HabÃa una vez una bruja, de esas que vuelan por las noches montadas en su escoba, con prominente nariz, enorme sombrero negro y amiga de cuervos y urracas. Cuando Maléfica reÃa, asomaba sus dos únicos dientes que le quedaban. Esta bruja era muy temida porque robaba los sueños y las ilusiones de la gente y de inmediato comenzaban a envejecer, se ensombrecÃa su rostro y si no recuperaban pronto sus sueños, el desenlace era irremediable.
Y es que los hombres no podemos vivir sin esperanza. La edad no se cuenta por los años de vida, sino por la fuerza de sus ilusiones. Comienzas a envejecer cuando en lugar de mirar hacia adelante, te resignas a vivir sólo de los recuerdos.
La esperanza es la virtud que nos mantiene firmes porque confiamos alcanzar aquello que tenemos prometido. La esperanza se puede definir como: "Un ya, pero todavÃa no". La confianza que se deposita en las realidades humanas o materiales es frágil e inconsistente puesto que miles de imprevistos pueden frustrarla. La única esperanza cierta es la que ponemos en Dios, que no puede fallar ni engañarnos. Quien confÃa en Dios vive lleno de alegrÃa y paz porque Él siempre es fiel. La Solemnidad de la SantÃsima Trinidad nos invita a confiar y a no tener miedo. Jesús antes de su ascensión a los cielos se despidió de sus discÃpulos dispensándoles palabras de gran consuelo: "Vayan y prediquen el evangelio y sepan que yo estaré con vosotros hasta el fin del mundo". (Mt. 28, 20) La esperanza cristiana no tiene nada que ver con la consabida frase de Karl Max, "La religión es el opio del pueblo". Ya se tome opio en su acepción de sedante o analgésico o como causa de los conflictos económicos, la esperanza nos compromete a transformar la sociedad por medio de la caridad. Nada está más lejos de un buen cristiano que el vivir enlagunado, perezoso, indiferente ante el dolor ajeno. Cristo mismo nos invitó a estar en vela porque no sabemos ni el dÃa ni la hora (Mt. 24,43), nos urgió a caminar mientras hay luz, haciendo alusión a aprovechar el tiempo que tenemos de vida para hacer buenas obras (Jn. 12,35); nos mandó a trabajar duro porque de los esforzados es el reino de los cielos.
La esperanza en Cristo nos da la fuerza para afrontar el presente, aunque sea fatigoso y lleno de problemas, porque me conduce hacia una meta que es el cielo. La vida deja de ser un fardo y se convierte en un hermoso reto cuando se tiene esperanza. Sólo cuando el futuro es cierto, se hace llevadero el presente. El cristiano es el hombre que debe estar dispuesto a dar razón de su esperanza. (I P. 3,15)  jmotaolaurruchi@legionaries.org
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