Incluso la extrema, gana la derecha, muy posiblemente la española, se mantiene en Francia, donde sin embargo crece el centro, y se prevé paliza para los laboristas ingleses, según previsiones para elecciones del Parlamento Europeo, que empezaron el jueves y culminan mañana, un debate que ha sido casi del todo monopolizado por la debacle financiera, primero por búsqueda de responsables, pero, sobre todo, en la región donde la reflexión polÃtica es más experimentada, búsqueda de causas de un desplome económico histórico -en la CEE 2,4 por ciento este año y contracción del PIB del 4,5- con implicaciones sociopolÃticas de fondo.
Para el 57 por ciento de la opinión, el desempleo es prioridad, luego, para el 45 la reactivación, mientras se pronostica cerca de un 50 por ciento y hasta más de abstención que, para los expertos, significa que, además de que la gente no está pensando precisamente en Europa, no ve todavÃa en el Parlamento continental el epicentro de la polÃtica y menos ahora cuando comprueba que siguen siendo los Estados nacionales, y en consecuencia sus partidos y dirigentes, los responsables y encargados de urgencias como la presente. También porque por motivos de los tropiezos constitucionales y desacuerdos sobre las instituciones comunitarias, estas no disponen aún de atribuciones necesarias para asuntos calientes. Por ejemplo, los de los derechos sociales cuando se asiste a la liquidación del Estado de bienestar, punto neurálgico en este momento, o el energético, o el ecológico.
La coyuntura está demostrando lo que falta todavÃa a la región no obstante más capacitada para acoplarse a lo que supone la globalidad. La institucionalidad europea sigue sufriendo los golpes de intereses localistas de muchas agrupaciones a las que perjudica esa prospección, tendencia que la bancarrota ha venido a reforzar porque, por ejemplo, el salvamento de bancos y empresas está corriendo por cuenta de los gobiernos nacionales. La polÃtica se confunde cada vez más con un inmediatismo supuestamente pragmático.
Las séptimas desde 1979, estas elecciones convocaron un potencial de 375 millones, por primera vez en 27 Estados miembros de la CEE, en cuyo parlamento se repite el duelo de derecha e izquierda, mediante dos coaliciones que se reparten el centro, y minorÃas como la verde y la gama euroescéptica, en todo lo cual las fronteras son porosas dadas afinidades y distancias con frecuencia inexplicables entre agrupaciones con otra orientación en sus paÃses.
La gran paradoja es que si bien hay conciencia de integración, es decir, de que problemas ya regionales o globales necesitan respuestas de ese orden, no obstante la respuesta polÃtica y electoral es nacional. Según observadores, esta no ha sido una campaña europea sino 27 nacionales distintas; en Alemania, para dar un caso, se ha visto más como calentamiento en función de las legislativas de final de año. España es ilustrativa: hasta no hace mucho ajena a la evolución europea, si bien se desatrasa en forma asombrosa, se enreda todavÃa en anacrónicas allá como el laicismo estatal.
La ocasión es útil para comparar debates y dirigentes comunitarios con los criollos. Se oye un noticiero o un discurso de allá, y se compara con acá, y se tiene la impresión de que se está aquà cada vez más atrás. Es cuestión de mentalidad. A qué sabrÃa la argumentación gubernamental local sobre conflicto o sobre reelección en una tribuna europea, donde desde luego hay el discurso politiquero o mitómano, pero al que le hacen contraste personas y razonamientos para una opinión exigente. No más compárese la crónica de la OEA, donde apenas se empieza a epilogar la guerra frÃa, con el Parlamento, donde se rompen costuras de la modernidad y el Estado nacionales.
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