¿Los dos grandes majaderos de Colombia?

¿Los dos grandes majaderos de Colombia?

La encrucijada del alma de Uribe resulta idéntica a la que vivió Bolívar.

26 de mayo de 2009, 05:00 am

El profesor Antonio Scocozza me pidió revisar las galeradas para la segunda edición de su libro El gran majadero de América (Universidad de Salerno y Católica de Colombia). El título recoge un tropo del propio Libertador, conocido en retórica como 'ironía romana': "¡Los tres más grandes majaderos de la historia hemos sido Jesucristo, Don Quijote... y yo!"

Pues bien, releyendo textos bolivarianos (1827 a 1830), se entiende mejor por qué Uribe confiesa vivir una encrucijada del alma, pues resulta idéntica a la que vivió Bolívar en ese cuatrienio infame, cuando la mezquindad y los intereses personalistas enterraron a la grandeza y lo hicieron sentir como un majadero; cuando el apetito del boato individual dividió a la Colombia unitaria que él soñaba.

Nietzsche y Borges hablan del eterno retorno, de que el Universo tiene que repetirse. Y el Eclesiastés asegura que no hay nada nuevo sobre la Tierra. Yo, optimista pertinaz, pienso que el desenlace del paralelo histórico entre los dos colombianos que han ocupado más tiempo la presidencia se resolverá de manera nueva: el destino trágico que hubieron de vivir Bolívar y Sucre no será el de Uribe. Y la razón es la siguiente: el cerebro de Bolívar nunca se rindió, pero su cuerpo sí, particularmente sus pulmones que, dicen los que saben, son el órgano del cuerpo a donde el alma envía las tristezas y los desengaños. El presidente Uribe, en cambio, es un roble y, en energía y disposición de servicio al pueblo, en majadería, según Bolívar, les da mitad de partida a los quíntuples sumados.

Para afrontar al ejército de pigmeos que lo acosó desde 1827, Bolívar sólo tuvo un arma: la grandeza. Páez, por ejemplo, dijo que temía por su vida si iba a saludarlo: "Voy a dar a usted un bofetón en la cara yéndome yo mismo a abrazar a usted", le dijo Bolívar, y le recordó que fue solo a la cita con Morillo, "porque la traición es demasiado vil para que entre en el corazón de un grande hombre".

¡Qué coincidencia entre el hoy y el ayer! Mientras Bolívar rezuma grandeza, en sus contradictores afloran la pobreza intelectual y la ambición. ¡Que sospechan de su intención de una usurpación tiránica! ¡Renuncio una, mil, un millón de veces a la Presidencia!, les respondió. El pueblo y, sobre todo, el sentido común presionaron la reelección. ¡Que él es la causa de la polarización!
¡Me conformaré, le dice a su amigo Sucre, con la parte que me adjudiquen en esa diabólica partición! Y, mientras era objeto de una campaña de calumnias e injurias en la prensa de Bogotá -como tal vez sólo tenga paralelo en la que hay hoy contra Uribe-, él siguió viviendo en el mundo de la grandeza, que le era connatural: el mensaje a la Convención de Ocaña (febrero de 1828), por ejemplo, sólo tiene parangón en la pluma de algunos de los fundadores de Norteamérica.

Allí, además de razonadas recomendaciones sobre todos los aspectos prácticos, Bolívar lanzó a los legisladores unas consignas con vigencia perenne: "Dadnos un gobierno en el que la ley sea obedecida, el magistrado respetado y el pueblo libre: un gobierno que impida la transgresión de la voluntad general y los mandamientos del pueblo".

Muchos comentaristas, de buena fe, se asombran ante el empecinamiento del pueblo colombiano para levantar la prohibición de la reelección. Bolívar se anticipó; sus palabras a los convencionistas de Ocaña interpretan bien ese sentimiento mayoritario, y lo explican: "Arrojad vuestras miradas penetrantes en el recóndito corazón de vuestros constituyentes: allí leeréis la prolongada angustia que los agoniza; ellos suspiran por seguridad y reposo".

¡Sí! El pueblo suspira por tener derecho, en democracia, a reelegir a quien ha sido garantía de seguridad y reposo.