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Venirme a Suiza

La escritora envió esta memoria para el homenaje de la Consejería para la Equidad de la Mujer, en el VI Encuentro de Escritoras Colombianas hace poco en Cartagena.

¿Cómo olvidar la primaveraen que me vine a vivir a Suiza?
Aunque conociera el país y su historia, aunque lo hubiese
disfrutado y paseado más de una vez, instalarme, ya divorciada, representaba toda una aventura.

No me quedaría en Ginebra como en otras ocasiones, sino
en una Lausana más escolar y menos internacional, con cuatro hijas que se educaran a la luz de la liberación femenina
atravesando cuatro etapas de una áspera adolescencia.

Cuatro hijas que soportarían (poco, poco tiempo después) la trágica y súbita noticia del fallecimiento de un padre suizo, casado en segundas nupcias y dispuesto a venirlas a visitar.

Las cuatro aceptarían desde entonces -¿qué remedio?-
la autoridad de una madre apasionada por la literatura.

¿Admitirlo? Todas con todas aprenderíamos mucho: mientras unas iban a la escuela otras íbamos a la universidad.

En fin, si nuestro domicilio era centro de gran camaradería, había largas jornadas de estudio y amoríos que la mamá, desde
su escritorio, intentaba racionalizar. Claro, de esos años setenta saldrían mis primeros relatos y una novela sobre un matrimonio con un suizo muy militar.

En fin, ya por aquella época la literatura no me bastaba, debía yo ejercerme como traductora, como profesora hispanista y -¿por qué no?- intentar a ratos el periodismo cultural.

¡Buena idea! Escribiría artículos sobre narradoras latinoamericanas.
Tantas y tantas y tan ignoradas, tan apenas conocidas, tan apenas traducidas, solía titularse mi columna en un
periódico local.

¿Negarlo? Si mi primer libro de ensayos, publicado por el Instituto
Colombiano de Cultura incluía textos sobre la novelística de ambos continentes, el segundo sería femenino y claro que
feminista; editado ejemplarmente por la Universidad Nacional.

Cierto, la misma, la mismísima que me había aceptado de alumna en épocas en que hacer carrera perjudicaba a cualquier 'niña bien'...

Tal vez por eso, con ese libro, me vino una suerte de fiebre académica, alternando semestres en aulas de Lausana y
de Ginebra y estudiando con profesores como Jean Starobinski.

¿Creerlo? El más brillante intérprete de Rousseau, se comparaba
desde siempre con el más utópico idealista, venerado por todos y todas: Denis de Rougemont.

Pues sí, el archifamoso fundador del Centro de Cultura Europea, me recibiría una tarde en sus predios y me ofrecería un texto para una revista colombiana.

Entonces así -¿por qué no?- alternando traducciones, lecciones y publicaciones, pude arriesgarme a iniciar un ensayo sobre mujeres posnadaístas y enviarlo a un Concurso de la ONU en que resulté
ganadora. Virgen Santa, esos años ochenta fueron los del Premio Platero y los de la electrizante entrevista que logré hacerle a Max Frisch.

Luego -¿cómo olvidar lo?- ya para finales del siglo, vino la fecha bendita: 1998.

En ese año, a los extranjeros nos tradujeron por separado
y nos invitaron a un pabellón de Frankfurt con la élite internacional.

¿Cómo olvidar esa mañana paseando por esa feria con la bella poeta helvética José Flore Tappy?

Fue tan venturoso aquel día como la famosa Jornada en la no menos famosa ciudad de Solothurn, donde nos pidieron a todas y a todos que leyéramos lo que quisiéramos y nos sentimos tan contentas y contentos que nos hicimos aplaudir.

Finalmente, ya entrado el milenio (primavera
del 2005), sucedió lo inesperado, un broche de oro, verdad.

O sea que el muy sacro Consejo Municipal de Lausana distribuyó invitaciones reuniendo nutrido público y convocando nada menos que a la Embajadora colombiana para venir una noche al Ayuntamiento de la ciudad y oír hablar a la suscrita sobre sus peripecias de escritora en su amado país de origen y su amado país de asilo.

¡Qué velada fue aquella! ¡No la puedo olvidar!

Por Helena Araújo

Publicación
eltiempo.com
Sección
Fecha de publicación
29 de mayo de 2009
Autor

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