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¿Quién tiene la culpa?

Ahora que la crisis económica parece menos amenazadora (al menos por el momento), y los pronosticadores están detectando "retoños verdes" de recuperación, se está desplegando un juego de culpas cada vez más abarcador. La crisis financiera ofrece una oportunidad aparentemente infinita de desenmascarar el engaño, la mala conducta y la corrupción. Pero no estamos seguros de a quién y qué debemos desenmascarar.

En un principio, los principales banqueros eran los culpables más obvios. Ellos eran los que presidían instituciones que obtuvieron grandes ganancias por un período sustancial, evaluando mal los riesgos, y luego reclamaron el respaldo de la población con el argumento de que eran demasiado grandes como para quebrar. Su actitud era arrogante y estaban demasiado bien pagos, de modo que fueron fácilmente satanizados.

Pero, ¿y qué hay del proceso político? ¿Por qué no se controlaba a los bancos más de cerca y se les regulaba mejor? No es que "se comprara" a los políticos en un sentido simplista; más bien, los políticos se convencieron a sí mismos de que la innovación financiera abría la puerta a una mayor prosperidad general, aumentaba la cantidad de propietarios de viviendas y, por supuesto, el respaldo popular en las elecciones.

Los gobiernos ahora son vulnerables, y los políticos son blanco de ataques en casi todas partes. Han caído los gobiernos de República Checa, Hungría, Islandia e Irlanda. Disturbios y huelgas paralizadoras afectaron a Tailandia, Francia y Grecia. En Kuwait, el gobierno destituyó al Parlamento. Gran Bretaña está convulsionada por un escándalo sobre gastos parlamentarios que no tiene ningún equivalente desde los ataques a la "antigua corrupción", a principios del siglo XIX.

Las recriminaciones después de las crisis financieras tienen una larga historia, y ocurren en ciclos regulares. El auge de la bolsa a principios de los años 1870 fue seguido por el colapso en 1873 y una caza de brujas de los responsables. En 1907, J.P. Morgan fue primero considerado el salvador del mercado y luego el enemigo del bien público. En los años 30, se acusó a banqueros y ministros de finanzas. Pero durante el resto del siglo XX, el ciclo de repercusiones negativas pareció detenerse.

Hoy los ataques no se limitan al 'establishment' político y financiero. Los críticos intentan identificar las ideas, así como los intereses que fueron responsables de la disfunción financiera y económica. En este sentido, la crisis contemporánea es diferente de las analogías históricas en que da la sensación de que la innovación financiera hubiera estado impulsada por un conjunto de innovaciones intelectuales y hasta tecnológicas.

Dado que se trata de una crisis económica, la mayoría de la gente que rastrea sus raíces intelectuales tiende a comenzar por los economistas que, con unas pocas excepciones, parecen particularmente haber perdido todo crédito. Al fundador de la revolución de expectativas racionales, Robert Lucas, se le cita hasta el cansancio por haber dicho, en el 2003, en su discurso presidencial ante la Asociación Económica de Estados Unidos, que "el problema central de la prevención de la depresión ha sido resuelto, para todos los fines prácticos, y de hecho ha sido resuelto por muchas décadas".

También es evidente que los economistas académicos tuvieron un impacto en la política. Larry Summers, el hoy altamente influyente director del Consejo Económico Nacional del presidente Barack Obama, llegó a la conclusión, cuando era un economista joven, de que "los 'shocks' financieros y monetarios son causas de depresión menos importantes de lo que habíamos sospechado". Si la economía era a prueba de tontos, y si existían tantas buenas opciones de políticas para hacer frente a la crisis y a la angustia, había menos necesidad de evitar los errores. Las cosas siempre se podían corregir retrospectivamente.

Otras disciplinas académicas se mostraron bastante satisfechas con la humillación pública de sus colegas en la economía. Los no matemáticos parecen tener su venganza, mientras los peligros de una excesiva confianza en las anotaciones simbólicas complejas y las fórmulas secretas van quedando expuestos de manera implacable.

Por cierto, las evoluciones o modas en otras disciplinas académicas y también en la cultura general contribuyeron, al menos de la misma manera, a la voluntad de involucrarse en riesgos absurdos y de ofrecer y aceptar apreciaciones de títulos complejos e inherentemente insondables. Las evoluciones de la cultura general muchas veces se catalogan como posmodernismo, concepto que implica el reemplazo de la razón por la intuición, el sentimiento y la alusión.

Sin embargo, el posmodernismo en sí ha sido generado por la tecnología, con la cual tiene una relación profundamente ambigua. A diferencia de un motor de vapor o un automóvil antiguo, cuyo funcionamiento era fácilmente comprensible, los automóviles o los aviones modernos son tan complicados que sus operadores no tienen ni idea de cómo funciona la tecnología que están usando. Internet ha creado un mundo en el que la lógica estricta es menos importante que la yuxtaposición de imágenes deslumbrantes.

El posmodernismo se aleja de la cultura racional de la llamada "era moderna". Muchos están encontrando más analogías con la vida medieval, en la que los seres humanos estaban rodeados de procesos que les resultaban difíciles de entender. En consecuencia, pensaban que vivían en un mundo habitado por demonios y fuerzas misteriosas.

La reciente era de finanzas globales -¿tal vez deberíamos hablar de ella como si perteneciera al pasado?- era diferente del apogeo financiero de hace un siglo. Sus manifestaciones culturales también parecían ser novedosas. Era entretenida, simbólica e inquieta -en otras palabras, posmoderna-. Trataba a la tradición y a la historia no como una limitación, sino como una fuente de referencia irónica.

En el apogeo de la era, los principales actores financieros construyeron colecciones inmensamente costosas de arte moderno altamente abstracto. Un descuido o desdén posmoderno por la realidad generaba la sensación de que todo el mundo estaba cambiando constantemente y era maleable, y podía ser tan perecedero y vacío de sentido como las cotizaciones de las acciones.

Se constituyó una alianza entre los expertos financieros que creían estar vendiendo ideas verdaderamente innovadoras, una elite política que respaldaba la filosofía de la "regulación ligera" y un clima cultural que bregaba por la experimentación y el rechazo de los valores tradicionales. El resultado fue que se llegó a considerar que cualquier tipo de valor -inclusive los valores financieros- era arbitrario y esencialmente absurdo.

Cuando la incomprensión ya no produce nuevas alturas de prosperidad, sino más bien el colapso económico y el fracaso, no sorprende que se convierta en furia. La búsqueda del culpable se parece cada vez más a la cacería de brujas de fines de la edad media y principios de la era moderna: una manera de encontrarle sentido a un universo desordenado y hostil.

PRINCETON* Harold James es profesor de Historia y Asuntos Internacionales en la Woodrow Wilson School, Universidad de Princeton, y profesor de Historia en el European University Institute, en Florencia.© Project Syndicate 1995-2009

Publicación
eltiempo.com
Sección
Editorial - opinión
Fecha de publicación
6 de junio de 2009
Autor
Harold James

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