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La sanidad de las palabras

Matilde no hablaba nada. Aparentaba 28 años, era hermosa y triste. Sí miraba con atención y todo lo que ustedes quieran, pero no tenía palabras. Pregunté si tenía un problema de nacimiento. Me dijeron que no, que cuando llegó a Bogotá hablaba mucho: cosas disparatadas, relatos horribles de una matanza. Y luego de seis o siete meses de andar repitiendo aquello, se apagó. Se apagaron sus ojos, la sonrisa y sus palabras. Alguien me dijo que más o menos recordaba lo que había dicho. Que le habían matado a su familia en Istmina, a su esposo y dos hijos; que cuando llegó los encontró ahí, tirados, sin vida; que todavía le parecía mentira que se hubieran ensañado con sus dos hijos (uno de 8 y otro de 6). Y como no recibió ninguna respuesta, como nadie hizo nada con su trágico relato, decidió callar y deambular por las calles en silencio. Nadie pudo hacerla contar su historia de nuevo. De eso han pasado seis o siete años, en donde se fue deshaciendo su conexión con la realidad y adquirió rasgos de quien está limitando con la demencia, una especie de oscuridad en sus ojos atormentados, y muchos tics que evidencian su sufrimiento.

Si Matilde hubiera recibido algún tratamiento estaría en otro lugar. Si sus palabras se hubieran escuchado, a lo mejor estaría ayudando víctimas. Porque nadie puede imaginar lo catártico que puede ser contar su propio relato. En una de las cosas que más insisten las víctimas a la hora de la reparación es en que se sepa. Que el mundo entero lo sepa, que se publique, a ver si se deja de repetir, por un lado; y a ver si mitigan un poco ese dolor.

Y por eso la iniciativa del CERLARC y la Alta Consejería para la Reintegración Social y Económica de Personas y Grupos Alzados en Armas (ACR) de impulsar unos talleres de escritura con las víctimas, para que contaran su historia, resulta siendo tan alentadora e importante. Retomo la palabra es la publicación que han dejado esos talleres de escritura en Apartadó, Valledupar, Caucasia, Montería y Sincelejo (se puede conseguir en el CERLARC), en donde están perfectamente contados 38 cuentos de esta larga guerra. Una guerra que nadie parece entender en las ciudades, pero que existe y es una presencia inevitable en la mayor parte del territorio nacional. Como bien lo dice Mariana Schmidt Quintero, quien tuviera a su cargo los talleres de escritura: "La escritura que habita estas páginas es el resultado de un arduo proceso en el que sus autores lograron ver dentro de sí, nombrar lo que hay en ellos, reflexionar, conversar con otros, recurrir a su propia voz para contárselo a otros".

Y es que nadie alcanza a imaginar la sanidad mental que se impulsa desde la palabra, como nadie alcanza a ver los profundos tormentos que padecen quienes no lo han podido contar. Como Matilde, esa Matilde que camina como un animalito por Bogotá y nadie sabe de dónde viene su tragedia.

Publicación
eltiempo.com
Sección
Editorial - opinión
Fecha de publicación
7 de junio de 2009
Autor
Cristian Valencia

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