Los episodios de la crisis global continúan ocurriendo con suma rapidez, entre luces y sombras. Nadie hubiera pensado, hace pocos meses, que un poderoso grupo de bancos estadounidenses estuviera en la actualidad restituyendo al Gobierno los enormes recursos que por cuenta de los contribuyentes les prestó para capear las dificultades y prevenir quiebras irreparables del estilo de las de Lehman Brothers. Tampoco que el gran sÃmbolo de su poderÃo industrial, la General Motors, cayera en bancarrota y requiriera recursos públicos e intervención gubernamental para subsistir y transformarse competitivamente. Menos que en el mercado bursátil hubiera signos incipientes, localizados y todavÃa inseguros de recuperaciónEl desastre precipitado por la burbuja de los préstamos hipotecarios obligó a las autoridades de Estados Unidos a no fiarse más de la mano invisible del mercado y a intervenir con máxima diligencia para ver de enderezar las cargas. Como en la Gran Depresión, las actividades del Gobierno Federal se han expandido, "en forma temporal o permanente", según la anotación crÃtica de The Economist.El cual destaca y sintetiza la ampliación de tales actividades asÃ: más supervisión del sistema financiero y de los pagos a sus ejecutivos, extensión del seguro de salud al 15 por ciento de los estadounidenses que no lo tienen, cambio de la energÃa a fuentes renovables y redistribución de la renta de los más ricos a las clases medias. Asimismo, intervención moderadora en el manejo de las tarjetas de crédito. Por supuesto, la tarea inicial ha sido la de poner a andar nuevamente la economÃa de mercado y ver de contrarrestar sus estragos. Como era de esperar, se ha planteado la inquietud de establecer si se trata simplemente de apagar el incendio y permitir que los mecanismos automáticos revivan con sus aptitudes y defectos, o de introducirles reformas sustanciales, como lo hiciera Franklin D. Roosevelt en la Gran Depresión, a fin de facilitar el surgimiento o el resurgimiento de una sociedad más próspera, equitativa y estable. Con el relevo democrático e institucional en el poder, no se persiguió restaurar los principios que condujeron al desastre, sino sustituirlos y sentar bases nuevas, más acordes con el bien público.Estados Unidos creó en aquella época de ruina y sobresalto su propio modelo de economÃa de bienestar y es de suponer que, guardadas distancias cronológicas, a él mira y en él se inspira el presidente Obama. Tanto más ahora, cuando en materia de recuperación parece ir sonándole la flauta en varios aspectos, pese a la continuidad de la pérdida de puestos de trabajo. Situación que lo obliga a mantener y refinar la acción oficial, procurando la preservación y creación de empleo. En Colombia, también hay hechos nuevos, dentro de la recesión estadÃsticamente confirmada y la inflación detenida. Uno especialmente imprevisto: el retorno de la revaluación respecto del dólar, cuando lo que se esperaba y temÃa era devaluación, en uno u otro caso por efecto del mercado. En esta forma, se perjudican las exportaciones y, en general, la producción nacional por la mengua de su competitividad, con daño creciente del empleo. Además, cierto repunte sorprendente de los valores bursátiles, a tono con el que en Estados Unidos se experimenta.En general, la recesión sigue dominando el panorama. El primer semestre va siendo de decrecimiento y el segundo puede ser mejor, pero hay predicciones y temores válidos de que no alcanzará a compensar los Ãndices negativos. The Economist calcula la variación en Colombia del Producto Interno Bruto en -2,00 por ciento para el presente año. Por tanto y aunque haya percepciones más optimistas, nada autoriza a pensar que la polÃtica económica no deba ser aquà franca y decididamente contracÃclica. El solo factor del empleo crea obligaciones irrenunciables a pesar de la estrechez fiscal. En el déficit de la cuenta corriente de la balanza de pagos hay otro grande y peligroso interrogante.
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