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Creo, Señor, pero aumenta mi fe

La primera comunión es una de las ceremonias más bellas que uno puede presenciar. En ella se conjuga la inocencia de los niños con la ilusión de estar recibiendo en el corazón a Jesús. El papa Pío X, consciente de que los niños son especialmente sensibles al valor de la amistad, dispuso que la primera comunión se reciba en la edad del discernimiento porque no se puede privar a los niños del verdadero Amigo, Jesús. En realidad, Jesús es el único gran amigo que nos acompaña a lo largo de la vida, de la infancia a la vejez, cuando la soledad se hace sentir con toda su fuerza.

Cuando el fervor de la primera comunión se ha esfumado, puede sobrevenir la tentación de abandonar la comunión frecuente porque "no se siente nada", como dijo una adolescente. Es necesario que acompañemos con el sentimiento y con la fe la recepción de la Eucaristía para experimentar la presencia real de Cristo en el corazón. No se trata de sentimentalismo, sino de vivos sentimientos de fe, esperanza y gratitud por todas las bendiciones que Dios ha derramado y derrama cada día en nuestra vida. Para los que son menos sensibles, cuánto les puede ayudar el meditar en las palabras del papá del joven que estaba poseído por un espíritu inmundo. Le ruega a Jesús que lo libre del maligno y Jesús le responde: "Todo es posible para el que tiene fe".  Y el papá, haciendo un profundo acto de fe, le suplica: "Creo, Señor, pero aumenta mi fe".

La solemnidad del Corpus Christi nos ayuda a vivir el misterio de la Eucaristía, presencia real de Dios en ese pedacito de pan, hecha hostia inmaculada. Alimento de vida eterna, como les dijo Cristo a los judíos: "El que come mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna y yo lo resucitaré el último día, porque mi carne es verdadera comida y mi sangre, verdadera bebida" (Jn. 6, 54-55). La adoración ante el Santísimo expuesto es una manera muy concreta de avivar la fe y de experimentarlo en nuestro interior como paz interior.

En la iconografía cristiana de los primeros siglos, el pelícano vino a representar el sacrificio de Cristo, cuyo amor por los hombres fue tan grande que entregó su vida en una cruz para redimirnos del pecado. "Uno de los soldados le atravesó el costado con una lanza y al instante salió sangre y agua" (Jn. 19, 34). Del costado abierto de Cristo nacen los sacramentos que son fuente de vida y bendición. El pelícano, cuando no tiene alimento que ofrecer a sus polluelos, en lugar de abandonarlos a su suerte, se hiere el pecho para alimentarlos de su propio cuerpo. Cristo se entregó a sí mismo por nosotros y en la Eucaristía es como lo recibimos como alimento que nos santifica.

jmotaolaurruchi@legionaries.org

Publicación
eltiempo.com
Sección
Editorial - opinión
Fecha de publicación
13 de junio de 2009
Autor
José Manuel Otaolaurruchi, L. C.

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