano de las administraciones de los alcaldes Antanas Mockus y Enrique Peñalosa , el Parque tomó un nuevo aliento. En esos diez años se invirtieron alrededor de seis mil millones de pesos en la restauración de monumentos, el mantenimiento de los escenarios deportivos, caminos y bosques y la realización de eventos culturales y deportivos.
Cae la tarde en la ciudad. El Parque, repentinamente, se desocupa. Los aseadores, diligentes, empiezan a recoger tusas, paquetes de papas vacÃos, documentos perdidos, botellas de gaseosa a medio tomar, colillas y otros rastros olvidados por los peregrinos dominicales.
El silencio vuelve a apoderarse del lugar en espera de su compañera, la neblina. Quedan apenas algunos de los 25 mil visitantes que pasaron hoy por el lugar. Doña Tere es uno de ellos. Con una mezcla de paciencia y cansancio organiza su puesto para la jornada de lunes festivo que le espera.
"Este Parque es parte de mi vida, por no decirle que toda. Yo sà le pido a le gente que lo cuide, que no bote basuras, que no aproveche la oscuridad para hacer maldades, porque este es el único Parque grande que tenemos en la zona", reclama la curtida mujer mientras el reloj sigue marcando las once menos diez, como si acá, en el Parque Nacional, no hubieran pasado ya tres cuartos de siglo.
Por: Héctor Cañón Hurtado
- Publicación
- eltiempo.com
- Sección
- Cultura y entretenimiento
- Fecha de publicación
- 30 de junio de 2009
- Autor
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